TRIBUNA

Global-phobia

Poner el énfasis en negar la globalización es lo mismo que volver a las prácticas proteccionistas.

Las protestas contra las reuniones de los países llamados ricos o contra las reuniones de los organismos internacionales, que se suponen controlados por los primeros, se están haciendo cada vez más frecuentes. El lema contra la globalización puede implicar una filosofía social de vuelta a un humanismo que enfatice otros valores más allá que la eficiencia económica, pero hay también razones económicas en el ámbito de la equidad desde una perspectiva global.

La evidencia señala que, en términos generales, el aumento de la riqueza global de los últimos años ha ido acompañada de mayores desigualdades, un aumento en la inseguridad en el trabajo y de menores salarios reales. Algunos autores consideran que la causa última se encuentra en los flujos comerciales internacionales y otros piensan que la razón es el cambio tecnológico. Sea uno u otro, parece poder señalarse el origen común de la globalización.

Comienzan a abundar los estudios académicos sobre los efectos de la globalización. Un ejemplo es el trabajo de Jonathan Haskel (publicado por el Centro para la Investigación de la Política Económica, CEPR), que investiga la desigualdad salarial en el Reino Unido. El autor señala que mientras que los salarios de los trabajadores que se encuentran en el tramo último del 10% de la distribución de renta no han variado en términos reales en los últimos 20 años, los salarios del 10% superior de la renta han crecido alrededor de un 50%. La explicación es que la globalización desplaza a los trabajadores sin cualificación en los países ricos, ya que los países en desarrollo pueden producir los bienes que requieren ese tipo de trabajo a menor coste. Los trabajadores desplazados de los sectores de bienes comercializables o los afectados por el cambio tecnológico impondrán una presión a la baja en los salarios de los trabajadores sin cualificar de cualquier sector, aunque éste no se encuentra directamente afectado por el comercio o por la tecnología.

Otro trabajo, también publicado por el CEPR, de André Sapir, señala que los cambios en las pautas comerciales derivadas de la globalización pueden afectar al trabajo de dos formas: provocando una pérdida permanente de renta o imponiéndole ajustes temporales. Los ajustes temporales procederían de cambios en el comercio intraindustrial. Si estos son los que se producen implicaría que los países tendrían dotaciones similares de factores y todos los factores de producción, abundantes o escasos, se beneficiarían a la larga. Pero si se produce un aumento en el comercio interindustrial, implicaría la existencia de una distinta dotación de factores. Si el trabajo es un factor escaso (o lo es el trabajo poco cualificado), o su coste es superior a su productividad, la globalización le afectará negativamente y de forma permanente, ya que será desplazado por el trabajo más barato incorporado en los bienes que pasan a importarse.

Es evidente que las actitudes antiglobales dependen mucho de la naturaleza del trabajo incorporado por la globalización, y de los mecanismos de cobertura social. La menor oposición se encuentra cuando se piensa que la globalización sirve para complementar el trabajo nacional y cuando no se percibe como una amenaza al sistema del Estado del bienestar. Si los mecanismos de protección existentes sólo sirven para paliar ajustes temporales en el trabajo y no pérdidas permanentes de renta, la actitud frente a la globalización será más agresiva.

Hasta ahora ha habido menor oposición a la globalización en Europa porque el llamado Estado del bienestar ha sido más completo. También porque, debido a la estructura más rígida del mercado de trabajo, el paro se ha solido centrar hasta la fecha en los jóvenes, independientemente de su cualificación. De esta forma, el trabajo incorporado por la globalización no ha sido visto como una amenaza.

Las protestas antiglobalización muchas veces han sido protagonizadas por ONG que afirman reivindicar los intereses de los países en vías de desarrollo y que se oponen a las peticiones de desarme arancelario. Estas peticiones, sin embargo, pueden favorecer más a los trabajadores desplazados de los países ricos que a los países pobres del tercer mundo. No parece una solución poner el énfasis en la negación de la globalización, que supone una vuelta a prácticas de proteccionismo.

El énfasis debe ponerse en las políticas de formación y de reciclaje de adaptación al cambio tecnológico, que deben primar en las reformas de los mercados de trabajo. æpermil;sas sí que harían el trabajo más flexible y permitirían aprovechar las ventajas de la globalización.