Reino Unido, un ejemplo de lo que no hay que hacer

El Gobierno y el Banco de Inglaterra parecen tener prioridades diferentes, por lo que todo apunta a un deterioro paulatino de la libra y la deuda del país

Desde que los ciudadanos de Reino Unido votaron a favor del Brexit, hemos asistido a una renovación continua de cargos políticos en un intento por encontrar soluciones a los problemas económicos que padece el país. El último episodio lo han protagonizado la nueva primera ministra, Liz Truss, y el gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey. Nada más tomar posesión de su cargo, Truss anunció un gran paquete de estímulo fiscal a fin de reactivar la economía británica. Esta medida, en un principio razonable, choca de frente con la realidad económica del país, que, si bien necesita apoyos para evitar la recesión, tiene un problema aún más prioritario, como es luchar por controlar un nivel de inflación del entorno del 10%.

Reino Unido vive la problemática de la estanflación, es decir, la combinación de ausencia de crecimiento económico y subida rápida de los precios, algo que comienza a afectar a muchos otros países desarrollados del mundo y que pone de manifiesto los riesgos que ha generado el incremento de la liquidez descontrolada de los últimos años. Estamos ante uno de los entornos económicos más complicados de gestionar que existen, ya que las medidas para reactivar la economía generan más presiones inflacionistas, mientras que las acciones para doblegar la inflación provocan mayor desaceleración económica. Por tanto, los responsables deben escoger el escenario menos malo y asumir que no hay una solución buena.

En Reino Unido, sin embargo, se pretende solucionar todo a la vez, y eso es imposible. Lo que no parecen entender es que además de ser imposible es contraproducente. En este momento el Gobierno de Truss pretende reducir impuestos en todo tipo de ámbitos a fin de reactivar el crecimiento. Hablamos de un programa que se estima que costará unos 160.000 millones de libras a lo largo de los próximos cinco años, lo que supone el programa expansivo más grande desde 1972.

La bajada de impuestos generará más renta disponible y, por tanto, mayor capacidad de consumo, algo indispensable para que se reactive el crecimiento económico. Pero, por otro lado, un mayor consumo implicará mayores presiones inflacionistas. Por tanto, las medidas fiscales expansivas del Gobierno chocan frontalmente con lo que está haciendo el Banco Central de Inglaterra, que lleva encareciendo el coste del dinero desde finales de 2021 a través de la subida continua de los tipos de interés en un intento por reducir el consumo y con ello la inflación. Cuando la política fiscal y la política monetaria van en sentido opuesto, el mensaje que le llega al ciudadano y al inversor es de falta de coordinación, lo que genera que la prima de riesgo se dispare, ya que la incertidumbre sobre el futuro es cada vez mayor.

Cuando un país genera una incertidumbre tan alta nadie quiere estar invertido en activos de dicho país y busca otras alternativas mejores. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo con la libra esterlina, cuyo valor se ha hundido contra el resto de las divisas del mundo. La devaluación de la libra genera a su vez problemas adicionales en Reino Unido, porque su balanza comercial es deficitaria, es decir, importan más de lo que exportan, por lo que los bienes y servicios que se compran fuera del país son cada vez más caros, o dicho de otra forma, la libra débil aumenta las presiones inflacionistas.

Pero los inversores no solo venden la moneda, también se deshacen de sus inversiones en bonos del Gobierno, y al vender dichos bonos el precio baja mientras que su rentabilidad sube, es decir, el coste al que se financia el país cada vez es más alto. Teniendo en cuenta que Reino Unido ya tiene una deuda sobre el PIB que se aproxima al 100%, y que con el plan de estímulo de Truss se superará esa cota fácilmente, encarecer el coste de financiación de forma desordenada puede ser un golpe mortal para las cuentas públicas. Por ese motivo, el máximo responsable de la política monetaria, Andrew Bailey, ha tenido que lanzar un programa temporal de compra de deuda de largo plazo por importe ilimitado a fin de poner orden en los mercados de deuda.

Cuando un banco central tiene que intervenir en los mercados es porque la situación ya se ha salido de madre. Pero es que, además, esa intervención va completamente en contra de lo que Bailey venía anunciando desde hace meses, su determinación a reducir el balance de deuda adquirido a lo largo de los últimos años.

Reino Unido está sumido en un caos económico, y parece que Gobierno y Banco Central tienen prioridades diferentes, por lo que todo apunta a que el resultado será un deterioro paulatino de la divisa y la deuda del país. Por desgracia estamos ante un modo de actuar que recuerda a los errores cometidos por algunas economías emergentes, donde se cree que la solución a todos sus problemas existentes es endeudarse cada vez más en una divisa que cada vez menos gente quiere, y eso nunca ha acabado bien.

Pablo Gil es Jefe de Estrategia de XTB