Ir al contenido
_
_
_
_
La selección del director
Opinión

El Papa frente al capitalismo feroz y la derecha desalmada

La democracia cristiana bebía de la doctrina social de la Iglesia, pero ahora los ultras practican una ideología antihumanista. León XIV les ha recordado que el inmigrante también es el prójimo

Migrantes esperaban en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria) la llegada del papa León XIV el pasado jueves.Borja Suarez (REUTERS)

El capitalismo tal y como se conoce en Europa, el que combina economía de mercado y protección social, tenía la impronta de las dos corrientes políticas que dominaron la política de la posguerra: la democracia cristiana y la socialdemocracia. La primera estaba impregnada de la doctrina social de la Iglesia, formulada por primera vez por otro papa León, el XIII, en 1891, y actualizada por Juan XXIII en 1961. Incluso la derecha más autoritaria (y genocida) del siglo pasado, la de los fascismos de los años treinta, se adornaba con un cierto barniz social. Tras la guerra, quedó la democracia cristiana como la fuerza conservadora dominante en Europa occidental, y se definió la economía social de mercado, algo cercano a lo que luego se llamó capitalismo renano, contrapuesto al anglosajón. Eso empezó a quebrarse en las últimas décadas del siglo XX con la ola neoliberal, que surgió de EE UU (Reagan) y el Reino Unido (Thatcher) y que permeó a toda la derecha y hasta a parte de la izquierda. Se volvió a predicar el Estado mínimo, el individualismo antes que la solidaridad, los impuestos bajos antes que los servicios públicos. Pero incluso un neocon como George W. Bush defendía en el cambio de milenio un “conservadurismo compasivo”, al menos como eslogan (los hechos fueron otra cosa). Los tiempos han cambiado tanto que el papa León XIV, que ha visitado España esta semana, es visto por algunos como un temible revolucionario, cuando no un traidor, por defender valores tan propios del cristianismo como la solidaridad con el prójimo. Y también es prójimo el extranjero, venga de donde venga y como venga.

‌La compasión ya no se lleva donde solía. La derecha moderada está en crisis en muchos grandes países, sustituida o colonizada por una nueva derecha populista y desalmada, que a menudo apela a los valores cristianos, pero los pisotea con los hechos. Donald Trump organiza festivales de oración frente a la Casa Blanca, pero estas son sus políticas: deshumaniza a los inmigrantes (“animales”, “cubos de basura”, “envenenan nuestra sangre”) y los expulsa a cárceles remotas tras redadas masivas; desata guerras sin sentido y no ve problema en las matanzas de civiles de su gran aliado; persigue a la ciencia y la universidad; corta en seco la cooperación que salva vidas en África; denuesta cualquier política inclusiva (hasta para los discapacitados, a los que ridiculiza); amenaza con desmantelar el precario sistema sanitario para gastar más en las guerras, y ha enterrado cualquier política de cuidado ambiental (“Drill, baby, drill”, perfora, nene/a, perfora). En paralelo, la explosión de la economía digital ha dado paso a una nueva variante del capitalismo, más despiadada, depredadora de los datos privados, que ha concentrado el poder mundial en una oligarquía tecnológica milmillonaria (hasta billonaria) que recibe favores de la Casa Blanca y que toma el control de los medios de comunicación, plataformas y estudios de Hollywood. Algunos de esos oligarcas promueven abiertamente lo que se ha venido en llamar tecnofascismo: de eso se ocupó el Papa en su encíclica sobre los desafíos éticos de la inteligencia artificial. A esa derecha que se dice de raíz cristiana pero no practica el amor al prójimo le lanzó una frase tajante en su misa en Madrid: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”.

‌Esa ideología antihumanista, en las antípodas del mensaje cristiano, no es algo exclusivo del trumpismo en EE UU. Lo comparten muchas nuevas derechas en auge: la siniestra Alternativa para Alemania (AfD), el derrotado Orbán en Hungría, Milei y la motosierra que sujetaba con Musk, Bukele y sus siniestras cárceles hacinadas. Algunos cuidan más las formas, que no el fondo, como Le Pen en Francia o Meloni en Italia, en un intento las dos de no mostrarse tan temibles por el electorado templado (a la segunda le ha salido bien). En España ha adquirido gran fuerza la ultraderecha de Vox, que no solo demoniza a los inmigrantes sino que se ceba con los más vulnerables dentro de ellos, los adolescentes sin familia, que llaman menas. Propone que la Armada hunda los cayucos o el Open Arms; se ha enfrentado con Cáritas por atender a inmigrantes; llama “paguitas” a las ayudas sociales a los más humildes; ve conspiraciones en la Agenda 2030 de la ONU y en las ayudas al desarrollo. En el muelle de la vergüenza, en Arguineguín (Gran Canaria), el Papa ha dicho: “Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.

‌Con el papa León XIV pisando suelo español, PP y Vox han firmado en Castilla y León su enésimo acuerdo, en el que los ultras imponen la “prioridad nacional” en el acceso a los servicios públicos, un principio que establecería, de ser legal, la discriminación por razón de origen. Dice el PP que en realidad se refiere al arraigo, pero no se llama “prioridad por arraigo”, lo que también sería muy cuestionable. Lo que el Papa opina de todo esto se resume en una frase: “Allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”.

Esta derecha, que no es toda la derecha pero sí la que hace más ruido, apela al cristianismo como seña de identidad nacional o étnica, casi como sinónimo de raza blanca, y en términos excluyentes. Habla de cristianismo para la confrontación con el otro, con el moro, para lo que se reivindica la Reconquista; y con el indio, para lo que reaparecen figuras como Hernán Cortés. León XIV prefirió en su discurso al Congreso español reivindicar a la Escuela de Salamanca, la que en los siglos XVI y XVII teorizó sobre el derecho internacional y la universalidad de los derechos humanos en plena colonización de América. Por si no quedaba clara la referencia, el Papa admitió expresamente que “la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana".

Este Papa es más sobrio que Francisco, menos espontáneo, pero mucho más directo en sus discursos, tan medidos como contundentes. Que confronte con la derecha populista y xenófoba, que haya dicho muy desafiante que no tiene miedo a Trump, no significa en absoluto que pueda ser alineado con el otro lado del espectro político. En España la izquierda tiene una tradición laicista y se supone que sus votantes son más distantes de los postulados de la Iglesia. No obstante, según esta encuesta de 40dB., más de la mitad de quienes apoyan al PSOE se dicen católicos (un 45% no practicante y un 14% que sí lo es); mientras que solo en Sumar y Podemos predominan los ateos y agnósticos. Las bases del PP son las más católicas (un 28% practicante, un 53% no practicante), por delante de las de Vox (17 y 50, respectivamente), según esos mismos datos. A la izquierda el Pontífice le afeó las leyes de aborto y eutanasia, en la línea que siempre mantuvo la Iglesia; también reivindicó el derecho de los padres a la educación confesional de sus hijos. El Gobierno pasó por ahí de puntillas (no son temas que incomoden a la sociedad actual, mucho menos a su electorado) y se agarró a otros de los mensajes papales, del “no a la guerra” a la acogida de inmigrantes, pasando por la denuncia de los excesos de las grandes tecnológicas. Otros discursos de Prevost son más difíciles de utilizar por una y otra parte, como cuando cargó contra la polarización política, responsabilidad de los dos polos o no sería tal.

Alguna derecha dura, con un conocido radiopredicador al frente, se ha enfurecido con el Papa, como hicieron con el anterior, Francisco. Al actual le instaban a visitar el Valle de Cuelgamuros, antes llamado de los Caídos, en vez de reunirse con miembros de Cáritas, inmigrantes y autoridades que dicen socialcomunistas. Sorprenderse de que el Papa defienda el humanismo es muy chocante. En su misa del Corpus, León XIV dijo: “El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados”.

No hace falta ser creyente para compartir uno de los pasajes más redondos de los Evangelios, este de Mateo 25: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a mí. (...) En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. A algunos les vendría bien releer a Mateo. O, al menos, escuchar a un Papa que habla muy claro.

Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Buscar bolsas y mercados

_
_