La industria turística debe defender sus márgenes más allá del corto plazo

La industria turística afronta la temporada alta con unas extraordinarias perspectivas que no ha logrado empañar ni siquiera la fuerte escalada de precios que está viviendo el sector. Las grandes cadenas hoteleras, como Meliá, Barceló, Riu o NH, tienen ya el carné de reservas lleno, pese a haber aumentado sus tarifas por encima de los dos dígitos. Aunque desde el sector se reconoce que el encarecimiento de la energía, las bebidas, los alimentos o los salarios está erosionando los márgenes del negocio y que solo una parte de esa presión en los costes se trasladará al consumidor final, los números apuntan a un incremento generalizado de las tarifas como respuesta a una explosión de la demanda, ávida de ocio tras dos años de restricciones. Pese a todo, si se comparan con otros destinos internacionales, los precios de los alojamientos turísticos españoles siguen manteniéndose por debajo de los de Francia, Italia y Grecia, por ejemplo, que están experimentando incrementos exponenciales en sus tarifas, de hasta el 100% en el caso de los hoteles de cinco estrellas griegos.

Pese a la buena respuesta de la demanda turística, el rally de tarifas que está registrando el sector hotelero constituye una bomba de relojería en un entorno de creciente inflación y de fuerte competencia internacional, especialmente por parte de destinos de sol y playa fuera de Europa. La escalada general de los precios en España ha cerrado el mes de junio con una tasa anual por encima del 10%, lo que constituye el registro más alto de los últimos 37 años, y el alza en la inflación subyacente demuestra cómo la presión comienza a filtrarse a toda la economía. Aunque los hoteleros están acusando un aumento de costes debido a la crisis energética y al encarecimiento de los suministros, la subida generalizada de las tarifas se debe también en parte a la influencia de una dinámica inflacionaria que está elevando los precios por encima del IPC en distintos sectores económicos, en un intento por recuperar lo perdido en los años de la pandemia y sin tener en cuenta la factura que ello puede pasar a la economía del país.

El sector turístico español debe defender adecuadamente sus márgenes y su rentabilidad, pero no con una visión cortoplacista y miope, sino pensando en los retos que plantea a medio y largo plazo la sostenibilidad de la industria, inmersa en un mercado cada vez más exigente y en el que la calidad, pero también unos precios competitivos, determinarán la reconfiguración de los flujos turísticos tras los oscuros años de la pandemia.