La banca tiende a cobrar más a las mujeres al venderles fondos
Un estudio con 27.000 operaciones revela sesgos en el asesoramiento financiero que encarecen el ahorro femenino


En el negocio de la gestión de activos, unas décimas en las comisiones pagadas pueden marcar la diferencia. A largo plazo, esas pequeñas variaciones terminan marcando una brecha significativa en el patrimonio acumulado. Un análisis académico, basado en 27.000 reuniones reales entre asesores y clientes de un banco alemán, apunta a un factor inesperado detrás de esas diferencias: el género del inversor.
El estudio, publicado en la American Economic Review, concluye que las mujeres reciben con mayor frecuencia recomendaciones de productos más caros y se les ofrecen menos descuentos en comisiones que a los hombres, incluso cuando presentan perfiles financieros comparables. La evidencia se apoya en datos de carteras, decisiones reales y actas de reuniones, y ofrece una radiografía poco habitual del funcionamiento interno del asesoramiento financiero.
El resultado es claro: las clientas pagan más. La diferencia no es anecdótica. Para un mismo nivel de riesgo, los fondos que los asesores recomiendan a mujeres tienden a tener mayores costes. Además, las mujeres tienen un 8,4% menos de probabilidad de recibir rebajas en las comisiones de entrada, un ajuste que los asesores pueden aplicar según su propio criterio. El resultado agregado es un coste sistemáticamente superior que, a largo plazo, reduce de forma tangible la rentabilidad.
Según los cálculos del propio estudio, una diferencia en costes puede traducirse en cerca de 1.500 euros menos en una inversión de 10.000 euros tras diez años, y casi 4.000 euros en veinte. Y lo más relevante: esos mayores costes no vienen acompañados de mejores resultados.
Para Carlota Corral, directora de inversiones de Indexa Capital, el hallazgo subraya un problema estructural en el sector: “Pequeñas diferencias en costes pueden traducirse en decenas de miles de euros menos acumulados para la jubilación”. Por eso es tan importante que el inversor entienda cuánto paga y qué incentivos existen detrás de cada recomendación.
El estudio apunta a una explicación basada en lo que los economistas denominan discriminación estadística. En ausencia de información perfecta sobre el cliente, los asesores utilizan señales indirectas —como el género— para inferir su nivel de sofisticación financiera. Bajo ese esquema, las mujeres son percibidas como menos expertas, menos preocupadas por el precio o más inclinadas a delegar decisiones, lo que abre la puerta a recomendaciones en las que el banco se lleva más margen.
Esta dinámica no implica necesariamente mala fe individual del asesor, pero sí refleja cómo los incentivos del sistema pueden sesgar el resultado final. En un entorno en el que los asesores no cobran directamente del cliente, sino a través de los productos colocados, existe una tensión latente entre el interés del inversor y el de la entidad.
El propio análisis introduce un matiz relevante: parte de la diferencia podría estar vinculada a las preferencias declaradas por las clientas. Las encuestas asociadas al estudio muestran que las mujeres valoran más la delegación y la simplicidad, lo que hace especialmente atractivos los fondos mixtos “todo en uno” que comercializan los bancos.
El problema es que esos productos suelen ser también los más caros de su categoría. Sin embargo, los autores no encuentran evidencia de que las mujeres los demanden activamente ni de que acepten más estas recomendaciones que los hombres. Tampoco de que estén más dispuestas a pagar por ellos. La conclusión es incómoda: no se trataría de una elección informada, sino de una combinación de sesgos y asimetrías de información.
El caso de España
El fenómeno no es ajeno al mercado español. Aunque no existen datos tan granulares, la industria de fondos en España comparte algunas características estructurales con el modelo analizado: un mercado controlado por los grandes bancos, elevada comercialización de fondos propios y un peso todavía relevante de las comisiones sobre la rentabilidad final.
Según datos de la CNMV, más del 70% de la distribución de fondos sigue canalizándose a través de entidades tradicionales, donde el asesoramiento está integrado en la relación comercial. En paralelo, el auge de la gestión indexada y de los gestores automatizados ha empezado a alterar este equilibrio, poniendo el foco precisamente en el coste.
Firmas como Myinvestor, Finizens, Inbestme o Indexa Capital han construido su propuesta sobre comisiones significativamente más bajas que la media del sector, en algunos casos hasta un 80% inferiores, según sus propios datos.
En este contexto, también cambia el perfil del inversor. “Cada vez vemos más mujeres interesadas en gestionar activamente su patrimonio y tomar decisiones financieras informadas”, apunta Corral. En Indexa, el 37% de los clientes de carteras de fondos son mujeres, un porcentaje creciente en los últimos años.
El cambio generacional puede ser clave para corregir la brecha, pero no suficiente. El estudio muestra que cuando las mujeres tienen mayor educación financiera, son más propensas a rechazar recomendaciones, una señal indirecta de que identifican propuestas menos favorables.
La investigación revela un problema de información y de disparidad de poder de negociación. Por un lado, la industria bancaria debe afrontar el reto de una mayor transparencia y alineación de incentivos. Y, por otro lado, las inversoras necesitan herramientas para entender qué hay detrás de cada recomendación. Porque en inversión, como demuestra el estudio, no solo importa qué se compra. También cuánto se paga por ello. Y, en demasiados casos, quién eres.