De aquellas lluvias monetarias, estos lodos inflacionarios

La inundación de euros por parte de los bancos centrales durante la pandemia es la causa principal de las subidas de precios

El dato del IPC adelantado del mes de julio se sitúa en el 10,8% lo que representa un incremento de 60 puntos básicos respecto al mes anterior, a pesar del mejor comportamiento de los combustibles. Si observamos la inflación subyacente, que no tiene en cuenta ni la energía ni los alimentos frescos, normalmente sujetos a mayor volatilidad, vemos que ha aumentado hasta el 6,1%, lo que es una clara señal de que se está formando un suelo muy sólido en el proceso de incremento de los precios. Unos precios que no volverán a bajar, salvo que ocurra una profunda recesión sin estanflación.

Pero la inflación es un cáncer que avanza silenciosamente y que termina invadiendo todos los órganos de nuestra estructura económica, provocando, o al menos acelerando, un fallo multiorgánico que termina poniendo de relieve la vulnerabilidad de todo el organismo, que se dirige hacia un fatídico final tras el punto de no retorno.

La inflación que vivimos tiene su origen en diferentes causas; la más previsible y esperada, la lluvia de billones de euros que el BCE ha puesto en circulación con la excusa de evitar el estancamiento de las economías y hacer frente a importantes desembolsos de los Estados en forma de gasto sanitario y social, a la vez que activaba la cláusula de escape del Plan de Estabilidad y Crecimiento de la eurozona. Una cantidad de dinero creado de la nada y vertida sobre la economía en un periodo de tiempo corto como nunca se había visto en la historia, inundando el mercado de euros mediante un crecimiento explosivo del gasto público.

Por poner un símil, la inflación desatada que nos rodea es como un volcán en erupción, donde el fuego, el humo y los sismos son los componentes más volátiles, y que se pueden apreciar de forma directa, pero lo que va asentándose sobre los terrenos y destruyendo todo lo que tiene a su alrededor es la colada, que deja un paisaje aterrador y acaba con cualquier señal de vida por donde pasa. Y esa lava que va solidificándose es la inflación subyacente. Una vez que cesa la actividad volcánica, lo que queda es lo que subyace sobre el terreno, y donde se puede valorar cuánta extensión de la economía ha quedado devastada y el tiempo que será necesario para recuperar lo perdido.

Si alguien sufre una parada cardiorrespiratoria, parece sensato que se le aplique un desfibrilador para reanimarlo, pero una vez que ya recupera el sentido y comienza a moverse, se dejan de aplicar descargas al paciente y se retira el equipo. Sin embargo, a día de hoy, nadie ha retirado los estímulos monetarios expansivos y se ha permitido que los países sigan endeudándose a tipos de interés muy bajos.

Y de aquellas lluvias, estos lodos, aunque todos somos conscientes de que las sanciones a Rusia son como los viajes, de ida y vuelta, por lo que terminan siendo un tiro en el pecho a quienes las imponen: realmente a sus ciudadanos, porque quienes toman estas decisiones viven ajenos a la realidad del pueblo y no sienten el efecto de la inflación en sus abultadas nóminas ni las restricciones energéticas en su entorno.

Independientemente de lo anterior, pueden aparecer nuevos factores que agudicen la situación de la inflación, pero ya está el caldo de cultivo necesario, y esto es lo que hay que abordar para buscar medidas eficaces contra la subida de precios. Por ahora, aunque tarde, el BCE ha subido los tipos un 0,5%, lo que es insuficiente para poner freno, pero debería dejar de financiar a aquellos países que incumplen sistemáticamente con los criterios de déficit y deuda. El ser humano necesita, a veces, que llegue alguien de fuera y le ponga límites, y esa es la primera asignatura que hay que aprobar para finalizar, con éxito, la carrera contra la inflación, antes de que se transforme en un proceso metastásico sin solución para Europa.

Juan Carlos Higueras es analista económico y profesor de EAE Business School