OTAN no, bases fuera: lo dice Trump. ¿Sabrá Europa defenderse sola?
La amenaza rusa se recrudece cuando EE UU empieza a replegarse en los países que eran sus aliados. Una industria europea de defensa muy dispersa es una debilidad manifiesta


“En apenas una noche, Rusia se ha apoderado de dos ciudades estonias y ha pillado de sorpresa a todos los miembros de la OTAN”. Deja mal cuerpo la lectura del ensayo de política-ficción Si Rusia ganara. Un escenario más que probable, de Carlo Masala, editado por Península. El autor, alemán, es un reputado politólogo especializado en seguridad europea, que ha sido investigador de la Escuela de Defensa de la OTAN. El texto imagina que en 2028 —después de que se haya impuesto una paz humillante a Ucrania, que pierde el territorio ocupado y queda excluida de la OTAN— Rusia lanza sus tropas sobre Narva, una ciudad estonia de más de 50.000 habitantes, con el argumento de la defensa de los derechos de sus vecinos, en su mayoría rusohablantes. Estonia, recordemos, es territorio OTAN. En esta ficción, la Alianza Atlántica titubea, no sabe cómo responder y los líderes occidentales se convencen de que esa pequeña porción de territorio no merece desencadenar la Tercera Guerra Mundial. El canciller alemán advierte: “Si la OTAN no responde, Rusia habrá ganado. Espero que todos sean conscientes de ello”.
Lo peor del libro es que todo suena plausible, podría ser una crónica del mañana leída pasado mañana, si es que la realidad no amenaza con ir más lejos. En una cosa se queda corto: no llega a retratar un liderazgo de EE UU tan hostil a Europa como el que está ejerciendo ahora Donald Trump. El magnate ya ha dejado claro que la OTAN ya no le sirve porque sus aliados no corrieron a apoyarle en un conflicto, el de Irán, que desató él solo (con Netanyahu) sin consultar a ninguno de ellos. En su rabieta, Trump anunció que retirará 5.000 soldados de sus bases en Alemania. Es solo el principio, como ha informado María R. Sahuquillo: “La Administración de Donald Trump planea recortar las fuerzas que pone a disposición de los aliados en Europa en caso de crisis o amenaza. Dentro del tijeretazo, Washington incluye elementos de enorme relevancia como aviones militares, aeronaves cisterna, drones y otros sistemas de largo alcance que son decisivos ahora para la capacidad disuasoria de la Alianza Atlántica”.
¿Va a lograr Trump lo que no logró la izquierda antiatlantista en décadas de movilización contra la presencia militar de EE UU? ¿Que se haga realidad el viejo lema “OTAN no, bases fuera”? ¿Que Europa se quede sola para defenderse a sí misma?
La desintegración de la capacidad disuasoria de la OTAN sería muy celebrada en el Kremlin, y eso preocupa en los círculos del poder más ilustrados de Washington. Desde luego, la inquietud va a más en los países de la UE vecinos de Rusia. Hace tiempo que las agencias de inteligencia de varios países europeos temen que Putin ponga a prueba a la OTAN y la UE en los próximos meses o años. ¿Cuáles serían los posibles objetivos? Uno de ellos, como sabe Masala, es Narva, la ciudad estonia que habla ruso; otros son el archipiélago noruego de Svalbard, en el Ártico, y el corredor de Suwalki, donde confluyen Polonia, Lituania, Kaliningrado y Bielorrusia. Algunos informes de inteligencia se atreven a poner fecha a un posible ataque ruso: 2029, un año más tarde del escenario de Si Rusia ganara.

La conclusión evidente es que Europa no puede contar ya con la protección de EE UU en caso de que las tropas de Putin pisen Narva. El poderío militar norteamericano permitió al Viejo Continente despreocuparse de la disuasión ante Rusia o la URSS durante casi ocho décadas. Europa va a tener que gastar más dinero en defensa, y está en ello, pero eso no basta. Andrea Rizzi ha enumerado en este análisis los problemas que implica un enfoque meramente nacional del rearme: “Fragmentación, duplicación, falta de activos clave —mando y control, inteligencia y reconocimiento, activos espaciales y de golpeo profundo de precisión, aerotransporte, etcétera, que tiene EE UU—, y falta de interoperatividad”.
Un estudio de Scope Ratings ofrece algunos ejemplos de estas ineficiencias: en Europa existen 24 tipos de buques grandes de guerra, por solo 5 en EE UU; hay 15 aviones de combate frente a 5 norteamericanos; aquí se fabrican 23 tipos de torpedos, allí solo 3. De todo esto resulta una capacidad militar real muy limitada. Por mucho que se hable de la autonomía estratégica europea, la dependencia de EE UU puede durar décadas.
La crisis de Groenlandia, congelada por ahora pero devastadora para la confianza de la UE en Washington, ha reanimado el debate sobre la creación de un ejército europeo, no uno que integre a los 27 existentes, sino una fuerza militar específica (que el comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, cifró en unos 100.000 soldados), dispuesta a intervenir en conflictos y a ocupar el espacio que pueda dejar vacío EE UU. Lo apoyan algunos países, entre ellos Francia y España, pero se resisten otros, y el jefe de la OTAN, Mark Rutte. Con ejército europeo o sin él, hay que girar la vista a la industria europea de defensa. Porque los gobiernos de los Veintisiete, y aliados cercanos como el Reino Unido, están gastando mucho en el rearme, y no tendría sentido que ese dinero vayan a llevárselo los fabricantes de EE UU, justo el país que está abandonando a Europa a su suerte. Lo sensato es aprovechar esa movilización de fondos para fortalecer una industria armamentística europea.
¿Qué tenemos en la industria? Un rosario de fabricantes locales. España todavía está en el intento de conformar el llamado campeón nacional, para proveer al Ejército de Tierra, en torno a Indra (y la operación de fusión con Escribano, de las pocas que había a la vista, quedó paralizada). Del campeón europeo ni hablamos. Están en marcha algunas iniciativas de concentración modestas, y alguna decepcionante. El último ejemplo es el FCAS (Futuro Sistema Aéreo de Combate, por sus siglas en inglés), en el que deben participan la francesa Dassault, el consorcio multinacional Airbus y la española Indra. Pero va camino de funcionar en dos plataformas, en realidad dos aviones distintos, por el desacuerdo entre París y Berlín. “Es probable que esto sea un mal necesario en este punto para luego seguir avanzando”, dijo el consejero delegado de Airbus, Guillaume Faury.
Ese mal necesario retrataría a Europa, que tiene muchos retos que abordar que chocan una y otra vez con la miopía de cada país. Suele pasar que los gobiernos nacionales quieren mantener el control de sus empresas estratégicas, en defensa con más motivo, pero sin superar eso no habrá manera de que la UE sea respetada en el mundo y temida por sus potenciales enemigos.
Un ejemplo un poco más alentador es el llamado Proyecto Bromo, que promete fusionar los sistemas de satélites de Airbus, Leonardo y Thales para competir con Starlink, de Space X. Un plan que, es cierto, puede ofrecer problemas de competencia. Es un antiguo dilema: si se quieren gigantes en defensa como los de EE UU (Lockheed Martin, RTX Corporation, Boeing, Northrop Grumman o General Dynamics) o los de China, Europa tiene que concentrar empresas para que sean capaces de ejecutar contratos masivos. Bruselas tendrá que moverse en un delicado equilibrio entre competencia y eficacia. Primaba lo primero, empieza a pesar más lo segundo.
Es una ilusión que 27 mercados nacionales pequeños e ineficientes puedan competir con los complejos integrados de EE UU o ChinaJosé Luis Pontijas, analista militar
Otro caso sugerente es el de MBDA, fabricante de misiles en el que participan Airbus Group, BAE Systems y Leonardo, lo que significa que implica a Francia, Alemania y España (socios en Airbus) con Reino Unido e Italia. Los cinco grandes. ¿Habrá más fusiones europeas, incluso entre grandes productores con sus distintos negocios? Como los obstáculos políticos siguen ahí, parece más viable por el momento insistir en las alianzas para proyectos industriales determinados. Una concentración por segmentos, que no dará lugar exactamente a los gigantes que caracterizarían a una superpotencia.
El analista y coronel retirado José Luis Pontijas ha escrito en un artículo para el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE): “Europa debería superar su ‘trampa de la soberanía’, es decir, la ilusión de que 27 mercados nacionales pequeños e ineficientes puedan competir con los complejos militar-industriales integrados de EE UU o China”.
Este experto aporta una clave más: Rusia no es el único enemigo. “El retorno a la defensa colectiva no debe dar lugar a una Alianza monofocal que, al sufrir de ‘ceguera geográfica’ descuide el flanco sur. Una OTAN que ignora dicho flanco es una OTAN que deja abierta una puerta a los actores no estatales perversos —terrorismo, tráfico de armas, drogas y personas, etc.— y a la creciente huella geopolítica del eje chino-ruso en África”. La inestabilidad en el Sahel es otra seria amenaza a Europa, en especial a los países sureños.
Y habrá que prestar atención a si los proyectos se amoldan a las necesidades que saltan a la vista en los frentes de batalla de hoy. Por ejemplo, la enorme importancia adquirida por los drones está permitiendo que en ciertas guerras la parte débil (Ucrania, Irán) resista a la fuerte. Kiev acaba de sorprender con una exhibición de fuerza: el bombardeo masivo, por un enjambre de 350 drones, de San Petersburgo. Claro que también con drones ha sido atacada la UE desde Rusia, en supuestos incidentes aislados, la última vez en Bucarest.
Rusia está enrabietada, estancada en el frente ucranio, donde registra miles de bajas; con sus arcas públicas tan exhaustas como su población y, el colmo, atacada por Kiev en su propio suelo. Un Putin en apuros puede ser incluso más peligroso. Esta es su retórica estos días: “Todos los lugares desde donde provenga una amenaza militar directa contra Rusia son objetivos legítimos”, dijo apuntando a los que apoyan a Kiev.
Empezaba este texto con una ficción demasiado realista y termina con otra. La exministra de Exteriores Arancha González Laya ha publicado el libro Solos en el mundo (Arpa). El primer capítulo, que ha adelantado en El País, es un relato distópico que no se va a 2028, sino más allá: a 2049. Rusia ya conquistó toda Ucrania, EE UU se hizo con Groenlandia, la OTAN se deshizo de facto, la democracia estadounidense es “un decorado de cartón piedra”, y la Unión Europea ha mutado en “un bloque tecnocrático, funcional, sin alma”. Concluye la autora con esta proyección a mediados del siglo XXI de la debilidad del bloque europeo: “La UE no tiene ejército ni capacidad de disuasión. Alemania no logró rearmarse. Francia actúa por su cuenta. Solo los bálticos y Polonia invierten, y lo hacen con ayuda estadounidense. El Báltico se ha convertido en una trinchera, el Mediterráneo en un coladero y los Balcanes en un polvorín. El colapso del proyecto europeo es ya una realidad”.
Lo mejor de las distopías es que no tienen que hacerse realidad. Como las pesadillas, sirven para que imaginemos escenarios posibles, pero no inevitables. Para que pensemos en qué hacer en situaciones extremas. Pero emerge un serio problema cuando sabemos qué se tiene que hacer y no lo hacemos.
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