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Presente

Política macro ante la crisis

Son muchas las voces que claman por una nueva reducción de tipos. Carlos Sebastián analiza la situación en Estados Unidos y Europa y concluye que un impulso monetario no es necesario

Carlos Sebastián es catedrático de la Universidad Complutense

deberían la Reserva Federal y el Banco Central Europeo reducir nuevamente su tipo de intervención ante el deterioro de la coyuntura? Hay muchas voces que insisten en que sí. Incluso The Economist, otrora tan poco activista en su concepción de la política macroeconómica, reclama esta semana una acción en este sentido por parte de las dos autoridades monetarias.

Analicemos por separado las dos situaciones, empezando por Estados Unidos, donde, recordemos, el tipo básico de intervención está ya en el 1,25%. La coyuntura había empezado a mejorar. No tanto como esperaban los impacientes, pero todo apuntaba a una suave recuperación. La elevación del coste energético y el aumento de incertidumbre por la eminencia de la guerra han aplazado la recuperación -o abortado, ya veremos, dependerá de cómo se desarrolle la aventura bélica-. Si la guerra es corta y se cumplen las expectativas de los que la inician, se volverá a la senda positiva. Por otra parte, tanto la evolución del tipo de cambio -la depreciación del dólar- como la política fiscal están actuando expansivamente. Con un tipo de interés real a corto negativo, con una curva de plazos fuertemente creciente, con una evolución cambiaria y fiscal abiertamente expansiva y con la perspectiva de una probable recuperación en un horizonte relativamente corto, ¿es razonable una nueva reducción de los tipos? No, no lo es. Se argumenta que aunque las empresas americanas parecen haber avanzado en su ajuste, las familias no. Y esto parece indudable: siguen enormemente endeudadas. Pero los tipos a la baja, ¿incentivan el ajuste financiero de las familias? ¿O, por el contrario, estimulan un comportamiento financiero más irresponsable? La intensa reducción de tipos durante 2001, junto a las rebajas fiscales, mejoró la renta disponible de las familias endeudadas, lo que fue bueno para el mantenimiento de los niveles de consumo (que favoreció que la recesión fuera suave), pero no favoreció el ajuste. No parecen necesarios empujones adicionales a los que ya están dando las medidas impositivas de la Administración Bush.

En Europa las cosas difieren ligeramente. Por un lado, los tipos son algo más altos (2,5% el de intervención del BCE) y su curva de plazos tiene algo de menos pendiente y, por otro, la evolución del tipo de cambio está actuando contractivamente. La política fiscal, por el contrario, sigue siendo expansiva, aunque hay presiones para que cambie su signo con objeto de cumplir el Plan de Estabilidad. Cabría percibir algo más de recorrido a la baja de los tipos de intervención. Pero no mucho más. Por otra parte, países como España y Francia apuntaban, como en EE UU, a una suave recuperación que se está aplazando por la crisis internacional. Ninguno de estos dos países necesita un nuevo impulso monetario. España, más bien lo contrario.

La situación alemana es diferente, pero tampoco la rebaja de tipos es la panacea. El alto endeudamiento de las familias, la pérdida de fuerza del sector industrial exportador, la rigidez del mercado de trabajo, la crisis del sistema de bienestar y el desequilibrio fiscal son problemas que no se resuelven por una rebaja de 50 puntos básicos del tipo a un día. Al primero y al último les aliviaría ligeramente, pero siempre que la subida del endeudamiento público no presione al alza los tipos de interés a medio y largo plazo.

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