EDITORIAL

Las cuentas claras

La SEC (el regulador del mercado estadounidense) acaba de poner la guinda al conjunto de normas antifraude auspiciadas desde la Administración Bush para restañar las heridas abiertas por el caso Enron, que hizo tambalear los cimientos del mundo empresarial estadounidense.

Estas medidas persiguen dotar de mayor transparencia al mercado, obligando a las empresas a hacer un esfuerzo adicional en la presentación de sus cuentas, que deberán ofrecerse además con mayor rapidez. La nueva normativa antifraude también establece responsabilidades directas para los directivos de las empresas en relación con los estados financieros que presenten al mercado. Incumplir las normas puede llegar a ser penalizado, si ello comporta engaño, hasta con 20 años de cárcel. En principio, estas medidas sólo pueden ser recibidas con satisfacción. Todo aquello que aumente la transparencia y la credibilidad de los mercados es bueno, especialmente para los pequeños inversores.

No obstante, el ámbito de aplicación y la rapidez de la aprobación de las normas han generado más de un interrogante y no pocas quejas. La principal crítica, procedente de Europa, es la extraterritorialidad de la norma. El argumento de políticos y empresarios europeos es que la legislación estadounidense se está arrogando excesivos poderes, al incluir en ella las grandes multinacionales europeas que cotizan en la Bolsa de EE UU. Y que lo ha hecho sin dar la más mínima oportunidad al diálogo o la negociación.

En el terreno político, las críticas más feroces han llegado desde Alemania; en tanto que Bruselas, más combativa en un principio, ha optado por plegar velas, rebajar el tono de las peticiones y refugiarse en una tímida reclamación de diálogo. No parece, pues, que la Unión Europea esté dispuesta a emprender una dura batalla contra Washington por este asunto.

Desde el lado de las empresas, se destaca una cierta precipitación a la hora de definir y poner en marcha las medidas. Se teme, asimismo, que el aumento de exigencias a las empresas pueda provocar errores o malas interpretaciones. De hecho, grandes grupos como Coca-Cola han resaltado que el nuevo plazo para presentar resultados es excesivamente corto. Otras compañías, como Porsche, han optado por congelar su salida al mercado estadounidense.

No obstante, la mayor preocupación radica en el poder casi omnímodo que adquiere la SEC, ya que en la práctica viene a convertirse en el único organismo regulador de las grandes empresas del mundo. Una concentración, casi lindante con el monopolio, que queda depositada en unas manos cuya solvencia, por mucho que se haya querido ocultar, ha quedado en entredicho a la luz de los últimos descalabros ocurridos en el mundo empresarial de Estados Unidos. La SEC fue incapaz, por ejemplo, de detectar escándalos de la envergadura del de Enron.