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Aromas frutales a orillas del Rin

En su dilatada travesía de norte a sur de Alemania, llega un momento en que a lo largo de 30 kilómetros el Rin cambia su recorrido y el cauce se desliza de oeste a este. Con esta caprichosa sinuosidad el río se adentra en un valle de peculiar climatología, ideal para el cultivo de la vid.

Allí, apenas 50 kilómetros al oeste de Fráncfort, se eleva desde hace más de 800 años el monasterio de Eberbach, el más antiguo enclave religioso de Europa con tradición vitivinícola. Desde hace siglos ahí se elaboran algunos de los mejores vinos del Rin, con una variedad de uva denominada riesling, resistente a los climas fríos.

El comienzo de la construcción de la abadía de Eberbach data del año 1136, cuando un grupo de monjes benedictinos procedentes de Borgoña encontró en este recóndito valle, arropado por las montañas de Taunus, el lugar idóneo para poner en práctica la austera vida monacal que la reforma del Císter extendió por toda Europa. Fueron ellos los que iniciaron el arte vinícola en la región. Hoy día, las barricas de las bodegas de Eberbach acogen más de 80 variedades de caldos.

El entorno natural, pausado y silencioso, da idea del tipo de vida que los monjes encontraron a orillas del Rin. La abadía, a caballo entre el románico y el gótico, se conserva en perfecto estado y sin apenas cambios con respecto a su estructura original, incluido el claustro, de extraordinaria belleza. Fue en este monasterio, valga como anécdota, donde se rodaron un buen número de escenas de El nombre de la rosa, la adaptación de la novela de Umberto Eco que protagonizó en el cine Sean Connery. No es difícil imaginar a Guillermo de Baskerville recorriendo sus muros ni a los monjes sentados en fila, pluma en mano, elaborando los códices en absoluto silencio.

La calidad de los blancos es, quizás, la nota más sobresaliente de la producción de Eberbach. Los vinos de riesling se caracterizan por una elevada acidez y un suave aroma frutal. La variedad de la producción da pie a una amplia gama, desde el más seco al más dulce, que se puede degustar tanto con pescados de río o mariscos como con los deliciosos quesos alemanes.

visita guiada

El monasterio de Eberbach no es un destino turístico al uso. Allí conviven mano a mano el delicioso sabor del vino y la belleza del enclave. La visita guiada, de hecho, es un compendio de ambas cosas, y el visitante, copa en mano, degusta una variedad de seis vinos blancos mientras pasea por las estancias del monasterio y aprende cómo era el modo de vida de los monjes. La abadía se conserva prácticamente igual que entonces.

Es curioso, por ejemplo, saber que pese a la frugalidad de la dieta, a base de caldo de verdura y pan, los monjes tenían derecho a consumir un litro de vino al día.

Resulta comprensible, porque el frío que recorre las estancias en combinación con la humedad de las bodegas invita a calentar el cuerpo no sólo por fuera, sino también por dentro.