Burr Studio: “Somos una generación de arquitectos muy formados en vivienda pública y nos da pena que Madrid no cuente con nosotros”
Ramón Martínez, Elena Fuertes, Jorge Sobejano y Álvaro Molins son los fundadores de este estudio experimental de arquitectura madrileño, que lucha por dar el salto a los grandes edificios


A los arquitectos Elena Fuertes, Ramón Martínez, Álvaro Molins y Jorge Sobejano les educaron para construir a lo grande. Sus profesores fueron los ideólogos de grandes museos y auditorios que marcaron la identidad arquitectónica de España durante décadas. Pero a ellos les tocó graduarse poco después de 2008; los estudios recortaban plantillas y los ayuntamientos dejaron de convocar concursos. Muchos de sus compañeros se marcharon al extranjero, mientras otros optaban por la academia o por disciplinas afines. Ante la disyuntiva, este grupo de compañeros de universidad decidió quedarse. Hijos de la crisis inmobiliaria, empezaron la andadura de Burr Studio con empeño y, poco a poco, están construyendo una fructífera carrera de fondo.
“Elegimos apostar. No podíamos mantener un estudio convencional, así que teníamos otro empleo a media jornada para poder subsistir”, cuenta Fuertes. Los cuatro se conocieron en Madrid, durante una carrera para la que se mudaron Fuertes, desde Oviedo, y Martínez, desde Arnedo, en La Rioja. Al poco tiempo de graduarse, en 2011, fundaron el Taller de Casquería junto a otros amigos, un espacio “amateur” en el que empezaron a desarrollar sus ideas artísticas.
Aquellos años de experimentación fueron el germen de Burr. Hoy, ya al final de la treintena, los cuatro dirigen un estudio consolidado. “Ha sido un crecimiento muy paulatino”, añade Sobejano.
Burr es un estudio experimental que ha vivido de “mil cosas”: remodelan espacios industriales abandonados, diseñan el interiorismo de negocios varios, también viviendas concebidas con los criterios de sostenibilidad en el centro. Acaban de ganar el concurso para el pabellón de España de la Expo de Belgrado del año que viene, junto a otros compañeros, algunos de distintas disciplinas —Studio Animal, Estudio Brillante y Koln Studio—. Aun así, son selectivos con las competiciones.
“Hemos sido un poco escépticos con el concurso”, dicen Molins y Sobejano. Poco después de empezar con Taller de Casquería, el grupo ganó la decimotercera edición del Europan, que “fue durante mucho tiempo muy importante para los arquitectos europeos” y servía de trampolín profesional. “Ideamos un proyecto muy bonito de reconversión de una nave minera alemana, quizás un poco idealista o ambicioso, pero después de lucharlo quedó en saco roto”, recuerda Molins.
Aunque ganaron otras competiciones, el resultado acabó siendo parecido. Para Sobejano, el problema de los años poscrisis fue que “se mantuvo la inercia de concursar”, pero luego “no había fondos para llevar nada a cabo”. “Así que intentamos buscar salidas por otro lado”, cuenta.
La agencia de Burr Studio está en una calle del barrio de Carabanchel, en Madrid. Detrás de la oficina hay un gran espacio renovado, una antigua nave, que Fuertes, Martínez, Molins y Sobejano ceden para eventos o exposiciones de artistas locales. Han expandido la empresa y ahora son una decena de empleados, que trabajan de manera conjunta. En lugar de dividirse las funciones y especializar a cada socio en una parcela del trabajo, práctica habitual en los grandes estudios, los fundadores decidieron involucrarse los cuatro en todos ellos. “Nosotros lo hacemos al revés, somos un equipo que rehúye bastante de la especialización”, explica Fuertes.
La recomendación externa es dividirse por áreas: administración, diseño, obra, comunicación, contabilidad. El equipo prefiere invertir tiempo en una gestión colectiva que, aseguran, eleva la calidad de los proyectos. “Todo lo que sale de esta oficina ha tenido una discusión previa; nos lo hemos tumbado mutuamente, hacemos un control de calidad interno. Nuestra fórmula ha sido más aprender a compensar, aprender a repartir cargas. Seguramente seamos una empresa menos eficiente, pero lo preferimos así”, asegura Molins.
La realidad es que la universidad les enseñó a proyectar edificios, pero no a gestionar una compañía propia. “Empezamos a trabajar juntos hace un montón de tiempo; el nivel de gestión era paupérrimo”, reconoce Sobejano. Los cuatro echan en falta en el currículo de arquitectura una formación básica que prepare a los alumnos para sostener económicamente un estudio propio. “Teníamos muchos problemas para subsistir con un sueldo medianamente digno y sin picos de actividad. Ante nuestra absoluta falta de formación en el campo empresarial, lo que hicimos fue asesorarnos”, dice.
El grupo de amigos contrató a un gestor empresarial, de quien siguen tirando. “Él fue quien nos dijo por primera vez: ‘Vosotros no sois arquitectos, sois empresarios’. Y nos costó, pero hemos acabado entendiendo el significado de la frase”, dice Fuertes.

El cambio de mentalidad y el propio proceso de convertirse en una firma, la burocracia y el papeleo, materializaron un sueño que al principio parecía inalcanzable: la estabilidad. Los cuatro socios coinciden en que el mayor reto fue evitar los altibajos de actividad, fase que ahora consideran superada.
“Ahora nos concentramos en dar un paso adelante, asumir un cambio de escala que nos dé un poco más de proyección a nivel disciplinar”, afirman. El objetivo a corto plazo es contrapesar los proyectos pequeños que, aunque aportan estabilidad y disfrutan, son exigentes, con otras propuestas más ambiciosas, de dos o tres años de duración. “Es decir, hacer cosas que tengan más impacto en la ciudad y afecten a más personas en el mejor sentido, que es para lo que creemos que hemos sido formados”, expone Sobejano.
La manera más sostenible de construir es rehabilitarÁlvaro Molins
Burr ha ganado fama durante los últimos años por su línea editorial, orientada a la reutilización de espacios desaprovechados. El equipo insiste en que hace falta vivienda nueva, sostenible y pública, pero también rehabilitar: “Abogamos por que se pueda tomar cualquier estructura como válida y añadirle una serie de capas que la vuelvan otra vez funcional. La manera más sostenible de construir es rehabilitar; no edificar un inmueble de madera entero desde cero, sino trabajar con lo existente”.
Madrid les provoca, en ese sentido, sentimientos encontrados. Los arquitectos ponen en valor las actuaciones en Madrid Río y la nueva Plaza de España, que consideran un caso bastante exitoso por conectar espacios antes fragmentados y aumentar la sombra. Pero critican la falta de visión y de confianza de las instituciones regionales en los estudios más jóvenes.
“Aunque podamos concursar donde queramos, a nosotros nos gustaría poder aportar a nuestra ciudad y región. Pero ni la Comunidad ni el Ayuntamiento promueven muchos concursos de arquitectura, comparado con otras regiones de España, al menos en los que estudios como el nuestro puedan competir”, afea Sobejano. Las empresas más jóvenes de la ciudad no tienen oportunidades para hacer equipamientos, colegios o vivienda pública de mayor escala, opina, algo que ha contribuido a ralentizar las carreras de arquitectos locales frente a las de compañeros de Cataluña, Baleares o País Vasco. “Somos una generación de arquitectos muy formados en vivienda pública y nos da pena que Madrid no cuente con nosotros”.
La falta de nuevas ideas afecta directamente a la imagen y calidad de vida de la capital. Ponen como ejemplo la reciente reforma de la Puerta del Sol y la homogeneización estética de las nuevas promociones residenciales, dominadas por grandes urbanizaciones pintadas de blanco y negro. La primera la califican como “un caso drástico de un espacio público que no funciona, porque te fríes con cualquier ola de calor”. Lo segundo, aseguran, ejemplifica lo anodino de la promoción privada en Madrid.
Ahora se está construyendo una ciudad mucho peor que vamos a heredar durante décadasElena Fuertes
“Es un drama doble”, continúa Fuertes. “Por un lado se restringen oportunidades para los estudios de nuestra generación. Y por el otro, ahora mismo se está construyendo una ciudad mucho peor, que vamos a heredar durante décadas. Es triste, la verdad”. “Es cierto que coger el coche y salir de la M-30 es áspero”, añade Molins.
El grupo vuelve sobre la idea de aprovechar los recursos que ya existen en la ciudad como manera de proteger la identidad, una identidad que procede precisamente de la suma de capas. “Las poblaciones se cuentan a sí mismas a través de su historia; hacer tabula rasa supone borrar las huellas de lo bueno y lo malo que ha ocurrido en la ciudad”, insiste la joven.
Burr está sumido ahora mismo en los proyectos de dos pequeños edificios de obra nueva, que se encuentran en su fase final. “Son pequeños inversores tipo family office que, por suerte para nosotros, tienen un interés en la arquitectura con significado, buscan hacer algo que sea un poquito distinto”, añade Sobejano.
Parece que cualquiera que sea inversor residencial es literalmente el diablo, pero también hay personas interesadas en dejar un legado para la ciudadJorge Sobejano
Esto es de especial importancia para el equipo, que valora positivamente a los promotores que se atreven a evitar el “bloque cebra más estándar”, siempre buscando la rentabilidad. “Parece que, viviendo en el mundo en el que vivimos, cualquiera que diga ‘soy un inversor en el mundo residencial’ sea literalmente el diablo, pero también hay personas interesadas en proyectos interesantes, en dejar un legado para la ciudad”, continúa el arquitecto.
A los problemas de acceso a proyectos de mayor escala se suma otro mal endémico de la profesión: la precariedad. Los socios creen que la profesión todavía arrastra parte del descrédito de aquellos años, cuando los arquitectos quedaron asociados a museos cerrados, aeropuertos vacíos y otros proyectos faraónicos. “Muchas veces eran obras que caían no por culpa de una arquitecta, sino por una mala gestión de los recursos públicos”, defiende Sobejano.
Desde entonces, sostienen, los honorarios se han mantenido “muy por debajo” de los de otros países del entorno, sin unos mínimos regulados que eviten la competencia a la baja. “Hay mucha precarización en la arquitectura”, añade Fuertes. Esto les resulta paradójico, porque, recuerdan, el arquitecto español sigue asumiendo la responsabilidad total sobre todo lo que construye: “Firmamos todo el proyecto y nos responsabilizamos de la totalidad de lo que se hace”.
Un lustro después de empezar compaginando Burr con otros empleos, los cuatro han conseguido pasar de página y buscan el salto: “La capacidad de construir ciudad, de realmente repercutir sobre cómo funciona y su legado, tiene que ver con escalas mayores, y nos apetecería poder formar parte de ella”.