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Amado Franco, presidente de la Fundación Ibercaja: “Tenemos que utilizar las mismas armas que los neobancos”

El histórico dirigente de la entidad aragonesa defiende la independencia del banco y reivindica el papel de la Fundación

El presidente de la Fundación Ibercaja, Amado Franco, el lunes en el nuevo Museo Goya de Zaragoza.chus CHUS MARCHADOR

El Museo Goya de Zaragoza llevaba cerrado casi dos años. Este jueves, después de una intensa renovación, vuelve a abrir sus puertas. Ahora se entra por la calle Santiago, a pocos metros de la Basílica del Pilar. Las obras han ampliado el antiguo palacio renacentista con la ambición de convertir la galería en centro de referencia nacional sobre el pintor aragonés. Hay una nueva fachada de piedra, obras restauradas y experiencias tecnológicas que acompañan el recorrido. Aun así, el edificio conserva tras la innovadora apariencia los elementos fundamentales de su identidad: continúan las series de grabados, la colección principal y la sólida apuesta económica de la Fundación Ibercaja, propietaria del museo. Un par de días antes de la apertura, por sus salas camina Amado Franco, presidente de la Fundación y uno de los hombres que mejor conoce la historia de Ibercaja. Lleva 56 años vinculado a la entidad.

—¿Qué queda en la Fundación de aquella antigua caja de ahorros en la que usted empezó a trabajar?

—Quedan muchas cosas. Ha cambiado la figura jurídica, pero la cultura y la razón de ser son las mismas: servir.

En 1876 se creó la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza. Más de un siglo después, la reforma de las cajas que siguió a la crisis financiera separó las dos funciones de la entidad. El negocio pasó a Ibercaja Banco y, hoy, la Fundación mantiene la obra social mientras conserva el 88% del banco.

“La caja nació con 25.000 pesetas y ahora el banco tiene más de 3.000 millones de capital, pero el espíritu sigue siendo el mismo”, defiende Franco. La entidad celebra su 150 aniversario este año. “No ha habido ni una sola ampliación de capital, nadie ha puesto un duro. Todo son beneficios llevados a reservas año tras año”.

Franco ha vivido más de un tercio de esa historia. Entró a trabajar en Ibercaja en 1970, en la época del dominio de la ventanilla. Desde entonces ha asistido a la transformación del negocio. “Ahora estamos en una época de incertidumbre”, reconoce.

“Hace 20 años abríamos una oficina todos los días; ahora casi todos los días se cierra una”, cuenta. Muchas de las certezas sobre las que se asentaba el negocio bancario se han ido desmoronando durante las últimas décadas. También en Ibercaja: “Antes se contrataba gente, pero uno de los problemas del sistema financiero actual es que hay que prescindir de ella. Además, la formación que nos han dado no sirve para lo que viene”.

A esto se añaden los retos de la digitalización y de una generación de clientes para la que el banco entero cabe en una pantalla de móvil. Aplicaciones como Trade Republic permiten abrir una cuenta o comprar acciones y fondos cotizados en cuestión de minutos. Ibercaja, admite Franco, tiene que aprender a competir también ahí. “Tenemos que utilizar las mismas armas que los neobancos; tenemos que utilizar nuevos canales de distribución y llegar de la misma manera, y eso es lo que estamos intentando”.

El presidente de la Fundación habla de llegar a los más jóvenes a través de la publicidad y las redes sociales, pero se mantiene firme en algunas de las señas de identidad de la banca de toda la vida. Reivindica las obras sociales del patronato como una manera de conectar con la gente e insiste en que la banca tradicional juega con dos ases en la manga: la cercanía y la confianza.

“Yo creo que todos, en el fondo, preferimos que el asesor tenga cara y ojos, tratar cara a cara y acudir a alguien en quien tienes confianza”, dice. “En el asesoramiento siempre tiene que estar la persona, aunque esa persona use la inteligencia artificial”.

“El dinero es muy miedoso, sobre todo en épocas de crisis; por eso la solvencia, el respaldo y la seguridad de una entidad financiera son siempre importantísimos”, afirma.

La búsqueda de entidades cada vez más grandes ha transformado también el mapa bancario español. Franco ha visto desaparecer muchas de ellas, pero cree que el proceso de concentración empieza a agotarse. Ve “poco espacio para fusiones” dentro de España y piensa que el siguiente movimiento tendrá que cruzar las fronteras.

“¿Qué falta? Fusiones intraeuropeas. Pero para ello tienen que evolucionar todavía muchas cosas: el Fondo de Garantía de Depósitos, una legislación más común, la fiscalidad. No es fácil, pero realmente donde hay espacio para esos megabancos es entre entidades de distintos países”, asegura.

Para Ibercaja, sin embargo, Franco imagina otro camino. El banco llegó a preparar su salida a Bolsa en 2022, una operación que habría reducido el peso de la Fundación en su capital. Finalmente, la entidad decidió aplazarla aludiendo a la volatilidad de los mercados. La ley permitía conservar el control del banco a cambio de constituir un fondo de reserva como colchón financiero. Ibercaja eligió ese camino y en 2024 terminó de dotarlo con 326 millones de euros, casi dos años antes del plazo fijado.

—¿Cree que Ibercaja podrá mantener su independencia dentro de diez o veinte años en un sector tan competitivo?

—Y también 40 o 50.

“El tamaño es importante, no lo niego. Nos va a exigir un mayor esfuerzo, sí, pero tenemos el tamaño necesario para poder competir. Lo que tengo claro es que Ibercaja quiere seguir siendo independiente”.

En esa defensa de la independencia hay también un arraigo a las raíces. La conservación del patrimonio de la región es una de las patas más visibles de la acción de la Fundación, y el nuevo Museo Goya uno de sus principales escaparates. “Si tú quieres ver Goyas, vete al Prado. Pero si quieres conocer a Goya, vente a Zaragoza”, dice Franco.

La reapertura del edificio, planificada al detalle, coincide además con una exposición temporal que reúne 50 obras procedentes de colecciones de todo el mundo. “No se van a volver a juntar, han cruzado océanos. Este museo va a ser uno de los iconos de la ciudad, también económico, porque va a traer prestigio y nombre a Zaragoza”.

La cultura es solo una parte del trabajo de la Fundación. Otras prioridades son el fomento del emprendimiento y de la vocación empresarial. Su presidente pone también el acento en la educación y, particularmente, en recuperar el reconocimiento de los profesores —“una de las profesiones más difíciles en la actualidad”—.

Reconoce aun así que quedan problemas sociales relevantes a los que la Fundación todavía tiene que atender, entre ellos la vivienda. “No somos especialistas y hace falta gente experta en esta materia. Colaboramos con cientos de organizaciones no gubernamentales. Hace falta capacidad financiera, pero también especialización”, argumenta.

Otro de los grandes retos está escrito en la propia demografía aragonesa. Aragón es una de las comunidades más envejecidas de España y, para Franco, será inevitable que entidades como la Fundación dediquen cada vez más atención a los mayores. “La atención a las personas mayores tendrá que ir ganando peso por necesidad; también por egoísmo”, bromea, “indudablemente”.

La Fundación Ibercaja contempla reforzar su presencia en Madrid y extender programas al arco mediterráneo y Andalucía, además de mantener La Rioja. Aun así, Franco niega que la expansión compita con el sentimiento aragonés: “Acabamos de financiar la restauración de una de las cúpulas de la Basílica del Pilar, edificio que lleva el nombre de Zaragoza por todo el mundo. Es una labor local, pero para el disfrute de todos los visitantes. Lo que estamos haciendo es patria, estamos haciendo Aragón y eso revierte al final en una buena imagen de esta casa”.

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