La alquimia del dinero crece y crece
Las autoridades financieras están actuando sobre los bancos, en vez de atacar el núcleo del riesgo, las firmas no bancarias

La mitad de los servicios financieros que se ofrecen alrededor del mundo son prestados por empresas no bancarias que no se rigen por las mismas normas que los bancos tradicionales. Este nuevo sector incluye a compañías que prestan servicios de crédito, negociación e inversión; también a compañías de seguros, fondos de pensiones y fondos de inversión que tienen un papel cada vez más preponderante en los mercados internacionales. Son empresas que no aceptan depósitos del público ni mantienen cuentas en el banco central, por lo que están al margen de los mecanismos de protección que tienen los bancos, que han de someterse a regímenes exhaustivos de regulación prudencial como las garantías de depósitos y la asistencia de liquidez.
Muchas medianas empresas se han beneficiado de su existencia porque han mejorado su acceso a financiación. Los fondos de crédito privado pueden financiarlas cuando se trata de compañías que quizás son muy grandes o suponen un riesgo demasiado alto para un banco, pero son demasiado pequeñas para emitir títulos de deuda propios. Muchos de estos fondos son administrados por compañías de capital de riesgo que, a su vez, obtienen financiación por medio de bancos y otras entidades no bancarias. Estas últimas suelen tener coeficientes de apalancamiento más bajos y una financiación más estable y mayor plazo que los bancos. Por ello, durante los períodos de tensión no se ven obligadas a retirar fondos tan rápidamente, y esto mejora la resiliencia del sistema financiero.
Por su lado, los Gobiernos también se han beneficiado de estos nuevos prestamistas, pues les proporcionan más liquidez para mantener bajos los tipos de interés al tratarse de empresas no bancarias compradoras de bonos, como los títulos del Tesoro de Estados Unidos.
Estos nuevos actores han aumentado su participación en el sector crediticio y financiero mundial: suponían un 43% durante la crisis de 2008, y en 2023 ya alcanzan un 50%, según datos del FMI. Son muy importantes en el mercado de divisas, donde representan la mitad del volumen diario de operaciones, más del doble que hace 25 años. Pero esos efectos beneficiosos conviven con unos riesgos elevados y, aunque llevan tiempo bajo observación de las autoridades, por el momento estas se han limitado a verlos crecer al modo en que los entomólogos ven evolucionar la vida de los insectos.
Su tratamiento regulatorio también es muy diverso y, aunque existen marcos de supervisión específicos para las compañías de seguros, el sector no bancario, a diferencia de los bancos, opera en su mayor parte bajo una regulación prudencial menos estricta. Además, la información que estas entidades divulgan sobre sus activos, apalancamiento y liquidez es limitada, lo que dificulta poder detectar vulnerabilidades e interconexiones. Aun así, el FMI ha llegado a la conclusión de que en Estados Unidos y en la zona euro las exposiciones de muchos bancos a estas instituciones financieras no bancarias superan su capital de nivel 1, un colchón fundamental que permite a los bancos absorber las pérdidas y mantener la estabilidad en épocas de crisis. Es decir, sus coeficientes de capital ordinario de nivel 1 se situarían por debajo del 7% desde niveles actuales superiores al 13%.
Asimismo, y según el FMI, en un escenario de tensión en el que las entidades no bancarias recurrieran por completo a sus líneas de crédito con los bancos, aproximadamente el 10% de los bancos estadounidenses y el 30% de los europeos (medido por el volumen de sus activos) verían caer sus coeficientes de capital regulador en más de 100 puntos básicos. En otras palabras: “Las pérdidas y la reducción de capital de los bancos aumentan notablemente, al tiempo que lo hace la tensión en las entidades no bancarias, lo que demuestra la interconexión de las vulnerabilidades entre ambos sectores; es decir, estas pueden transmitirse con rapidez al sistema bancario central potenciando los shocks y complicando la gestión de crisis”.
El asunto más preocupante es que los riesgos asociados a las instituciones financieras no bancarias pueden transmitirse a todo el sistema a través de diversos canales, como el crédito privado, los bienes inmobiliarios y los criptoactivos. Ni los actores del mercado ni las autoridades de regulación financiera tienen una visión exacta de los riesgos para la estabilidad macrofinanciera, sobre todo, como ellas mismas reconocen, para hacer frente a presiones de liquidez y ventas forzadas de bonos por parte de estas entidades no bancarias, para lo que se necesita mejorar y ampliar la disponibilidad y facilidad de uso de las herramientas de gestión de la liquidez en los fondos de inversión colectiva. En otros términos, se requiere recopilar datos más completos, mejorar el análisis prospectivo, mediante, por ejemplo, exámenes de liquidez de todo el sistema, y también fortalecer la cooperación entre los supervisores del sector.
Si las autoridades saben poco de los riesgos que asumen estas entidades, los contribuyentes, mucho menos. Y en lugar de reparar esta deficiencia atacando al núcleo del asunto, es decir, a quien genera el riesgo, se está actuando sobre quien lo puede sufrir, los bancos. Así, la solución que propone el FMI es aplicar normas acordadas internacionalmente, en especial Basilea III, tanto para fortalecer el capital y la liquidez de todo el sector bancario, como para salvaguardarlo de un posible contagio de la debilidad de algunas entidades. En ese sentido recomienda avanzar en los marcos de recuperación y resolución y ampliar la provisión de liquidez de emergencia de los bancos centrales.
Sin embargo, no se considera como mejor opción unificar las reglas de juego entre bancos y no bancos. Primero, para igualar la competencia; segundo, por pura responsabilidad, pues quien más riesgo genera debería ser quien mayores obligaciones debería asumir. Si las entidades no bancarias son menos transparentes y están sujetas a una regulación más laxa, el riesgo seguirá creciendo ante los ojos atónitos de las perspicaces autoridades, por mucho que sobrecarguen a los bancos tradicionales. Por tanto, se sabe que la estabilidad financiera está amenazada por la sobrevaloración de los activos y la presión en los principales mercados de bonos soberanos, y a ello se le añade el crecimiento de las instituciones financieras no bancarias, que funcionan muy bien en tiempos de bonanza, pero es un enigma saber cómo se comportarán en tiempos tormentosos.
De momento, los reguladores prefieren observar atentamente y mantenerse en modo de vuelo sin motor y a merced de los vientos.

