El nuevo modelo de crecimiento no corrige los defectos del viejo
Avanzan los servicios; la industria, estancada, y la construcción en déficit, y mejora la salud financiera por falta de inversión

Está España preparada para soportar el zarandeo de otra crisis económica? ¿Ha superado ya el modelo de crecimiento vulnerable que no resistió la embestida de la Gran Recesión? ¿Ha construido uno tan resiliente que mantenga los niveles de renta de los hogares y evite la destrucción de uno de cada cinco empleos cuando vuelvan las nubes negras? ¿Ha reequilibrado las proporciones sectoriales de la producción y los motores de la demanda de sus bienes y servicios para evitar contagios y quiebras de actividades enteras? ¿Ha saneado las finanzas de familias, empresas y gobiernos para evitar rescates externos?
La respuesta es, depende. Parece que los agentes privados aprendieron convenientemente la lección de 2008 a 2013, y que los administradores públicos, no, o no con la misma convicción, pese a ser ellos, los políticos, quienes más llenaron la boca con la necesidad de cambiar el modelo de crecimiento para evitar debacles como la que arrasó la economía de los españoles.
En el primer decenio del euro la exuberante demanda de inversión residencial y de consumo de los españoles fue instigada las autoridades monetarias y por la creencia en que el euro proporcionaba estabilidad y protección a prueba de bombas en un país acostumbrado a las reiteradas devaluaciones competitivas de su zarandeada peseta. La disposición de demasiado dinero, demasiado barato durante demasiado tiempo desató una euforia gastadora que llevó al país a vivir por encima de sus posibilidades, con la connivencia necesaria del sistema financiero y el aplauso irresponsable de los gobiernos.
Tal bacanal de inversión desequilibró la economía: agigantó la actividad constructora, disparó los precios, hundió la competitividad y sobreendeudó a hogares y empresas, y pasó después una factura muy dolorosa y muy prolongada en quiebras, desempleo y pobreza. La economía precisó de un exigente autorrescate (devaluación salarial, recorte del gasto público, subida de impuestos) y del auxilio externo para recomponerse. Los políticos se conjuraron a cambiar el modelo productivo para que no hubiese réplicas ulteriores y el aparato productivo se ajustó a las dimensiones razonables que sostenía la demanda.
La construcción residencial y la actividad inmobiliaria perdieron dos terceras partes de su actividad; los servicios mantuvieron su crecimiento en una economía de tendencias marcadamente terciarizantes por la pujanza turística y la demanda de ocio; y la industria, para la que todos miraban como nuevo pulmón del crecimiento por su carácter estable y su dependencia de mercados geográficos diversificados, aguantó el tipo.
Pero en el último ciclo de crecimiento, que arranca tras el covid, las tendencias sectoriales se han intensificado como en los viejos tiempos, con la única salvedad de la construcción, muy alejada de las necesidades de los residentes. Su capacidad para dar satisfacción a la demanda tendría que triplicarse, ya que la principal palanca que moviliza la economía, el avance de una población que pasa de 47,4 millones en 2021 a cerca de 50 ahora, demanda vivienda a un ritmo muy superior a la capacidad.
Inmigración y actividad turística son los dos fenómenos más activos y novedosos del nuevo modelo de crecimiento, que es en buena parte extensión del viejo, pero con características propias. Han desatado una fuerte generación de empleo, con salarios en las franjas remunerativas bajas y sin aporte de productividad, que se ha convertido en el principal motor del crecimiento, pero que tiene la misma vulnerabilidad ante las crisis que el generado por la burbuja inmobiliaria y financiera de los primeros años del siglo.
De la mano del turismo la actividad de servicios no ha dejado de crecer en este ciclo de cinco años, aunque destaca también la activa generación de otros servicios profesionales destinados al mercado exterior. Concretamente los servicios han pasado de suponer el 67,4% del PIB en 2021 al 68,5% en 2025, (1,1 puntos de PIB son 18.000 millones de euros) tal como refleja la Contabilidad Nacional; pero los servicios de hostelería, comercio y transporte han pasado en cinco años del 20% del PIB al 22,3%, con un salto de 2,2 puntos.
La exportación de turismo y otros servicios profesionales de calidad, como proyectos de ingeniería y consultoría, ha saltado desde el 8% del PIB en 2021 al 13,3% en 2025, 5,32 puntos del PIB, que en valores absolutos superan los 83.000 millones de euros. El gasto de no residentes en el país se ha multiplicado por cinco desde 2020, y supone el 5,3% del PIB, frente al 2% de hace cinco años. Por el contrario, educación, sanidad y administración pública, aunque han crecido, su peso relativo en la producción nacional se redujo en más de 23.000 millones.
La venta al exterior de bienes, como casi todas las variables, ha crecido, pero ha perdido presencia en el agregado del valor añadido en más de dos puntos, en línea con la pérdida de dinamismo relativo de la industria y las manufacturas. La demanda de consumo y la inversión (con la excepción de la vivienda) pierden también peso en el PIB: 2,4 puntos porcentuales el primero y 0,33 la inversión.
El empleo ha replicado los movimientos de cada actividad, con avances en los servicios hasta el 78% del total, sobre todo en comercio, hostelería y logística (con 900.000 ocupados más), así como en actividades profesionales, científicas y técnicas (440.000 empleos más), y descensos en la industria, con poco más de un 11% del total. Pero las variables más cualitativas de la ocupación no han mejorado, con la productividad estancada en los últimos cinco años con carácter general, ya que el PIB por empleado a tiempo completo equivalente es ahora de 80.568 euros, mientras que el de 2021 en euros de hoy sería de 80.830 euros.
Donde el modelo de crecimiento ha experimentado una transformación más notable es en la financiación. La economía ha saneado sus balances antes desequilibrados, con una serie prolongada y estable de superávits por cuenta corriente, y mejoras de la deuda externa neta. Lógicamente, ha sido consecuencia de una bajada de tensión de la economía respecto a la que tenía en la Gran Recesión, que ha llevado el endeudamiento de los hogares y las empresas a niveles de principios de siglo, a los primeros años del euro. En el caso de los primeros su endeudamiento ha caído al 43% del PIB, y en el de las empresas, al 61%, en ambos casos consecuencia en buena parte del estancamiento de la inversión. En paralelo, la posición de riqueza financiera neta de las familias está en cotas récord, aunque el destino de sus ahorros no sea el más dinámico y arriesgado de la tierra.
Un vistazo detallado al destino de la financiación proporcionada por las entidades financieras a actores residentes revela que nada ha cambiado en España en este último ciclo de crecimiento, salvo la creciente demanda de recursos por parte de las administraciones públicas. El crédito vivo está estancado en las cifras de 2020, según los datos del Banco de España, en torno a 1,22 billones de euros. Desciende el destinado a todas las actividades productivas, con las excepciones de química, hostelería y comercio, y sube con fuerza el préstamo para consumo. Destaca, eso sí, que, por vez primera en muchos años, el crédito a construcción, comercialización, compra y rehabilitación de casas baja del 50% (49,18%), aunque sigue siendo enfermizamente excesivo para una economía productiva.