Lagarde marca el sendero del futuro... sin olvidar el pasado
Los temidos efectos de segunda ronda en los precios, que en la crisis de Ucrania generaron una inflación más pegajosa, serán de nuevo la clave a vigilar


Los banqueros centrales no suelen destacar por ser explícitos, y mucho menos en tiempos inciertos. Ni siquiera en esta era en la que parte de su política es comunicar con cierta anticipación futuras decisiones. Esta semana lo han sido Lagarde y Powell. Este último dejó claro que se queda en el consejo de la Reserva Federal porque ve en peligro su independencia, un nuevo desafío a Trump por parte del contrapunto perfecto al presidente: sereno, prudente y firme. Solo se parecen en su posicionamiento político, ambos republicanos.
Lagarde, por su parte, sembró este jueves el terreno para futuras subidas de los tipos de interés ante el evidente, y probablemente creciente, impacto inflacionista derivado de la guerra. Más allá de un comunicado inicial tirando a críptico, la presidenta del banco indicó que se discutió largamente una subida de los tipos. Explicó, además, que los escenarios adversos planteados hace mes y medio por el BCE ya incorporaban dos alzas del precio del dinero. El mercado da por hecho una de un cuarto de punto en la próxima reunión, en junio y ya sin Luis de Guindos.
Ahora bien, la propia Lagarde también se ocupó de recordar que no hay efectos de segunda ronda, y admitió el paralelismo con 2011. Entonces Jean-Claude Trichet (otro presidente francés en el final de su mandato) elevó los tipos con una inflación que aún estaba por debajo del 3% y a pesar de una crisis que ya mostraba señales de su severidad. En los siguientes 12 meses, el BCE se vio obligado a recortar los tipos tres veces. “No quiero llegar demasiado pronto, pero tampoco un poco tarde”, indicó la presidenta, en una alocución que fue, con razón, asimétrica: el error de 2022 fue un exceso de prudencia; el de 2011, una imprudencia.
En esta clave hay que interpretar la actuación del BCE, y también la unanimidad a la hora de mantener los tipos. La crisis de Ormuz, más duradera, provocará más inflación, pero también menos actividad. En este sentido, la propia crisis puede, en función de sus características, hacer la labor encomendada a las subidas de tipos, que no es sino ralentizar la economía.
Los temidos efectos de segunda ronda en los precios, que en la crisis de Ucrania generaron una inflación más pegajosa, serán de nuevo la clave a vigilar. El mundo está, pues, condenado a seguir mirando al estrecho de Ormuz y al precio del petróleo cada pocos minutos. A una crisis cuya salida se antoja complicada porque, como lamenta la humanidad desde hace milenios, empezar una guerra es tan fácil como difícil acabarla.