El futuro y la velocidad de vértigo de la tecnología

Una educación exigente debe equilibrar la digitalización con el espíritu crítico de las humanidades

José Antonio Vega, director de Cinco Días.
José Antonio Vega, director de Cinco Días.

A veces tenemos todos la sensación de que la vida, la sociedad y la economía van a mayor velocidad que la imaginación mejor entrenada. Por eso es muy complicado vaticinar cómo será la economía del futuro sin un riesgo elevado de equivocarse. En un trecho muy corto de tiempo, y en un espacio mucho más amplio que en cualquier pasado, se producen mutaciones que hace unas décadas tardaban décadas y hace siglos consumían siglos.

La tecnología, la investigación y la globalización económica son las responsables de que las ideas aplicadas provoquen revoluciones continuas en los procesos industriales, en la relación entre personas y en el desarrollo de las sociedades. Y conocer, no ya controlar, todas las revoluciones que están en marcha en el planeta es tan inabarcable que es un ejercicio estéril imaginar, porque la realidad será mucho más compleja que la más refinada de las ficciones. Pero hay que intentarlo.

En el 44 aniversario de este periódico, que ha relatado los detalles de la transformación de la economía española durante el último medio siglo, hemos pedido a las empresas, a las universidades y a las instituciones sociales que cierren los ojos y hagan un esfuerzo por concretar cómo será la economía del futuro. Y de manera mayoritaria alertan precisamente del riesgo de ser superados por la realidad si tratas de madurar una respuesta.

Pero hay unas pocas coincidencias en todos los análisis: la desenfrenada capacidad de la tecnología para transformar el mundo, la necesidad insoslayable de transitar hacia una energía renovable y una manera de producir y consumir más sostenible, y la obligación de equilibrar el reparto de la riqueza generada tanto a nivel local como global en un ejercicio de desarrollo más inclusivo.

Pese a disponer de las proyecciones embargadas por un conflicto bélico que devuelve a Europa y al mundo a los años más fríos de la guerra fría, los proyectos de las grandes corporaciones tratan de superar la coyuntura y poner todos sus recursos al servicio de una producción sostenible, descarbonizada y cada vez más inclusiva.

Las energéticas han iniciado el camino doble de abandonar el uso de los fósiles y sustituirlo por la generación verde, y hacerlo a la velocidad que exige la necesidad de no interrumpir el suministro ni un segundo y en la intensidad que reclama una movilidad que nada tiene que ver con la de hace solo unos años.

La construcción ha evolucionado hacia el uso de unos materiales más amables con el medio ambiente y ha interiorizado el reto de construir un hábitat revolucionario que ya se aprecia en las ciudades modernas, y que en parte tienen que absorber los nuevos modelos de trabajo y de relaciones humanas, que han mutado en el uso flexible y ecléctico de las nuevas formas de relaciones laborales de las empresas con sus plantillas. Ciudades inteligentes, casas inteligentes, movilidad inteligente para fórmulas más sostenibles de producir y consumir.

La banca, saneada como nunca debió dejar de estarlo, y adaptada a una relación nueva con la clientela a medida que las generaciones más jóvenes se incorporan a la actividad, dispone de la capacidad para ejercer de sistema circulatorio de los recursos de una economía y financiar toda la transformación que ya está en marcha, pero tendrá que competir con la penetración de formatos ágiles de hacer finanzas personales y corporativas, para lo que reclaman razonadamente igualdad de trato normativo.

Pero para disponer de un sistema social con plena capacidad de competencia, que pueda ensamblar los recursos disponibles y el avance revolucionario de la tecnología, que pasa en meses de proporcionar inteligencia artificial y robótica a hacer uso común del metaverso o de la computación cuántica, se echa en falta un sistema educativo y formativo más exigente, más integrado, más respetuoso con el mérito y más volcado en la digitalización, pero anclado a la vez en el conocimiento crítico que proporcionan las humanidades.

Una sociedad y economía construida sobre la penetración cada vez más intensa de la intimidad de los particulares precisa de la solvencia intelectual de todos sus miembros para poder interpretar con espíritu crítico cada gesto. La humanidad está formada por hombres y mujeres y los robots deben estar a su servicio, nunca al revés.

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