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El Foco
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿Qué industrias necesitamos y para qué?

Dados los problemas de la economía española de las últimas décadas, los objetivos deberían ser dos: el pleno empleo y el incremento de la productividad

Repsol
Inigo Sierra (EFE/ Repsol)

Las lecciones aprendidas durante la pandemia del Covid-19 han puesto de manifiesto muchas debilidades, en Europa y en España, derivadas de la falta de un tejido industrial más sólido del que tenemos hoy. Cierres de fronteras (incluso entre miembros de la UE), interrupciones de cadenas de suministro globales y dependencia de componentes y productos fabricados en otras regiones, que han causado cierres temporales de fábricas.

Todo ello ha provocado la escasez de productos esenciales, una situación que se está reproduciendo con la escalada de conflictos geoestratégicos (el último episodio es el impacto en el comercio internacional de los ataques hutíes a cargueros en el Mar Rojo). Por ello nadie cuestiona hoy la necesidad de una política industrial que ayude a corregir estos problemas.

Sin embargo, la estrategia industrial europea (en gran parte motivada como respuesta a la nueva política industrial americana plasmada en leyes como la Chip and Science Act o la Inflation Reduction Act, ambas aprobadas en 2022) es demasiado general. Hay dos grandes directrices: la reducción de las emisiones de gases efecto invernadero y la transformación digital. Pero los detalles deben ser elaborados por los gobernantes de cada país, lo que impulsará la fragmentación y la falta de escalabilidad. Solo hay dos áreas, la descarbonización de las industrias más intensivas en el uso de la energía, y las tecnologías industriales circulares, para las que, a nivel de I+D, el Área Europea de Investigación (ERA) ha elaborado hojas de ruta detalladas.

En España, el anteproyecto de ley de Industria pretende, entre otros, “el fomento de un entorno favorable a la iniciativa y al desarrollo de las empresas en el conjunto del territorio español... la generación de ecosistemas industriales y el impulso de proyectos tractores y de interés general… y la planificación estratégica de la actividad industrial”. Hoy, la estrategia española para el impulso industrial (que deberá ser aprobada mediante real decreto del Consejo de Ministros) no existe, aunque se han hecho aportaciones importantes sobre cuál debería ser dicha estrategia (ver el documento con las Reflexiones sobre la Estrategia Española de Impulso Industrial 2030 elaborado por la EOI).

Es esta Estrategia Española para el Impulso Industrial la que debería detallar la hoja de ruta que debe guiar la reindustrialización en España durante los próximos años, o décadas, como ya lo han hecho Alemania (Estrategia Industrial 2030) o Francia (Plan de Inversiones Francia 2030). Porque ni las directrices de la UE ni el anteproyecto de ley de Industria responden a dos preguntas fundamentales, cuyas respuestas son necesarias para la elaboración de una hoja de ruta detallada.

La primera pregunta es: ¿qué queremos conseguir con esta industria del futuro? Examinando los problemas de la economía española de las últimas décadas, los objetivos deberían ser dos: el pleno empleo (y con empleos de calidad) y el incremento de la productividad. No debemos olvidar que en las últimas décadas la tasa de paro solo ocasionalmente ha estado por debajo del 10%. Y el paro juvenil ha sido, y continúa siendo, muy superior a la media de la UE. Respecto a la productividad, su incremento es la única salida perdurable a la situación de estancamiento que tenemos desde hace 15 años. El PIB per cápita en España, medido a precios constantes, en el año 2022 ha sido prácticamente el mismo que en el año 2007. Y este incremento pasa inexorable y simultáneamente por dos factores: un esfuerzo de innovación en la actividad productiva y formación continua para la adecuación de las personas a los cambios que serán precisos.

Y la segunda pregunta, íntimamente relacionada con la anterior: ¿qué tipo de industria queremos tener en el futuro? Como una política industrial comprende cualquier intervención del estado orientada a ayudar un sector o a una industria, distintos tipos de intervenciones potenciarán distintos tipos de industrias. No es lo mismo poner aranceles, que dar subvenciones, crear ayudas fiscales, o potenciar la compra pública.

Existen varios ejemplos recientes que avalan la eficacia de responder a estas preguntas, y traducir estas respuestas en estrategias coherentes. Cuando se colapsa la Unión Soviética en 1991, Finlandia entra en una profunda recesión. Para salir de ella, Finlandia apostó por sectores punta como la telefonía móvil, siendo Nokia y sus empresas auxiliares la muestra de su éxito. Cuando en los años 1970 se lanza el primer microprocesador (que inicia la digitalización en sentido amplio) Alemania decide apostar por las tecnologías digitales para proteger a su industria: automóvil, construcción de maquinaria, química, e industria electrónica. En cambio, Corea ejecuta una política industrial (cuya hoja de ruta se detalló en la estrategia 839) para basar su crecimiento económico en las TIC.

El apoyo a la industria puede ser una medida necesaria, pero no es suficiente. Los cambios no suceden espontáneamente. Es preciso responder a las dos preguntas anteriores de la manera más consensuada posible y redactar una hoja de ruta detallada para los próximos años. Los objetivos deben ser fácilmente comprensibles y medibles. El horizonte temporal, ambicioso, pero realista. Tanto la definición de los objetivos como la responsabilidad de la ejecución de la hoja de ruta deben hacerse en el máximo nivel, y son ejemplos de colaboración público-privada. Solo de esta manera tendremos alguna esperanza de avanzar hacia el pleno empleo y conseguir los incrementos de productividad necesarios para mantener y mejorar la competitividad de la industria.

Grupo de Reflexión de Ametic

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