GPT-3: democratizando la inteligencia artificial

Estos sistemas basados en el aprendizaje profundo (deep learning) ya están jurídicamente regulados en España

GPT-3: democratizando la inteligencia artificial

GPT-3 (Generative Pre-trained Transformer, versión 3) es un sistema de inteligencia artificial (IA) desarrollado por OpenAI, empresa fundada en 2015 por actores tan relevantes como Elon Musk, entre otros. Está basado en el aprendizaje profundo (el deep learning) y en redes neuronales. Permite crear de forma autónoma textos, traducciones, artículos, historias, poesías o resúmenes. Responde a preguntas, detecta el tono de un texto e incluso puede programar. Ha sido entrenado con más de 175.000 millones de parámetros y ha analizado unos 45 TB de información procedente de Internet.

Una de sus aplicaciones, el ChatGPT, un chatbot o robot conversacional, es capaz de ofrecer respuestas ante prácticamente cualquier pregunta que le formulemos y con cierta precisión. Por eso, últimamente ha generado mucha expectación, llevando a algunos autores a afirmar exageradamente que se trata de la antesala de la IA general. Recordemos que la inteligencia artificial general es un tipo de inteligencia artificial que podrá resolver muchas tareas y situaciones. Todavía no ha sido lograda y como mínimo faltan varias décadas para ello.

Un rasgo muy importante de GPT-3 es que cuenta con una API para que cualquier programa de escritorio, App móvil o página web pueda usar sus capacidades, en un modelo de pago por volumen de uso. También cuenta con una versión superior donde es posible entrenar al sistema con documentos particulares de nuestra organización (contratos o dictámenes, por ejemplo). De esta forma, cualquier desarrollador puede utilizar sus prestaciones, lo que va a suponer una palanca formidable para ampliar los entornos donde la IA está presente.

GPT-3, como las versiones equivalentes de Google, Facebook/Meta o Microsoft por ejemplo, están basados en deep learning y técnicamente funcionan agrupando palabras y frases. Pero estos sistemas no entienden el significado de lo que muestran. Lo que hacen es tomar fragmentos de texto de los contenidos escaneados, juntarlos y devolverlos al usuario. Pero no comprenden la relación entre estos fragmentos. El ejemplo de reputar muerto al filósofo Noam Chomsky es muy revelador: el bulo de su muerte prendió como la pólvora en redes sociales, e incluso algunos trolls crearon una publicación en Facebook que obtuvo casi un millón de “me gusta”. Sin embargo, estos sistemas no comprendieron que una persona que imparte conferencias, seminarios y publica artículos no puede estar muerto.

Estos sistemas cuentan con cierta capacidad que podemos calificar de creativa, porque generan respuestas que no aparecen en los textos originales con los que se han entrenado. Pero, y puesto que emulan muy bien el lenguaje humano, pueden ofrecer información verosímil que, en realidad, es incompleta o, directamente, errónea. Al final, su fiabilidad depende de la calidad y cantidad de los datos con los que han sido entrenados. Por eso, por el momento estos sistemas no los podemos concebir como herramientas disponibles para el público en general. Queda pendiente discernir las aplicaciones donde podemos admitir su carácter falible: no es lo mismo utilizarlo para obtener una primera traducción de un texto que conducir un coche autónomo.

No olvidemos que las técnicas de deep learning no han sido capaces de procesar el conocimiento abstracto, por lo que no saben distinguir las relaciones entre normas, o entre grupos normativos, por ejemplo. En este sentido, los creadores de GPT-3 no han divulgado qué experiencia o conocimientos tienen o utilizan realmente para responder las consultas. Por eso, sus respuestas no son seguras. Y GPT-3 plantea muchísimos interrogantes en materia de propiedad intelectual e industrial, comenzando por el hecho de que los conocimientos existentes se utilizan sin sus limitaciones reales ni el reconocimiento de su autoría u origen.

Debemos subrayar que estos sistemas y sus aplicaciones ya están jurídicamente regulados. En España, por el artículo 23 de la Ley 15/2022, de 12 de julio, integral para la igualdad de trato y la no discriminación. Y en la Unión Europea se está tramitando un Reglamento regulador de determinados usos de la IA. Esta futura norma del Derecho de la Unión garantizará que los sistemas de inteligencia artificial introducidos en el mercado de la UE sean seguros y respeten la legislación vigente. Para lograrlo, el reglamento sigue un enfoque basado en los riesgos y establece unos requisitos proporcionales a los mismos.

A mi juicio, GPT-3 supone un avance muy importante dentro del campo de la IA. Es impresionante su dominio del lenguaje natural, como también la precisión que está consiguiendo en bastantes respuestas. Ya genera, sin intervención humana, poesías, cuentos o incluso código informático. Además, este avance no es aislado, pues competidores de OpenAI como Google, Microsoft o Meta tienen sistemas equivalentes. Ciertamente todavía quedan problemas que resolver, pero en una década transformará de forma radical la ejecución de tareas repetitivas y de escaso valor añadido.

Moisés Barrio Andrés. Letrado del Consejo de Estado. Profesor de Derecho digital.

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