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A Fondo
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La calidad de las instituciones, clave para la innovación

Desde 2005, la percepción ciudadana sobre este indicador ha sufrido un retroceso, agudizado desde 2012

La ministra de Ciencia e Innovación en funciones, Diana Morant (centro), posa para una foto de familia durante la reunión de los ministros de Investigación de la Unión Europea celebrada en el marco de la Presidencia española del Consejo de la UE, el viernes 28 de julio en el Palacio de la Magdalena de Santander.
La ministra de Ciencia e Innovación en funciones, Diana Morant (centro), posa para una foto de familia durante la reunión de los ministros de Investigación de la Unión Europea celebrada en el marco de la Presidencia española del Consejo de la UE, el viernes 28 de julio en el Palacio de la Magdalena de Santander.Pedro Puente Hoyos (EFE)

Los avances científicos y tecnológicos han canalizado sin duda el progreso en los últimos dos siglos. Los primeros han permitido establecer las bases científicas de la física, la química y la biología, que han posibilitado, entre otros, el desarrollo de vacunas y antibióticos que combaten infecciones antes mortales, así como avances inimaginables en la cirugía. El progreso tecnológico, por su parte, permitió la invención de la máquina de vapor y del motor de explosión, así como el nacimiento de la aviación comercial, la energía nuclear y la conquista del espacio. Más recientemente, las tecnologías digitales se han expandido hasta penetrar todos los ámbitos de la ciencia y el conocimiento, generando incrementos de productividad muy notables prácticamente en todos los sectores de la actividad económica.

Sin embargo, estos avances no ocultan la existencia de retos complejos a los que hemos de hacer frente de forma inmediata, y que en Europa podrían resumirse en dos: la sostenibilidad y la transformación digital. La primera, en su dimensión ambiental, exige el cumplimiento del Pacto Verde Europeo, que pretende que Europa sea el primer continente climáticamente neutro, convirtiéndose en una economía moderna y eficiente en el uso de los recursos. Esta sostenibilidad ambiental debe ir acompañada de una sostenibilidad social, que permita disminuir la creciente desi­gualdad de ingresos entre la ciudadanía, mediante la creación de más empleos de mayor calidad para una mayor proporción de la ciudadanía.

Con respecto a la transformación digital, Europa debe consolidar su soberanía digital, haciendo de la transformación digital un instrumento que mejore la vida y la productividad de personas y empresas, a la vez que sirva también como catalizador del cumplimiento del Pacto Verde Europeo. Estos dos retos prioritarios se acompañan de otros, como la defensa de un orden mundial multilateral basado en normas, la defensa de la justicia y de la democracia.

¿Cómo afrontar estos retos? Hemos insistido en que una condición absolutamente necesaria es el aumento de la inversión en I+D. En un reciente artículo, recordábamos que la inversión en I+D sobre el PIB en España es hoy del 1,4%, cuando el planteamiento en 2007 era alcanzar el 2%. Los países del centro y norte de Europa se sitúan en tasas superiores al 3%. Sin duda, llegamos tarde. Pero además de invertir más, es imprescindible hacerlo de manera que se pongan en el mercado soluciones a problemas reales que contribuyan a solventar tanto la sostenibilidad como la transformación digital, con el fin último de la mejora del bienestar de la ciudadanía. Estas soluciones requieren de inversiones innovadoras en I+D. Pero a nadie se nos escapa que innovar es arriesgado, y en muchos casos proyectos de innovación que han supuesto inversiones muy notables en I+D han acabado siendo proyectos fallidos.

De hecho, la gestión del riesgo de la innovación es crucial para que los proyectos innovadores en I+D sean exitosos, y lo cierto es que no son muchas las empresas españolas que saben cómo gestionar el riesgo asociado a la innovación. Por eso son necesarios esfuerzos colectivos en los que las administraciones públicas, las universidades y las empresas, la triple hélice, colaboren para alcanzar objetivos comunes a largo plazo. Esto no garantiza que todos los proyectos innovadores sean exitosos, pero si la gestión del riesgo se comparte en un contexto de confianza entre los agentes que participan en ellos, incluso de los proyectos fallidos puede aprenderse para futuras colaboraciones. Si la gestión del riesgo de la innovación no conlleva consensos sobre objetivos y proyectos a largo plazo, la colaboración terminará en muchas ocasiones en recriminaciones al otro.

Un contexto de confianza está, por tanto, en el núcleo de una colaboración exitosa que permita gestionar adecuadamente el riesgo de la innovación. Y esta confianza se consigue sobre todo cuando se percibe calidad en las instituciones existentes, tanto en la esfera pública como la privada. La definición de calidad institucional no es inmediata ni trivial, y la medida más conocida es el índice de calidad institucional que computa anualmente el Banco Mundial, que captura las percepciones de la ciudadanía sobre la rendición de cuentas, la estabilidad política, la efectividad del gobierno, la regulación, el estado de derecho y el control de la corrupción.

Según los resultados más recientes, de 2021, los países que mejor puntúan respecto el control de la corrupción son Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda. Nuestro país se sitúa en la posición 45 sobre los 192 países considerados en este indicador. Una posición claramente mejorable. Desde 2005, la percepción ciudadana sobre la calidad institucional ha sufrido un retroceso que se ha agudizado a partir de 2012. Urge recuperar la confianza en las instituciones.

Resumiendo, para superar los principales retos a los que nos enfrentamos de cara al futuro, sostenibilidad y transformación digital, se necesitan medidas que estimulen una mayor innovación empresarial, que sin duda implican una mayor inversión en I+D, pero, además, exigen la definición de proyectos a largo plazo compartidos en la triple hélice que acaben generando más empleo de calidad con alto valor añadido.

La compra pública innovadora será imprescindible, y esta debe ser el resultado de reflexiones donde primen los objetivos a largo plazo, en lugar de visiones cortoplacistas donde se escoge la opción más económica de soluciones ya probadas.

Y sobre todo necesitamos que los agentes del sistema nacional de innovación español puedan trabajar en un clima de confianza mutua, que permita afrontar proyectos complejos a largo plazo.

Grupo de Reflexión de Ametic

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