El tipo de cambio como síntoma de salud de las economías

La progresiva debilidad del euro culminó ayer con la caída de la moneda única por debajo del dólar, tras haber alcanzado la paridad el día anterior, una situación que apenas duró unos segundos, pero que evidencia el diferente grado de salud, así como de política económica y monetaria, de la economía europea y la estadounidense. El dato de inflación en EEUU, que batió en junio un nuevo récord en los últimos 40 años, al situar su tasa interanual en el 9,1%, aumenta las opciones de que la Reserva Federal le dé otra vuelta de tuerca a su política monetaria y acelere el ritmo de subida de los tipos de interés. El mercado, de hecho, concedía ayer una probabilidad del 90% a que el organismo suba próximamente el precio del dinero en 75 puntos básicos, y no en 50, como se ha venido barajando durante las últimas semanas. Después de que el pasado marzo el banco central de EE UU pusiera fin a la era del dinero barato y llevara a cabo la primera subida de tipos desde 2018, la hoja de ruta de la Fed incluye no solo el encarecimiento progresivo del precio del dinero, sino también la retirada de los estímulos monetarios a la economía.

Frente a la fortaleza del dólar, la depreciación del euro se ha ido acelerando en los últimos meses entre persistentes rumores de recesión en la UE, alimentados por la guerra de Ucrania y por la cruda realidad de la fuerte dependencia energética europea, una circunstancia que el conflicto ha dejado crudamente al descubierto y que ha contribuido a acelerar el rally de la inflación. La caída desde principios de año de la moneda única y su debilidad frente al dólar encarecerá sustancialmente las importaciones de gas en las economías europeas y agravará la pesada factura de la dependencia energética. Aunque la fortaleza de la divisa estadounidense beneficiará, por contra, a las exportaciones de la UE, ese efecto no será lo suficientemente intenso como para compensar la precariedad del otro brazo de la balanza.

El endurecimiento de la política monetaria estadounidense podría tener también su efecto en la hoja de ruta del BCE, en el sentido de contribuir a acelerar el más moderado calendario de subidas de tipos previsto por Fráncfort. Si la inflación sigue creciendo en Europa, un escenario nada descabellado, pero todavía menos con un euro frágil y depreciado, el BCE deberá tomar, una vez más, la batuta de la política económica europea. Y cuando eso suceda, las economías más endeudadas y con un equilibrio fiscal más precario, como es el caso de España, tendrán que hacer los deberes no acometidos hasta ahora y asumir de forma abrupta la realidad de unos mercados mucho menos complacientes para obtener financiación.