Invertir bien no es solo elegir bien
Tener un horizonte de largo plazo permite que aflore el valor de la empresa

Cuando un empresario sale al mercado en busca de capital para financiar su proyecto, no lleva en la cabeza un calendario con fecha de vencimiento. Su horizonte es, por definición, indefinido: seguir creciendo, expandirse, consolidar. El inversor financiero, en cambio, ya está pensando en la puerta de salida antes incluso de haber entrado. Cinco años, quizás algo más, y a otra cosa. Esta asimetría de plazos es estructural, y entenderla es la clave para comprender por qué el mercado secundario —grande, líquido y eficiente— no es un lujo del sistema financiero, sino su columna vertebral. Sin él, los emprendedores no crearían empresas y los inversores no aportarían capital en los mercados primarios. Tanto unos como otros serán, en algún momento, vendedores de sus acciones. La liquidez futura es lo que hace posible la inversión presente.
Esta realidad nos lleva a una conclusión que debería ser obvia pero que con frecuencia se ignora: ni los inversores financieros ni los propios fundadores acompañan a una compañía durante toda su vida. Las empresas duraderas suelen superar la longevidad activa de sus creadores. Lo que hacemos, en realidad, es participar en un tramo de ese largo camino. Y si hemos decidido entrar en ese tramo porque creemos en el modelo de negocio, en el equipo, en la propuesta de valor, entonces tenemos la obligación implícita de permanecer el tiempo suficiente para que el proyecto madure y dé sus frutos. Ese tiempo no se mide en horas, ni en días, ni en meses. Se mide en años, lustros o décadas.
Aquí aparece una distinción conceptual que demasiados inversores eluden o confunden deliberadamente: la diferencia entre invertir y hacer trading. El trading puede ser una actividad perfectamente legítima y sofisticada, incluso cuando está basado en análisis fundamental sólido. Si un inversor detecta que una compañía cotiza a 8 y estima que su valor debería situarse en 16, compra y espera a que el mercado corrija esa supuesta anomalía. Cuando el precio alcanza los 16, vende. El razonamiento es válido, la operación es coherente, pero lo que ha ocurrido no es que la empresa haya creado valor nuevo: simplemente el mercado ha reconocido el valor que el inversor estimó que ya existía. El inversor ha comprado algo barato y lo ha vendido a un precio que considera adecuado. No ha necesitado confiar en el proyecto empresarial a largo plazo, ni falta que le hacía.
El enfoque de los inversores que confiamos en el desarrollo empresarial es radicalmente distinto. Aquí no se trata de capturar una ineficiencia de precio, sino de acompañar a una organización mientras contrata empleados, desarrolla productos, conquista clientes y construye ventajas competitivas. La empresa en la que se invirtió hace tres o cinco años no es la misma que existe hoy: ha cambiado su tamaño, su cultura, su posición en el mercado. Es, en sentido literal, otra compañía. Y esa transformación es exactamente lo que justificaba la inversión inicial. Si se cree en ese proceso de creación de valor, esperar resultados en unos pocos meses no es solo impaciente: es incoherente.
La razón económica de fondo es simple. Las empresas son, en su esencia, mecanismos que necesitan capital durante una primera etapa para, pasado un tiempo, empezar a generarlo. El intervalo entre el momento en que consumen recursos y el momento en que los producen es precisamente el espacio que los inversores están llamados a cubrir. Por eso se les retribuye con participación en los beneficios futuros: están financiando una promesa, asumiendo una incertidumbre, confiando en un equipo y en un proyecto. Si no están dispuestos a esperar a que esa promesa se materialice, el acuerdo carece de sentido desde el principio.
¿Cuánto tiempo es suficiente? Para una cartera diversificada de varias decenas de compañías, el mínimo razonable es de tres años, siendo cinco un plazo más recomendable. En ese período, una parte relevante de los modelos de negocio habrá avanzado lo suficiente como para que el mercado reconozca el progreso y lo incorpore a los precios. Eso no significa que tres o cinco años sean el horizonte del emprendedor —que con frecuencia piensa en décadas— pero sí es el umbral mínimo para que haya avance material y observable. Cuanto más se acerque el horizonte del inversor al del fundador, mayor será la probabilidad de haber dado tiempo al proyecto para florecer plenamente.
Y sin embargo, muchos inversores que declaran actuar con este segundo enfoque —el de confiar en el proyecto, el de invertir para crear valor— acaban vendiendo antes de que transcurra ese tiempo mínimo. ¿Por qué? La respuesta incómoda es que el error no suele estar en el análisis. El error está en la ejecución. En la incapacidad de mantener la convicción cuando el precio baja, cuando el mercado se impacienta, cuando los resultados trimestrales no cumplen con las expectativas.
Conviene ser preciso sobre quién pierde cuando esto ocurre, porque la respuesta no es simétrica. El empresario no pierde. Su proyecto sigue adelante con independencia de quién figure en el registro de accionistas: al inversor que sale le sustituye otro que entra, y la compañía continúa su camino. El mercado secundario, precisamente, existe para eso. Quien pierde, y pierde de forma irrecuperable, es el inversor que vendió antes de tiempo. Se fue cuando el proyecto aún no había madurado, renunció a la revalorización que él mismo había analizado y previsto, y cedió su posición a otro inversor que sí tuvo la paciencia que él no fue capaz de mantener. Años después, cuando la compañía haya desplegado todo su potencial y el mercado lo haya reconocido en el precio, ese primer inversor se dará cuenta de que no se equivocó en el análisis: eligió bien la inversión. Simplemente se perjudicó a sí mismo saliendo antes de tiempo. Hizo la inversión correcta y luego, actuando incoherentemente, la arruinó. No hay forma más cara de tener razón.
Juan Gómez Bada es director de inversiones de Avantage Capital