El paladar

Semillas a cambio de territorios

Las frutas tropicales se encuentran en la intrahistoria de las colonizaciones

La costa tropical andaluza cría también limas, la especie más tropical de todos los cítricos y originaria de Malaisia aunque de difícil cultivo por la escasa vida comercial que disfruta en España; carambolas, fruta apreciada por su valor ornamental debido a su peculiar forma de estrella, autóctona de Indochina e Indonesia y una de las más caras de esta cesta tropical: alcanza los 18 euros por kilo en tiendas; guayabas, cultivo de origen brasileño aunque se cultiva profusamente en Cuba, donde, a partir de ella, se elabora la famosa conserva dulce semejante a la carne de membrillo y que en esta costa tropical se encuentra radicada principalmente en Nerja, y feijoas, frutas igualmente pertenecientes al género psidium como la guayaba, también brasileñas y originales porque sus pétalos, comestibles, se usan frecuentemente en ensaladas. El repertorio podría continuar con pitayas, litchis o cafeto (planta del café, aunque escasa en la zona) hasta dibujar una explosión de verde tropical, que a pesar de su exotismo no está comercializándose en función de las expectativas que se presumieron en un principio.

Y eso que ya han pasado los tiempos en los que las frutas tropicales eran objeto de deseo de una gran minoría: hasta hace muy poco tiempo sólo los más ricos habían disfrutado estos suculentos y vitaminados gozos. Dice Carson Ritchie, en su Comida y civilización, que a principios del siglo pasado las frutas tropicales sólo eran conocidas por el occidental medio a través de dibujos o de libros. Además, su cultivo en el Viejo Continente no estaba exento de las más imaginativas industrias: el monarca británico Jorge III cultivaba piñas y naranjas en Kew sobre bañeras con ruedas para poder sacarlas al sol en verano y volverlas a proteger en sus rústicos invernaderos durante los meses más fríos. No obstante, los movimientos coloniales trasegaron semillas y frutas de unas zonas a otras hasta globalizarlas y generar un cierto y caótico ovillo de rutas. Por ejemplo, el aguacate, 'pera del caimán' en azteca, procedente de la voz ahuacatl, era originario de América del Norte y, sin embargo, no se cultivó allí hasta mediados del siglo XIX: antes había sido eliminado todo rastro. Y tan exóticos llegaron a ser los frutos como las leyendas que los arropaban: el consumo del plátano, por ejemplo, originario de India, país en el que recibía el calificativo de fruta de los sabios, se extendió al abrigo del uso que de él hacían los yoguis y los santones. Entre otros, el de comerlos verdes como prueba de austeridad. Pero la historia del plátano no termina aquí: multitud de páginas podría escribir la norteamericana United Fruit Company, que desarrolló económicamente y modernizó casi toda Centroamérica y se dice que hasta gobernó en todos estos países (Panamá, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, México, Honduras y parte de Colombia). Y todo gracias a lo que su fundador, el capitán Lorenzo Dow Baker, denominaba oro verde: el plátano.