Viajes

Ingapirca, el Camino del Inca

Sigue llamándose así a la vía

abierta por los incas para extender

su imperio y que ahora recorre

la carretera panamericana

Fue tan rápido y fugaz como un espléndido relámpago. Buscando tierras fértiles, que les negaban sus montañas de origen, el quinto emperador inca, Capac Yupanqui, y luego Viracocha, y Tupac Yupanqui, emprendieron expediciones hacia norte y sur del ombligo del mundo, es decir, Cuzco. En el momento de máximo esplendor, en el siglo XV, el Tahuantinsuyo -así llamaban al imperio- llegó a ocupar una franja oblonga que iba desde el río Manle y el desierto chileno de Atacama, por el sur, hasta la actual frontera de Ecuador con Colombia, por el norte: más de 4.000 kilómetros. El emperador Huayna Capac dividió el imperio entre sus dos hijos, Atahualpa y Huáscar; al primero correspondió el norte y centro, al segundo, el sur. Las luchas fratricidas por hacerse con todo facilitaron la conquista del Tahuantinsuyo por parte de los españoles; el viejo Huayna Capac murió de viruela, un regalo de los invasores. A Atahualpa le capturó Pizarro, y tras exigir como rescate que llenasen de oro su prisión, lo ejecutó.

Sólo con disciplina militar se puede levantar tal imperio en tan poco tiempo (algo más de un siglo). Los incas trazaron carreteras que articulaban el territorio, jalonadas de pucarás o fortalezas que tenían tanto una función militar como ceremonial. El incariato llegó a agrupar a unos 12 millones de súbditos que hablaban 20 idiomas; pero impusieron como lengua franca el quechua: todavía se mantiene vivo. Como se mantiene un trasfondo de creencias y ritos agrarios: al Taita Inti (padre sol) y a la Pacha Mama (tierra madre) se les sigue venerando tanto en los desiertos de Chile como en los altiplanos de Ecuador. El Camino del Inca tenía, en este país, una réplica imperial de Cuzco: la ciudad de Tomebamba, que llegó a rivalizar con la metrópoli; Tomebamba ha estado sepultada, hasta hace nada, bajo un colegio de jesuitas, en la ciudad de Cuenca.

Desde Cuzco a Tomebamba, vigilaban el Camino del Inca diversos pucarás; uno de los más importantes, y desde luego el que mejor ha llegado hasta nosotros, es Ingapirca. Ingapirca (pared del inca) es el yacimiento arqueológico más importante de Ecuador. Y el santuario inca mejor conservado (ni siquiera en Machu Pichu se ha encontrado un adoratorio como éste). El paraje es espectacular (los incas tenían un sentido especial para relacionarse con la naturaleza). En un cerro desde el cual se divisan montañas que se enredan con las nubes, y valles abismados y feraces, alzaron este centro habitacional y ceremonial, probablemente en 1490, en la campaña de Huayna Capac, sobre algún núcleo preexistente de la cultura cañari.

Las primeras noticias sobre Ingapirca las anotaron en 1736 Jorge Juan y Antonio de Ulloa, los dos españoles que acompañaban a La Condamine y a la Misión Geodésica francesa que había ido a Ecuador para medir el meridiano terrestre. Más tarde, Alexander von Humboldt alertó de su importancia y trazó un dibujo. Un plano casi idéntico, y algunas fotos, hizo en 1904 Paul Rivet. Poco a poco se fue constatando la importancia del lugar. Actualmente, lo gestiona un instituto en el que están involucrados los propios cañaris. En pocos años aquello ha dado un giro total. El recinto está cuidado, las visitas se organizan con guías, hay un museo de sitio más que digno, incluso se celebra, cada solsticio de verano, la fiesta del Inti Raymi, en la cual se reúnen los indígenas para exhibir sus trajes, sus músicas y bailes, su gastronomía, su cultura.

Santuario sobrecogedor

Ingapirca es de esos lugares que sobrecogen. El santuario (la Elipse o el Castillo, como lo llaman) es una construcción elíptica de bloques finamente ajustados, sin argamasa y con puertas trapezoidales, en el más puro estilo imperial. En lo alto de la Elipse, quedan restos de un habitáculo dúplice, separado por un muro, cuyos ventrículos eran iluminados alternativamente en el solsticio de verano o de invierno. A los pies del santuario hay diversos aposentos, almacenes, lo propio de una guarnición importante. Un sendero recorre en el entorno otros restos (Inga-chungana o sillón del inca, Inti-huayco o quebrada del sol).

A pocos kilómetros de allí, cerca de Tambo, están por excavar unos baños incas. Con un buen guía, se pueden recorrer parajes grandiosos, encontrando siempre alguna reliquia, como las ruinas de Paredones, cerca de la laguna Culebrines. Al sur de la propia Quito, a tiro de piedra de la Mitad del Mundo, se encuentra el pucará de Rumicucho, imponente a pesar de su ruina. Aparte de la lengua, del poso de ritos y creencias, de los paisajes que ellos eligieron, pocos vestigios cabalgan el Camino del Inca. Hay que rastrearlos más bien en las vitrinas: los dos museos que el Banco Central regenta en Quito y Cuenca son muy pedagógicos. El de Cuenca, además, se levanta en parte sobre el barrio de Pumapungo (puerta del puma), uno de los sectores de Tomebamba, la ciudad inca que llegó a hacer sombra a Cuzco, el ombligo del mundo.

Localización

Cómo ir. Se puede llegar a Ingapirca desde la carretera panamericana, entrando por el Cantón Tambo (provincia de Cañar, Ecuador) o por la Parroquia Honorato Vásquez, también en la carretera panamericana. Hay autocares especiales que salen desde Cuenca (tercera ciudad de Ecuador); van desde la Terminal Terrestre directamente a Ingapirca. Alojamiento. Un lugar lleno de encanto es la Mansión Alcázar, recientemente abierta en Cuenca como Boutique Hotel. Es una casa neocolonial, en pleno centro, con patio interior y un pequeño jardín, y decorada con gusto exquisito y ambiente familiar. El restaurante es uno de los sitios más recomendables para comer en la ciudad (calle Bolívar, 1.255, y Tarqui, Cuenca, teléfono 593 7 823554, email: alcazar@etapa.com.ec), la habitación doble con desayuno americano, té de tarde y cena cuesta 120 dólares más impuestos, o bien 88 dólares más impuestos sólo alojamiento y desayuno Comer. Cuenca es una ciudad turística; hay, por tanto, muchos hoteles y también restaurantes, pizzerías y locales de comida rápida. Para comer bien lo más recomendable son los restaurantes de los hoteles de lujo o de primera (hay media docena), pero también se encuentran restaurantes simpáticos de cocina mexicana o local en los puntos más turísticos. Un restaurante de comida típica recomendable es Los Capulíes, P. Córdova 7-23, 593 7 832652.