COLUMNA

Tragar como pavos

La jerga evoluciona. Por un pavo puede entenderse un duro o ahora, tras el éxito de la moneda única lanzada por la UE, un euro. Pero también un pavo es un gachó, un maromo, un colega situado a cierta distancia en la barra de un establecimiento cuya figura no se distingue bien por el humo ambiental pero del que se presumen actitudes insolentes frente a las que convendría salir al paso. ¿Quién es ese pavo y qué hace ahí?

Pero el pavo, muchos años antes de que el presidente George Bush se lo comiera el Thanksgiving day en el aeropuerto de Bagdad con la tropilla mimetizada, constituía entre nosotros una inveterada tradición gastronómica navideña. Es verdad que el Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de presentar en un volumen conmemorativo la película de las transformaciones sociales operadas en el país durante los últimos 25 años, pero sin embargo ha sido imposible encontrar en sus páginas algunos detalles que hubieran resultado esclarecedores, como por ejemplo el de la influencia del pavo común -sin entrar en las funciones del pavo de ornato ni del pavo real- en el producto interior bruto (PIB).

Por las fechas que corren, con los fríos de diciembre, se ponían a la venta los pavos en algunas plazas donde los compradores los adquirían vivos para el propio consumo o para regalo. Desde el puesto de venta, cuando las distancias no eran largas, el adquirente conducía el pavo hasta su domicilio mediante una cuerda como se lleva un perro con correa. En aquellas viviendas más generosas en metros cuadrados se disponía un espacio para mantener y alimentar al pavo hasta el día fijado para el festín. Entonces se procedía primero a emborracharlo a base de miga de pan empapada en coñac hasta que empezaba a dar tumbos y terminaba perdiendo el equilibrio, que es cuando entraban en juego las artes del cuchillo. Porque la cría y el consumo de aves ahora responde a estándares casi industriales pero venía de una situación muy primitiva en la que las recetas del pavo empezaban, como aquella inolvidable de Marisa Tremoya que decía: 'Se coge el pavo, se le mata…'.

Ya advertía Areilza de que no hay mayor síntoma de sumisión que adoptar como propios los odios ajenos

Tal vez el proceso de acción y reacción de esta preciada ave de corral que acaba de describirse haya cargado de un sentido muy particular a la expresión tragar como pavos, haciéndola equivalente a tragar de forma indiscriminada los alimentos, sin masticarlos, echándolos directamente al buche. Por analogía, tragar ha terminado por significar la aceptación de las argumentaciones ajenas sin análisis propio. Por eso en esta nueva acepción acuñada el verbo tragar resulta muy adecuado para describir la actitud con la que el Gobierno se acerca a la cuestión de Irak. Aznar, según llevamos viendo desde hace más de dos años, está tragando, engullendo sin la menor distancia crítica, como un pavo, toda la argumentación ofrecida por Washington sobre el asunto.

En seguida se echa de ver que tragar como pavos impide asimilar lo tragado y atenta al funcionamiento adecuado del metabolismo, entendido como proceso que descompone lo ingerido en sus contenidos energéticos y proteicos para proceder a la extracción de sus diferentes utilidades. Engullir como pavos es alojar el bolo alimenticio como si fuera un cuerpo extraño sin provecho alguno hasta que llega el momento de devolverlo en un golpe de vómito inerte. Eso es lo que sucedió con las intervenciones del presidente del Gobierno, José María Aznar, en el Pleno del Congreso de los Diputados ante el que comparecía a petición propia para informar de la situación en Irak el pasado martes.

Ya estábamos advertidos por José María de Areilza de que no hay mayor síntoma de sumisión que adoptar como propios los odios ajenos y desde la intervención de los tres tenores en Azores ese axioma se ha probado vigente en un camino de servidumbre. Resultaba penoso escucharle repetir los argumentos de los halcones de la Administración Bush como un lorito. En definitiva, una vez más, volvemos a don Carlos Clausewitz cuando nos enseñaba que las doctrinas militares (pero también las políticas y otras) tienen que ser producidas por el ejército que va a usarlas porque la copia indiscriminada redunda en graves errores.