La atalaya

Se busca consenso

Aunque con George Bush es difícil hacer predicciones, todo parece indicar que el presidente estadounidense no se lanzará en solitario a una aventura militar para derrocar a Sadam Husein. A las belicosas declaraciones por parte de los halcones de la Administración -el vicepresidente, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld-, a favor de una intervención inmediata en Irak, incluso sin el apoyo del Congreso y los aliados, ha seguido un rosario de actuaciones presidenciales y manifestaciones de destacados dirigentes políticos que abogan por un consenso interior y exterior antes de emprender una acción militar contra el dictador iraquí. Da la impresión de que, con las declaraciones de Cheney y Rumsfeld, Bush quería pulsar la opinión del país y del mundo más que transmitir su pensamiento. La premisa está establecida. Sadam Husein supone un peligro para la seguridad de EE UU y Occidente y, por tanto, debe ser derrocado, porque 'la inacción es más peligrosa que la acción (Cheney dixit)'. Pero, el modus operandi para este fin no ha sido aún fijado.

De momento, Bush convocó el miércoles a los líderes del Congreso en busca de un apoyo para sus planes futuros con relación a Irak. Ha sido su primer intento de responder con hechos al rechazo público, reflejado en las encuestas, de una acción unilateral sin el apoyo parlamentario y de los aliados. Según el último sondeo, aunque el 59% de los estadounidenses se muestra partidario del derrocamiento de Sadam, ese apoyo se reduce a menos de la mitad si se plantea como una acción en solitario por la voluntad presidencial. Uno de los republicanos más influyentes del país y ex candidato presidencial en 1996, Bob Dole, urgía a Bush a buscar el consenso del Congreso antes de emprender cualquier acción unilateral. Dole exponía la misma tesis aireada la pasada semana por Brent Scowcroft y James Baker, antiguos consejero de seguridad nacional y secretario de Estado, respectivamente, con Bush padre, que pidieron un consenso internacional antes de lanzar un ataque. Ese consenso, buscado insistentemente por el secretario de Estado, Colin Powell, es el que parece perfilarse en el horizonte inmediato. Si se leen entre líneas los últimos pronunciamientos europeos sobre el tema, se observa una coincidencia de criterios sobre la necesidad última de deshacerse del dictador iraquí. Los europeos sólo piden que la decisión de emprender una acción militar contra Sadam esté amparada por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y no por una decisión unilateral de Washington. La negativa alemana contra una acción bélica se explica por el clima electoral del país. Pero, para cuando se produzca el ataque, Alemania habrá despejado su panorama electoral y el nuevo, o antiguo, canciller estará más dispuesto a dejarse convencer.

Entretanto, Sadam parece repetir los mismos errores que cometió tras la invasión de Kuwait, cuando nunca creyó que sería atacado. Irak ha incumplido nueve resoluciones de la ONU y ha atendido 23 de las 24 demandas de la organización. Su campaña para lograr el apoyo ruso y chino no le va a servir porque el matiz es que Moscú y Pekín exigen a EE UU que cumpla las resoluciones del Consejo de Seguridad, en especial la vuelta de los inspectores de armas a Irak. Sus intentos de poner condiciones al regreso de los inspectores están condenados al más absoluto de los fracasos. Como en la Guerra del Golfo, Sadam se vuelve a equivocar.