Ayuso y Gallardo: la política de acoso

Se aprueba la Ley de Garantía de la Libertad Sexual mientras crece la frivolización de los derechos de la mujer

La masacre de 19 niños y dos profesoras en una escuela de Uvalde (Texas) ha provocado estupor global por su brutalidad y por la reiteración de los asesinatos en masa en Estados Unidos. Mientras tanto, en España se multiplican los casos de violaciones de mujeres por grupos de bestias, justo coincidiendo con la tramitación de la Ley de Garantía de la Libertad Sexual, conocida como la Ley del Sí es Sí, texto normativo que surgió a raíz del caso conocido como La Manada de Pamplona, que se produjo hace seis años.

 

Las estadísticas oficiales de violaciones en España, que no distinguen por el número de individuos que participaron en el delito, señalan que en 2021 se registraron 2.143 denuncias por delito de agresión sexual con penetración, según refleja el Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior. El conjunto de delitos contra la libertad e indemnidad sexual, entre los que se encuentran las violaciones, alcanzó 17.016 casos.

Estos datos suponen que cada día se denuncian seis violaciones con penetración, que no son todas. Las violaciones denunciadas en 2021 superan en un 34,3% a las de 2020, año excepcional por la pandemia, y en un 14,4% superior a 2019. En Interior achacan el aumento de casos a que “las activas políticas de concienciación social han provocado una mayor disposición de las víctimas a denunciar estos delitos y a poner sus casos en manos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad”. Es conocido que hay mujeres que no acuden a la policía por miedo a que queden estigmatizadas.

Cuando se produce una masacre en un colegio en Estados Unidos, surgen las mismas preguntas: ¿Qué tienen en la cabeza el joven que dispara? ¿Por qué no se limita el acceso a las armas? ¿Cómo puede tener tanto poder la Asociación Nacional del Rifle como para que, en vez de limitar las armas, se pongan a policías con armas en los colegios?

A nadie se le ocurre preguntarse qué habrán hecho los 19 niños y las 2 profesoras para que un desgraciado les acribille, solo faltaba. Sin embargo, esto sí sucede con las violaciones. Hay personas, algunos de ellos jueces, que cuando escuchan estos delitos sexuales lo primero que se preguntan es ¿Qué hacía a esas horas sola? ¿Cómo puede emborracharse con 12 años? ¿Cómo iba vestida? ¿Se resistió lo suficiente? ¿Le dijo que no?

El caso de La Manada de Pamplona y su periplo judicial ayudaron mucho a la concienciación social que señala el Ministerio de Interior y que se promoviera la nueva norma que termina con la disquisición de si es abuso o agresión, para dejar claro que si no hay consentimiento explícito es una violación. Sin embargo, parece evidente que en los dos últimos años se está producido un retroceso en esa concienciación, con la contribución decisiva de Vox, que no para de frivolizar con los derechos de la mujer (violencia machista, aborto), y el consiguiente arrastre que provoca en determinados liderazgos del PP, que están extremando su discurso para atraer a colectivos de votantes que les abandonaron con la eclosión de partido de Santiago Abascal.

El pasado domingo, Isabel Díaz Ayuso clausuraba el congreso del PP de Madrid y en su intervención volvió a utilizar ese lenguaje faltón, nada ejemplarizante y alejado de la institucionalidad que se espera de una presidenta de la Comunidad de Madrid. Ayuso ha decidido identificar las propuestas políticas con personas concretas para inmediatamente atacarlas sin piedad con una mezcla de populismo y superioridad que hacen un daño cuyo alcance parece que se le escapa.

Los objetivos preferidos de Ayuso son el presidente Pedro Sánchez y, tras caer Pablo Iglesias, la ministra de Igualdad, Irene Montero. La presidenta del PP de Madrid y de la Comunidad Autónoma empezó su discurso diciendo que el “mayor mérito” de Montero “es ser mujer de”. Después continuó con uno de los párrafos más desgraciados de su carrera política. “Su forma de ver la vida [la de Montero o la izquierda], propia de malcriadas que aspiran a llegar solas y borrachas, desprovistas de responsabilidades ni siquiera ante sus peores decisiones, nos abochorna a la mayoría de las mujeres que trabajamos todos los días por sacar adelante a nuestro país”. Pone los pelos de punta.

Es seguro, completamente seguro, que Ayuso no quería decir que las mujeres que se emborrachan y van solas son responsables de que las violen. Igual que tampoco cree que Ana Botella fue alcaldesa de Madrid gracias a que era la mujer de José María Aznar. Esto sucede porque Ayuso ha caído en un discurso macarra (persona agresiva, achulada, dice la RAE), capaz de recriminar ir “solas y borrachas” y de proponer que el PP “sea un partido callejero, pandillero”. Alguien en el PP (¿Feijóo?) debería recordarle con no vale todo.

Juan García-Gallardo, al que Ayuso retrató como vicepresidente sin cartera de la Junta de Castilla-León, es otro enorme exponente de la creciente frivolidad política. En una misma semana, Gallardo ha sido capaz de definir derechos como la eutanasia y el aborto como “cultura de la muerte” y dirigirse a una diputada socialista con discapacidad física avisándola de que “le voy a responder como si fuera una persona como todas las demás”.

Este tipo de mensajes son los que hacen que Vox quede enmarcado sin género de duda entre la ultraderecha. Todos los partidos, especialmente al PP, deberían estar en guardia. Por eso, no hace falta ser mujer para recordar el poema Guardé silencio, de Martin Niemöller, y frecuentemente atribuido a Bertolt Brecht: Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, / guardé silencio, / porque yo no era comunista. / Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, / guardé silencio,/ porque yo no era socialdemócrata. / Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, / no protesté, /porque yo no era sindicalista. / Cuando vinieron a llevarse a los judíos,/ no protesté, / porque yo no era judío. / Cuando vinieron a buscarme, / no había nadie más que pudiera protestar.

Aurelio Medel es doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad Complutense