María del Yerro: “Queremos hacer un vino blanco en Galicia”

Creó hace 20 años, junto a su marido, un negocio vinícola en la Ribera del Duero

Ha recibido alguna oferta de compra, pero asegura que el valor personal no tiene precio

La bodeguera María del Yerro.
La bodeguera María del Yerro.

Trabajaba como traductora e intérprete, ocupación que podía compaginar con lo que ella considera su gran labor, el cuidado de sus cinco hijos. Porque si algo hay presente en la vida de la bodeguera María del Yerro (Madrid, 1958) es la familia, a la que van incorporando miembros, en camino llega el 13º nieto. Su historia va ligada a la de su marido, Javier Alonso, que trabajaba en los laboratorios farmacéuticos familiares Alter, que a su vez eran propietarios de la bodega Solar de Samaniego en La Rioja. Después de varias idas y venidas en el negocio familiar, decidieron crear su propia bodega, Alonso del Yerro, en Roa (Burgos), en la Ribera del Duero, que cumple 20 años, y que dirigen junto a su hijo Miguel Alonso. Un sueño cumplido, que comenzó en 2002 cuando compraron 26 hectáreas de un viñedo de 15 años de antigüedad en la finca Santa Marta, con uvas de la variedad tempranillo. Tampoco escatimaron recursos a la hora de buscar asesoramiento y ficharon al enólogo bordelés Stéphane Derenoncourt, al que se sumó otro enólogo francés, Lionel Gourgue. De allí proceden sus vinos Alonso del Yerro y María. Además, cuentan con un viñedo de 8,8 hectáreas en Toro (Zamora), donde elaboran Paydos. Producen 70.000 botellas, de las cuales exportan el 50% a países como Estados Unidos, Canadá, México y Suiza.

¿Por qué decidieron ser bodegueros?

Era el sueño de mi marido, que trabajaba en los laboratorios familiares y que también se ocupaba de la bodega que su familia tenía en La Rioja. El negocio del vino fue un empeño de mi suegro. En 1982, a Javier lo mandaron a llevar la bodega de La Guardia, y durante un tiempo nos quedamos a vivir en Logroño. Allí conocimos a todos los productores y nos aficionamos al vino. Dos años más tarde, mi marido se hizo cargo de la parte de alimentación infantil de los laboratorios, de Nutribén, hasta que en 1992 volvimos a las bodegas, y dos años más tarde regresamos a Madrid. Pero hasta 2002 no nos atrevimos a dar el salto. Fue en ese momento cuando nos lanzamos a crear un proyecto bodeguero propio apartado de la familia y que nos sirviera para dejar un legado a nuestros hijos. Hicimos un buen plan de negocio y comenzamos a trabajar. Conocíamos la Ribera del Duero y nos fue fácil encontrar viñedo.

¿Tener un plan de negocio fue básico?

Esencial. Hicimos un plan ambicioso y sensato, en el que no teníamos rentabilidad hasta pasados 10 años, aunque luego ese periodo fue más largo, dado que no cuentas con las crisis, y pasamos las de 2008 y 2012. Todo eso retrasa la consecución de objetivos. Habríamos llegado antes a ese punto, pero Javier tuvo un ictus en 2012 y tuvo que dejar de trabajar, así que nos quedamos en la bodega mi hijo Miguel y yo. En esos momentos había que seguir adelante.

¿Tomaron decisiones importantes?

Por ejemplo, ese año no elaboramos el vino que hacemos en Toro. No podíamos ocuparnos de la elaboración en Ribera del Duero y en Toro. Y nos dimos cuenta de que no pasaba nada por no elaborar ese año, nadie se enteró de que no había habido añada de 2012.

¿Cuánto invirtieron en montar la bodega?

Invertimos inicialmente dos millones de euros, pero en los siguientes años tuvimos que invertir más, otro millón más. Siempre lo hemos hecho con patrimonio personal, no nos endeudamos. Invertimos también en Toro. Una bodega requiere de muchas inversiones y de estar siempre mejorando y ampliando, y eso es difícil de rentabilizar, pero a nosotros nos da para vivir con tranquilidad. Sabemos que no va a ser el bombazo, como si fuera un fondo de inversión.

¿Han recibido ofertas por la bodega?

Alguna ha llegado, pero no las hemos escuchado. No estamos interesados en vender. No estamos en el mercado; eso no quiere decir que si llega alguna oferta que podamos valorar lo hagamos, pero no es nuestra intención vender. Hay mucho valor personal dentro de esta bodega y no podemos ponerle precio. Nos ha venido alguien que trabajaba en un fondo, venía a tantear la posibilidad de comprar, pero al escuchar la historia, la pasión y todo lo que hay alrededor, supo que no había ninguna opción de compra. Eso no significa que el día de mañana haya que vender y sacrificar ese valor personal.

¿Sufrieron mucho en la pandemia?

Fue un espanto. Tuvimos las ventas a cero, ya que nuestro canal es horeca y estuvo cerrado. Aunque teníamos montada la venta online, tuvimos un 70% de pérdidas. Tuvimos que aplicar un ERTE sobre las cinco personas que tenemos en plantilla. Nos encogimos al máximo para no tener que pedir un préstamo, aunque solicitamos un crédito ICO por seguridad, pero no lo tocamos y ahora lo estamos devolviendo. El año siguiente nos fue muy bien la exportación y tuvimos un año bueno, y ahora estamos asustados por lo que se anuncia que va a llegar en septiembre por la subida de materiales y por la inflación.

¿Les gustaría entrar en otras denominaciones de origen?

Nos encantaría. Ya hacemos Paydos en Toro. Son sueños, pero nos gustaría poder tener tres años tranquilos, entrar en otra denominación y hacer un vino blanco. Eso nos lleva a Galicia, ya que los blancos que nos gustan son gallegos; además, es importante que envejezcan bien. Está complicado porque lo más duro es comprar viñedo, aunque nosotros siempre buscamos una producción de dimensión humana, que podamos controlar.

¿Cómo les ve el mercado?

Nos ha costado hacer marca, a pesar de la calidad del vino. Ahora sí que lo tenemos, marca y reconocimiento. Nos valoran. Creemos que el vino tiene que valer lo que la botella diga. Estamos orgullosos de que la gente nos tenga entre sus vinos de referencia.

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