La Atalaya

Algo se mueve en Palestina

Me ha sorprendido la poca atención prestada a una frase de Ariel Sharon durante una tensa reunión con los parlamentarios de su partido, Likud, 24 horas después de que su Gobierno aprobase la aceptación de la Hoja de Ruta, elaborada por el cuarteto de Madrid (EE UU, UE, Rusia y la ONU). Dijo Sharon: 'Les guste o no la palabra, lo que está ocurriendo (en Cisjordania y Gaza) constituye una 'ocupación'. Dominar a 3,5 millones de palestinos es malo para Israel, para los palestinos y para la economía israelí'. La utilización del término 'ocupación' fue un bombazo en Israel. Nunca desde la Guerra de los Seis Días de 1967, que puso Cisjordania y Gaza bajo control judío, ningún político israelí lo había utilizado. Se hablaba siempre de 'territorios en disputa', nunca 'ocupados'. Hasta tal punto, que esta misma semana las embajadas de Israel distribuían entre los comentaristas de política internacional de todo el mundo un dossier, del Ministerio de Exteriores refutando que existiera tal 'ocupación', con el argumento de que no se podía hablar de ocupación de un territorio donde antes no existía un Estado constituido.

La declaración de Sharon, la admisión por parte del nuevo primer ministro palestino, Abu Mazen, de que la violencia de la intifada no ha servido para nada y, sobre todo, la inesperada decisión de George Bush de implicarse personalmente en el proceso de paz indican que algo se mueve en la zona. Que nadie piensa que la paz se va a conseguir de la noche a la mañana. Los extremistas de ambos campos -halcones israelíes empeñados en expulsar a los palestinos, otros países árabes y terroristas palestinos empeñados en destruir a Israel- tratarán de dinamitar el proceso. Pero, por primera vez desde el Gobierno Clinton, se ha vuelto a encender una tenue luz de esperanza al final del túnel.

Llama la atención el giro de 180 grados dado por Bush respecto al conflicto palestino-israelí. Escamado por el desgaste político que supuso a su antecesor, Bill Clinton, su implicación directa en las conversaciones de paz entre Ehud Barak y Yasir Arafat, Bush intentó inicialmente mantener a EE UU apartado del conflicto con la excusa de que la paz sería imposible sin la cooperación de los actores del drama. El 11-S le hizo cambiar de óptica y el pasado otoño ofreció en la ONU su 'visión' para la región, en la que, por primera vez, un presidente estadounidense pedía el establecimiento de un Estado palestino viable, junto a un Israel seguro. Tras la guerra de Irak, el Departamento de Estado, y sus aliados europeos, Tony Blair y José María Aznar, y árabes le han convencido de que la paz en Oriente Próximo será inalcanzable si persiste el conflicto entre palestinos e israelíes. Y, contra todo pronóstico, ha pasado de la retórica a la práctica y ha decidido implicarse personalmente. La próxima semana Bush se reunirá en Egipto con los líderes de cinco países árabes aliados (Egipto, Arabia Saudí, Marruecos, Jordania y Bahrein) para, 24 horas después, trasladarse a Jordania donde participará en un encuentro con Sharon y Mazen, de la que el mundo estará pendiente, más por su significado que por los resultados esperados. Es un primer, pero importantísimo, paso en la búsqueda de una solución a un conflicto envenenado, que dura más de 50 años y cuya permanencia constituye una amenaza para la paz en la región y la estabilidad mundial. Bush ha decidido tirarse a una piscina infestada de pirañas. Esperemos que pueda al menos dar algunas brazadas.