COLUMNA

Momentos decisivos para la Unión Europea

José Borrell Fontelles sostiene que las disposiciones sobre el gobierno económico de la UE surgidas de la Convención son insuficientes para que la Europa económica y monetaria pueda hacer frente, unida, a sus problemas

Estamos viviendo acontecimientos importantes para el futuro de Europa. En Bruselas se suceden las reuniones en el seno de la Convención, con jornadas maratonianas para poder presentar el proyecto de Constitución a la próxima cumbre de Salónica. Polonia ha votado en referéndum su adhesión a la Unión. Blair y Brown han interpretado a dúo aquello tan bonito de 'espera un poco, un poquito más...' a propósito de la incorporación de la libra al euro.

Las últimas horas de la Convención muestran a la vez la potencia y las carencias de ese original instrumento político. El consenso no es posible entre posiciones irreductibles a favor o en contra de la extensión de la mayoría cualificada, por ejemplo, a la fiscalidad o a la política exterior. Como no se puede votar para dirimir los desacuerdos, la apreciación del consenso que hace Giscard, como presidente, depende cada vez más de las reacciones previsibles de los Gobiernos que estarán en el seno de la conferencia intergubernamental.

Las concesiones de última hora a unos y otros, especialmente a los británicos, pueden debilitar la ambición y la coherencia del texto resultante, pero son la única forma de evitar bloqueos. El que planteaban la semana pasada España, el Reino Unido y Polonia, capitaneando el denominado frente de los reticentes, parece haberse superado porque ninguno de los países apoyó hasta el final la posición del Gobierno español de mantener los sistemas de decisión aprobados en Niza.

Alemania y Francia han jugado en la Convención un papel determinante en el manejo del volante y el acelerador, y el Reino Unido en el del freno y la marcha atrás

Para romper el apoyo de los países pequeños, Giscard les ha concedido una presencia en la Comisión que puede comprometer su eficacia. Los pocos avances en el campo de la Europa social se han perdido en los últimos textos, no se sabe si por las exigencias de los laboristas británicos o de los länder alemanes. Las disposiciones sobre el gobierno económico de la Unión son claramente insuficientes para que la Europa económica y monetaria haga frente, unida, a sus problemas de crecimiento y empleo.

Alemania y Francia han jugado un papel determinante en el manejo del volante y el acelerador y el Reino Unido, en el del freno y la marcha atrás. Sus reticencias con el euro le impiden jugar el papel central que Blair ambicionaría, aunque sea para evitar que los demás países construyan una Europa distinta a la que los británicos quieren.

Polonia empieza a jugar el papel de grande entre los nuevos países, con un pie en el eje franco-alemán -para lo económico- y el otro en la dimensión atlántica -para su seguridad y defensa-. Ha votado sí a la Unión con un entusiasmo que no se esperaba ni se reflejaba en las encuestas. Dentro de poco puede estar más integrada en la Unión que el Reino Unido, sobre todo si se produce su entrada en el euro en 2007. Su frontera oriental será, gracias a los acuerdos de Schengen, frontera de la Unión y su voluntad de mantener un vínculo fuerte con EE UU en el seno de la OTAN condicionará la política exterior y de defensa europea, tanto o más que la voluntad de los británicos. æpermil;stos no parecían dispuestos a votar ahora su incorporación al euro. Consciente de ello, Blair ha decidido que era urgente esperar y, de acuerdo con Brown, ha anunciado que eso sería posible en el futuro. Ciertamente las condiciones del momento no son las más favorables. Diga lo que diga Brown en función de sus equilibrios políticos internos con Blair, lo cierto es que sigue siendo un escéptico de las ventajas económicas del euro. Teme que el gasto necesario para reparar los maltrechos servicios públicos británicos genere un nivel de déficit incompatible con la disciplina del Pacto de Estabilidad. También le gustaría que el BCE tuviese en cuenta al fijar su política monetaria los objetivos de crecimiento y empleo, algo que hemos pedido en vano en los debates de la Convención.

Pero siempre habrá razones para posponer una decisión que es más política que técnica. El euro no fue respuesta a razones de eficacia económica, sino el resultado de una voluntad política, voluntad que Blair no ha querido invertir en convencer a sus compatriotas el mismo entusiasmo con el que les explicó que había que invadir Irak porque Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva.