Del informe PISA a las aulas de Derecho: ¿leen, analizan y razonan peor los abogados del futuro?
Los decanos de varias facultades de Derecho confirman el deterioro del sistema educativo; las pruebas orales ganan peso ante el avance de la IA

El último informe PISA deja una fotografía preocupante del sistema educativo español. Los estudiantes de 15 años obtuvieron 451 puntos en comprensión lectora, frente a los 459 del conjunto de la Unión Europea y los 461 de la OCDE. Estos datos sitúan a España, en términos aproximados, cerca de medio curso por detrás de sus vecinos europeos. Sin embargo, el problema no termina al abandonar la educación secundaria. Esa pérdida de nivel ya empieza a notarse en las facultades de Derecho.
“Se observan de manera más significativa algunas carencias en la formación previa de los estudiantes”, reconoce José Manuel Almudí, decano de la Facultad de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. El problema, precisa, no afecta a todos los alumnos por igual, pero sí ha notado una caída en aspectos cruciales en los universitarios de nuevo ingreso, especialmente en la comprensión lectora, la capacidad de sintetizar, argumentar una tesis jurídica o trasladar la teoría a la práctica.
Incluso en los alumnos con los expedientes académicos más brillantes se detecta este problema. “Observamos que ha empeorado la capacidad de sostener la atención en un texto largo y de convertir un pensamiento abstracto en una solución ejecutable para un problema concreto”, apunta Jorge Castiñeira, decano de Esade Law School. Le preocupa especialmente el aumento de los “lectores apresurados”, cuya proporción, señala, se ha duplicado desde 2018 y puede crecer más con la inteligencia artificial.
Sonia Calaza, decana de la Facultad de Derecho de la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia), destaca una debilidad especialmente alarmante. “En una cierta mayoría carecen de lecturas y, sobre todo, de sosiego”, expresa. La catedrática señala que los estudiantes de hoy en día están acostumbrados a información rápida, superficial y, en ocasiones, sesgada o falsa. Como antídoto, reivindica el valor de la literatura como un factor elemental en la formación de cualquier jurista. “La falta de lectura empobrece el pensamiento, el criticismo y hasta el lenguaje. Creo que esto es una triste realidad”, lamenta.
El diagnóstico, no obstante, también admite matices. Eugenia Castrillón, decana de programas de IE Law School en IE University, afirma que los jóvenes llegan a la facultad con habilidades que las generaciones anteriores desarrollaban mucho más tarde. “Hablan mejor en público, tienen más idiomas, se mueven con mayor soltura en entornos internacionales, están más acostumbrados a trabajar en equipo y manejan la tecnología con mucha facilidad”.
La IA entra en clase
Esa tendencia a leer menos tiene su respuesta en la inteligencia artificial. “La IA está afectando mucho, en efecto, a la enseñanza porque nuestros estudiantes se apoyan en exceso en esta generación artificial de conocimiento”, apostilla Calaza. El riesgo, señala la decana de la UNED, es que los estudiantes terminen por sucumbir a estas herramientas para adquirir contenidos “por una vía artificial, sin capacidad crítica, innovadora, disruptiva y sin pensamiento propio”. Calaza evita, no obstante, caer en el catastrofismo. No cree que la IA acabe con la capacidad de los alumnos para leer, razonar o interpretar una tesis, pero sí advierte de que los docentes deben redoblar sus esfuerzos por despertar el interés por la lectura crítica, la interpretación o búsqueda de soluciones.
Los decanos, sin embargo, no proponen dar la espalda a la tecnología. “Existe un riesgo de dependencia cuando se delega en la herramienta el esfuerzo de pensar, pero también un gran potencial para aprender con ella”, afirma María Enciso, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos. La clave, incide, es enseñar al alumno a verificar las respuestas y asumir la responsabilidad del resultado. “Para un futuro jurista, ese aprendizaje es esencial”, resume.
Para Castiñeira, la línea roja aparece cuando la IA empieza a pensar por él. “El problema no está tanto en usar la herramienta, sino en delegar en ella el trabajo intelectual”, afirma. “El aprendizaje exige mantener el esfuerzo, no externalizarlo”, declara.
La irrupción de la inteligencia artificial abre otra incógnita, ¿cómo comprobar que el alumno domina realmente la materia? Ante una tecnología que es capaz de generar textos aparentemente impecables, las universidades mantienen una técnica tan clásica como efectiva: las pruebas orales. “Tienen un mayor peso la defensa oral, la entrega por hitos y la explicación del proceso porque un resultado correcto ya no demuestra por sí solo que alguien haya aprendido”, reflexiona Castiñeira.
Nuevo oficio
La formación de los futuros juristas exige un cambio. “Ya no basta con una formación técnica excelente”, subraya Eugenia Castrillón. Antes, los jóvenes abogados aprendían el oficio poco a poco durante sus primeros años de ejercicio. Ahora, se espera que sean capaces de afrontar problemas reales desde el principio. Para prepararlos, Castrillón reclama más casos prácticos, simulaciones, trabajo en equipo y toma de decisiones en situaciones de incertidumbre. María Enciso coincide: “La prioridad es conectar mejor una formación jurídica sólida con los problemas que los alumnos tendrán que resolver”.
Sonia Calaza propone dedicar menos tiempo a memorizar contenidos que pueden consultarse fácilmente y reforzar la comprensión, la interpretación y la aplicación práctica del Derecho. La decana de la UNED reclama trasladar parte del aprendizaje a notarías, registros, tribunales, despachos y empresas, en lugar de basarlo en trabajos de fin de grado o de máster que pueden elaborarse con inteligencia artificial. Se trata, resume, de pasar “de la poesía a la prosa”, sin renunciar por completo a la teoría.
Esta educación cobra más importancia porque la IA asume tareas que los jóvenes realizan cuando arrancan su andadura en la abogacía. “Los estudiantes perciben que la inteligencia artificial está afectando especialmente a las tareas de entrada, las que tradicionalmente servían para aprender el oficio, y se preguntan con razón dónde se formará ahora el criterio profesional”, apostilla Castiñeira. El decano de Esade asegura que estudiantes en prácticas y recién graduados ya les han trasladado esta preocupación: “En algunos puestos, la productividad que se les exige por disponer de sistemas de inteligencia artificial deja poco espacio para aprender”.
Los grandes bufetes siguen siendo el destino soñado para futuros abogados, pero empiezan a contemplar otras opciones. “Cada vez hay más estudiantes que valoran las oportunidades que ofrecen los despachos pequeños y medianos”, apunta Almudí. No obstante, los alumnos también han puesto la mira en los departamentos jurídicos de empresas, dice el decano. El motivo es que los estudiantes buscan el equilibrio entre carrera profesional y vida personal. “La conciliación, la salud y el bienestar están adquiriendo un peso que quizá no tenían hace unos años”, puntualiza el decano de la Complutense.