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Desconectar, un lujo o una necesidad: por qué cada vez nos cuesta más separar el trabajo de nuestra vida personal

El aumento del estrés y la disponibilidad constante evidencian que la desconexión digital sigue siendo una asignatura pendiente en el entorno laboral

Un trabajador de oficina deprimido y frustrado mientras trabaja con la computadora.Luis Alvarez (Getty Images)

En una sociedad tan hiperconectada como la nuestra, desconectar se ha vuelto una tarea ardua y, en ciertos casos, casi utópica. Discernir entre la vida privada y la laboral se vuelve cada vez más difuso. Correos que llegan fuera del horario, mensajes que interrumpen cenas o momentos de ocio y la sensación constante de que el trabajo nunca termina borran los límites entre ambos mundos. En medio de esta encrucijada emerge una pregunta que muchos trabajadores repiten como un mantra: ¿desconectar es un lujo o una necesidad esencial? Según el último Cigna Healthcare International Health Study, el 12% de los trabajadores españoles admite no poder desconectar al final de la jornada, dos puntos más que en 2024 (10%). Este dato refleja una cultura de disponibilidad continua, donde separar la vida profesional de la personal no solo resulta complicado, sino que a menudo desemboca en estrés, afectando al 28% de los empleados de manera recurrente.

La presión acumulada no es solo un fenómeno psicológico, sino un desgaste tangible que afecta tanto a la salud mental como física. El mismo estudio de Cigna señala que el 24% de los trabajadores percibe que la acumulación de tareas y responsabilidades genera una tensión continua, y esta presión puede intensificarse en las últimas semanas del año durante las festividades navideñas. Amira Bueno Herdoiza, directora de Recursos Humanos de Cigna Healthcare España, explica que “el estrés laboral puede intensificarse en Navidad porque coincide con un momento en el que muchos equipos acumulan meses de esfuerzo y una carga mental difícil de gestionar, lo que hace que desconectar resulte más complicado, incluso cuando existe la intención de descansar”. Así, la capacidad de desconectar empieza a perfilarse no solo como un desafío cotidiano, sino como un privilegio que la mayoría aún no pueden permitirse.

Pero, ¿qué significa realmente desconectar? En esencia, debería implicar alejarnos de aquellas responsabilidades y situaciones que nos agotan. Mireia Cabero, CEO de Cultura Emocional Pública, define la desconexión como “huir de lo exterior que nos comprime”, ya sean presiones, exigencias o la prisa constante de la rutina diaria. Parte de la dificultad para desconectar se explica por los entornos cambiantes, ansiosos y acelerados en los que vivimos: “El cerebro y el sistema nervioso reciben a diario miles de estímulos que deben categorizar, procesar y sentir”, señala Cabero, ilustrando cómo nuestra mente se ve sobrecargada por la hiperconectividad.

Reconocer esta necesidad es solo el primer paso. Lo siguiente es transformar la conciencia en hábitos concretos. Como apunta Bueno, “desconectar comienza con la autoconciencia, que a veces no tenemos porque vivimos más en modo piloto automático. Aumentar el grado de conciencia nos permite no ser tan reactivos y recuperar control sobre nuestro tiempo y atención”. Esto se traduce en acciones concretas: reducir notificaciones, crear espacios de ocio consciente, practicar deporte, lectura o mindfulness, y alternar momentos de presencia interior con presencia exterior. Cabero subraya además que es necesario resetear el sistema nervioso y darle a nuestras células experiencias de bajas revoluciones para restaurar la energía.

El papel de las empresas en la desconexión

Sin embargo, tomarse un respiro no depende únicamente del individuo; también intervienen las empresas. Aquí entra en juego la ley de desconexión digital instaurada en España como derecho fundamental del trabajador a no recibir ni responder comunicaciones (correos, llamadas, mensajes) relacionadas con el trabajo fuera de su horario laboral. Bueno advierte que “si la disponibilidad constante es la norma y no la excepción, terminaremos completamente quemados, lo que repercute en la salud, la motivación y la productividad”.

Cabero añade que, aunque muchas organizaciones reconocen que las personas son su principal estrategia, el liderazgo humanista aún no se aplica de forma realista en el día a día, y que “necesitamos educar en liderazgo humanista que permita cuidar de las personas y no solo exigir resultados”. Protocolos de desvinculación digital, políticas claras sobre horarios y apoyo institucional son tan importantes como los hábitos personales.

Dicho predominio de no desconexión en los ambientes laborales genera, en primer lugar, la normalización del agotamiento y la dificultad para descansar, lo que a menudo provoca culpa o cargo de conciencia al intentar desconectar. Como explica Cabero, en la cultura europea se valoran especialmente la “productividad y la utilidad”, por lo que cumplir objetivos se considera lo que realmente importa. En consecuencia, “desconectar, parar, no servir o no generar” se percibe como algo negativo y contrario a estas exigencias, lo que refuerza la sensación de culpa.

¿Desconectar en las vacaciones es la solución?

Dentro de la vorágine que rodea todo lo relacionado con la desconexión, hay un auge entre los trabajadores de pagar por vacaciones o experiencias donde la premisa es no hacer nada. Una especie de efecto placebo para, de cierta manera, engañarse con el idilio de no estar con el móvil o de conectar con nosotros mismos sin los estímulos constantes del día a día. El aumento de estas experiencias pone en relieve las serias dificultades que tienen los trabajadores para no entremezclar la vida personal con la laboral.

Dentro de las experiencias que se ofertan destacan las propuestas orientadas al detox digital, que incluyen actividades diseñadas para favorecer el reencuentro con uno mismo, con precios que oscilan entre los 300 y 600 euros por dos o tres días de desconexión. Entre las opciones más extremas, se incluyen las vacaciones en una isla desierta que rozan más la supervivencia que la búsqueda de la paz mental. Más allá de las escapadas de varios días, en grandes urbes como Madrid o Barcelona también se puede encontrar paquetes que combinan alojamiento, planes de alimentación, senderismo relajante y charlas con invitados especiales sobre hábitos saludables.

“Como en el día a día no sabemos parar, necesitamos espacios donde el descanso nos lo garanticen externamente. Están pagando para que les ayuden a parar”, aclara Cabero. Sin embargo, resetear la mente actúa como un mero parche, no como la solución del problema. Esto se debe a que “si no cambiamos nuestro mindset, estilo de vida, relación con nuestra agenda y tareas, llegaremos igual de apurados a las siguientes vacaciones”. “Dejar ir antiguos patrones e integrar nuevos para vivir de forma más saludable forma parte de crecer”.

Por tanto, la génesis de despejar la mente no radica en los días libres ni en apagar el móvil, sino en encontrar un equilibrio entre atender a lo de afuera y atendernos a nosotros mismos. Como apunta Cabero, “escucharnos, hacernos responsables de lo que escuchamos y tener el coraje de poner límites” es clave. Bueno completa la idea aseverando que no se trata de demonizar los dispositivos, sino de elegir conscientemente cuándo y cómo interactuar con ellos. Este aprendizaje diario implica entrenar la autoconciencia, responsabilizarnos de nuestro tiempo y energía, y crear hábitos que permitan recuperar calma y proteger nuestro bienestar, convirtiendo la pausa en una práctica cotidiana.

Al final, desconectar no debería verse como un lujo, sino como una necesidad básica. Unas vacaciones en las que no se hagan actividades sin parar también son vacaciones. “Es una necesidad que requiere personas conscientes, alineadas con su interioridad y necesidades, que se cuiden y se quieran a sí mismas”, concluye Cabero. Pagar por desconectar con todo orquestado es una opción, pero la verdadera desconexión puede ser gratuita y empieza por uno mismo.

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