Firmeza y cintura frente a Trump
Sánchez hace bien en no participar en la guerra, pero el problema exige también flexibilidad para buscar consensos con los socios europeos

En una más de sus extemporáneas reacciones contra todo el que le lleva la contraria, Donald Trump ha amenazado con romper todas las relaciones comerciales con España por el rechazo del Gobierno a prestar las bases de Rota y Morón para la logística bélica. Seguramente tiene mucho de improvisación, y no es descartable que se le olvide a no mucho tardar, pero es comprensible la preocupación de los empresarios españoles, porque, si bien el presidente de Estados Unidos ha dado sobradas muestras de cambios de opinión, también las ha dado de materializar sus advertencias, aunque sea parcialmente.
Es cierto que Washington no puede adoptar una estrategia particular contra España, puesto que la política comercial se negocia con toda la Unión Europea, pero también que puede castigar a productos específicos de nuestro país, como las aceitunas o el vino. Con todo, es de esperar que la diplomacia española juegue sus cartas para suavizar en lo posible la tensión.
Trump no tiene motivos para acusar al Gobierno español, que se ha acogido a lo previsto en sus acuerdos con Estados Unidos para el uso de las bases militares conjuntas. Aunque puede considerarse que el presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, aprovecha el choque con la Casa Blanca para fortalecer su imagen interior y exterior como máximo representante occidental de la oposición a Trump, la decisión es, además de legal, acertada, porque apoyar el ataque a Irán supondría contribuir a una decisión con consecuencias imprevisibles y que está agitando gravemente una zona clave para la economía mundial.
El presidente de Estados Unidos, además, está dilapidando todas sus alianzas, incluidas las más sólidas –dentro de lo que cabe con una figura tan volátil–. Es el caso del Reino Unido, a cuyo primer ministro, Keir Starmer, también ha acusado de no apoyar lo suficiente la ofensiva en Oriente Próximo.
La situación es en conjunto muy inquietante, mientras los mercados asisten relativamente incrédulos, pues no esperaban un ataque tan virulento a un país tan bunkerizado como Irán. Sánchez hace bien en defender la postura de España, aunque sea en soledad, pero el problema exige también cintura para buscar consensos con los socios europeos, cuya ayuda será imprescindible para proteger en lo posible la economía del país de las andanadas de la Casa Blanca.
