La banca debe dar un paso al frente para prevenir una crisis de hipotecas

Aunque los niveles de morosidad del sector financiero se mantienen por ahora en mínimos históricos, las perspectivas económicas y de política monetaria para los próximos meses hacen razonable prever dificultades en el cumplimiento de las obligaciones crediticias por parte de los clientes. La conjunción de una crisis fuertemente inflacionista y un horizonte de alzas de tipos de interés –precisamente para combatir el aumento de los precios– puede llevar a muchas familias, especialmente a las más vulnerables, a no poder hacer frente al pago de sus cuotas hipotecarias. El Gobierno está ejerciendo presión para que el sector adopte una actitud proactiva ante este escenario, pero la diferencia de criterios sobre cómo y en qué términos articular una respuesta ha abierto una brecha entre unas entidades conscientes de que, antes o después, tendrán que elegir entre ofrecer un plan de medidas voluntarias o acatar una regulación obligatoria.

La baraja del debate se rompió ayer por la decisión de CaixaBank de proponer la congelación de las hipotecas durante un periodo de 12 meses para aquellos clientes que tengan problemas de pago. Entre las opciones que examinan las asociaciones de bancos y cajas figura también la posibilidad de una moratoria, como la adoptada durante la pandemia, la negociación caso a caso entre entidades y clientes e incluso la aplicación de las normas previstas en el Código de Buen Gobierno.

Desde el sector se reconoce el fuerte interés de la ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, en que el sector ofrezca una pronta solución a los clientes, fundamentalmente a los que contrataron hipotecas a tipo variable durante la era del dinero gratis. Al contrario de lo que sucedió en la crisis financiera de 2008, la banca cuenta hoy con suficientes niveles de solvencia para articular una respuesta efectiva, puesto que mantiene unos balances estables, equilibrados y fortalecidos por las provisiones milmillonarias adoptadas en 2020. Esa fortaleza se suma a los efectos de una política monetaria que ha ensanchado considerablemente los márgenes del negocio, tras años de bajos tipos de interés y escasa rentabilidad.

El sector financiero haría bien en recoger el órdago lanzado por CaixaBank y consensuar un plan de medidas efectivas dirigidas a suavizar el peso de la crisis sobre los clientes más vulnerables, en lugar de esperar a que el Gobierno imponga una solución propia por la vía de los hechos. Hacerlo así no solo permitirá a las entidades ofrecer las fórmulas que se ajusten mejor a sus necesidades, sino también evitar una posible cascada de impagos y fortalecer su imagen corporativa en un entorno marcado por el riesgo y la incertidumbre.