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La guerra deja al hemisferio Sur sin fertilizantes en plena siembra: “Estamos ante una potencial gran crisis alimentaria”

Ahmed El-Hoshy, CEO de la emiratí Fertiglobe, asegura que el impacto en la alimentación del cierre de Ormuz puede ser mayor que en el mercado petrolero

Imagen cedida por Fertiglobe, productor de fertilizantes de Emiratos Árabes.

No todo es petróleo y gas natural en el Golfo Pérsico. También existe una potente industria de fertilizantes, que necesita de estos combustibles fósiles (en concreto del gas natural) para su producción, y que tiene un valor estratégico crucial para la alimentación de buena parte del planeta. El 30% de la urea que se produce en el mundo —uno de los fertilizantes más empleados en la agricultura, que aporta a los cultivos el nitrógeno para favorecer su rápido desarrollo— pasa por el estrecho de Ormuz, bloqueado desde hace más de dos meses. Por ese paso marítimo ahora en disputa pasa también el 21% del amoniaco que se utiliza en el mundo para fabricar la urea y otros fertilizantes. Y el 20% del gas natural licuado, esencial a su vez para la fabricación de estos fertilizantes.

El cierre de Ormuz no ha causado solamente un shock energético sin precedentes, también está rompiendo toda la cadena de suministro que sostiene a la agricultura en el mundo. Los precios de los fertilizantes se han disparado cuando estaba en marcha la siembra en el hemisferio norte y continúan por las nubes ahora que comienza en el hemisferio sur, lo que agrava el riesgo de una crisis alimentaria si el suministro no se reanuda pronto por Ormuz. Para Ahmed El-Hoshy, consejero delegado de Fertiglobe —empresa líder de fertilizantes de Emiratos Árabes Unidos (EAU) y una de las más importantes del mundo— el alza de precios de los fertilizantes y su menor suministro “es incluso más importante que lo que sucede con el petróleo, si pensamos en los efectos y en quiénes se van a llevar la peor parte”.

El ejecutivo, que es también Vicepresidente de la Asociación Internacional de Fertilizantes (IFA), explica que el hemisferio sur, desde América Latina a la India o Australia, necesita importar fertilizantes en los dos próximos meses para asegurarse una cosecha abundante, capaz de cubrir la demanda. Sin embargo, su alto coste —la urea se ha disparado el 80% con el conflicto y encarecido en 400 dólares la tonelada- va a provocar que muchos agricultores no puedan permitirse su uso. “Si el precio del maíz, el grano, el trigo o el arroz no ha subido lo suficiente, es posible que no apliquen el fertilizante. Y este fertilizante nitrogenado, como el amoníaco y la urea, es responsable del rendimiento de los cultivos y del aumento de la producción agrícola, que alimenta a cuatro de los ocho mil millones de personas del mundo. Así que la mitad de la población mundial depende de este tipo de fertilizante”, advierte.

El-Hoshy ha participado esta semana en el foro Make it in Emirates, el primer evento industrial y tecnológico que celebra el país desde que comenzó la guerra en Irán, y atiende desde allí por vídeollamada a este periódico. El ejecutivo explica que su compañía está logrando sortear el cierre de Ormuz con el transporte de la mercancía en camión para su exportación desde otros puertos, una fórmula más cara pero que queda compensada con el fuerte incremento del precio de la urea. “Disponíamos de mucho espacio de almacenamiento cuando comenzó la guerra. Eso nos ha permitido continuar con la mayor parte de la producción. Tuvimos algunas paradas a principios de abril, pero, en general, tenemos la capacidad de seguir produciendo e incluso hemos cargado buques dentro del estrecho de Ormuz, solo que no hemos podido cruzarlo”, explica. Fertiglobe es sin embargo una excepción en el cuello de botella del suministro de fertilizantes desde Oriente Próximo gracias a que alrededor de dos tercios de su producción se genera fuera de la zona, en Egipto y Argelia. De hecho, entorno al 50% de las importaciones españolas de amoniaco y el 30% de las de urea proceden de Fertiglobe, que en el primer trimestre ha elevado sus ingresos el 32% interanual, hasta los 915 millones de dólares.

El coste del suministro de fertilizantes de los países del Golfo, de donde procede un tercio de lo que consume la agricultura en el mundo, puede tener un efecto arrollador sobre la alimentación del planeta, según insiste El-Hoshy. “Si esto se prolonga, y no se resuelve pronto, fácilmente podría producirse una crisis alimentaria", añade. El momento actual es clave: a Argentina y Brasil, grandes exportadores de cereales, les ha sorprendido la guerra con pocos inventarios de fertilizantes que deben comprar ahora a precios prohibitivos. “No solo importan desde el estrecho de Ormuz. Importan desde Nigeria e Irán y representan una parte enorme de las exportaciones totales de alimentos. Argentina y Brasil representan el 10% de las exportaciones mundiales de trigo, el 40% las exportaciones de maíz y el 60% de las exportaciones mundiales de soja. Eso es mucho”, apunta El-Hoshy. La falta de nuevas plantas de producción de fertilizantes es un problema añadido, en un contexto de crecimiento de la población mundial que reclama una dieta más rica en carne y que exige el uso de más fertilizantes que una dieta basada en los cereales.

Países como España, EE UU, la India o Australia han lanzado programas de ayuda a los agricultores para la compra de fertilizantes. Además, según apunta el directivo de Fertiglobe, en Europa y EE UU ya se habían realizado cuantiosas compras por anticipado, antes de marzo, lo que ha ayudado a amortiguar el impacto del encarecimiento de la urea y el amoniaco, que ahora se hace especialmente desafiante en el hemisferio sur. Además, el suministro de fertilizantes no regresará inmediatamente a la normalidad cuando reabra por fin Ormuz. Al igual que sucederá con la industria petrolera, parte de la producción de fertilizantes en los países del Golfo se ha paralizado. “Ha habido algunos daños en los equipos que habrá que reparar, lo que dejará parte de la producción fuera de servicio durante muchos meses. Así que no va a volver inmediatamente a la normalidad”, añade El-Hoshy, que también apunta al elevado coste de los fletes marítimos y a unos seguros marítimos por las nubes.

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