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Breakingviews
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Los CEO estadounidenses sirven a Xi Jinping un postre demasiado rico

La ovación de ejecutivos como Cook o Fink al dirigente chino recuerda a Biden las dificultades para desacoplarse

Biden y Xi Jinping
Joe Biden y Xi Jinping, el día 15 en Woodside (California, EE UU).KEVIN LAMARQUE (REUTERS)

Los jefes empresariales de EE UU se emocionaron al ver al presidente de China, Xi Jinping, en una cena privada de gala del miércoles en San Francisco, tras la reunión de este con Joe Biden. Tan emocionados, que le dedicaron una gran ovación. Para Xi, saber que grandes firmas como Apple, BlackRock y Blackstone le apoyan debe ser alentador, especialmente si las tensiones políticas entre China y EE UU vuelven a crecer. Para Biden, esta exhibición performativa puede ser más difícil de digerir.

Mientras los CEO Tim Cook, Larry Fink y Steve Schwarzman se unían a sus homólogos y a los dignatarios chinos, Xi señaló que “China es socio y amigo de EE UU”. El titán de los hedge funds Ray Dalio, de Bridgewater, dijo que estaba “entusiasmado” de tener esta relación con el presidente chino. Al escuchar el discurso de Xi, el público rompió a aplaudir más de 10 veces, según los medios estatales chinos.

Los líderes empresariales de EE UU no son ajenos a la práctica de acercarse a Xi y a sus políticas. A principios de año, Elon Musk, jefe de Tesla, abogó por que China se sentara a la mesa a la hora de debatir la regulación de la IA. Musk ha defendido la postura de China respecto a Taiwán, equiparando la relación de la isla autónoma con la República Popular a la posición de Hawái respecto a EE UU. A finales de octubre, Cook, de Apple, estrechó la mano del viceprimer ministro chino, Ding Xuexiang, y se comprometió a ayudar a China a desarrollar su economía digital. Los hombres de negocios más ricos de EE UU, desde Schwarzman hasta el exlíder de Starbucks Howard Schultz, han hecho todo lo posible por mostrar su apoyo al país.

El banquete de Xi lleva la cordialidad a un nivel superior. Fue en suelo estadounidense; el cauce fue el presidente de EE UU. El propio Biden elogió a Xi, pero luego volvió a su tono habitual, más crítico, calificándolo de dictador. Los jefes empresariales no se pronunciaron en ese sentido. Es sensato para ellos. No es solo que la economía china se acerca a los 20 billones de dólares, la segunda mayor del mundo. Empresas de EE UU como Tesla y Apple siguen dependiendo de que la relación sea saludable para mantener en funcionamiento las cadenas de suministro. La ovación en pie no es más que una nueva y deleznable forma de seguir el dinero.

Pero mientras Xi se lleva a casa una fuerte declaración de apoyo, Biden se lleva algo menos sabroso: un recordatorio de la importancia del comercio chino y de la imposibilidad de desvincularse del todo de él, por muy deteriorados que estén los lazos entre Washington y Pekín. Las lealtades de Biden apuntan en una sola dirección; no ocurre lo mismo con los CEO que dirigen su economía.

La reunión de presidentes

Fue a la vez un logro y un acontecimiento deprimente. Biden y Xi superaron el listón del éxito en una reunión de más de cuatro horas celebrada el miércoles. Pero su primer cara a cara en un año también puso de manifiesto los límites de la cooperación entre los dos líderes responsables del 40% del PIB mundial. Confirma que la gestión de los conflictos seguirá siendo uno de los principales temas de la agenda global.

El débil apretón de manos, bien coreografiado, es alentador. Ayuda a estabilizar una relación chino-estadounidense que se tambalea por la guerra comercial lanzada por Donald Trump en 2018 y por un drama diplomático agudizado después de que EE UU derribara un presunto globo espía chino en febrero.

También hubo algunos avances reales. Biden y Xi acordaron reanudar las comunicaciones militares de alto nivel, probablemente reduciendo la posibilidad de una guerra accidental, si no deliberada, sobre Taiwán. Pero la prueba de su determinación podría llegar antes de lo deseado, ya que la isla, gobernada democráticamente y que China reclama como propia, celebra elecciones en enero.

El resto de las victorias fueron tan insípidas como su almuerzo de trabajo compartido, de pollo asado al estragón y raviolis de ricotta con hierbas. Washington y Pekín se comprometieron a intentar frenar la producción de fentanilo, una de las principales causas de sobredosis de drogas en EE UU, y a debatir los riesgos derivados de la IA.

En última instancia, empero, Xi advirtió a Biden de que no es realista que EE UU dé la espalda a China o la remodele. Washington no ha logrado lo segundo a su satisfacción en las últimas dos décadas, y lo primero ya está ocurriendo. Se está produciendo un enorme cambio en la relación entre ambos. Casi todo apunta en gran medida hacia una disociación consciente y estructural de las dos potencias. Al menos, los dos líderes mundiales cumplieron, o superaron ligeramente, las dolorosamente bajas expectativas de su reunión.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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