Con jersey contra Putin: cada kilovatio cuenta

El Gobierno alemán opina que Europa está en un momento crítico que obliga a sacrificarse para solidarizarse y garantizar el orden democrático

Limitar la velocidad de los coches en las autopistas alemanas y abrigarse más. Renunciar a viajes de larga distancia, al avión y a los cruceros, y a las escapadas en SUVs deportivos urbanos el fin de semana. Son algunas de las propuestas de expertos y políticos a los ciudadanos para ahorrar energía y apoyar a Ucrania. “Mit Pulli gegen Putin”, Con jersey contra Putin, es el lema en la crisis geopolítica actual. Alemania es un país rico y fuerte; pero si el Moscú cerrara el grifo del gas, Alemania sufriría la mayor crisis tras la segunda Guerra Mundial y se hundiría su bienestar, según el jefe del consorcio BASF, Martin Brudermüller. ¿Cuál es el precio que el país está dispuesto a pagar? El Gobierno alemán opina que Europa está en un momento histórico crítico que obliga a sacrificarse para solidarizarse y garantizar el orden democrático. El vicecanciller y ministro de Economía, el verde Robert Habeck, ruega a los ciudadanos que ahorren energía. Cada kilovatio cuenta. “Son medidas concretas, a disposición de todos, para independizarnos de la energía rusa”, dice el político verde Winfried Hermann, ministro de Transporte del Estado de Baden-Württemberg, el rico Estado del sur que inventó el automóvil en 1886. El presidente de este mismo Estado federado, Winfried Kretschmann (también del partido de Los Verdes), apuesta por limitar la velocidad. Berlín calcula que reduciendo la velocidad a 100 km por hora en las autopistas (el 30% de sus tramos no tiene límite) y a 80 km en las carreteras se ahorraría 2.100 millones de litros de combustible fósil; lo que representaría casi el 4% del consumido en el sector del transporte. Renunciar es la nueva consigna consensuada políticamente. Moverse menos, abrigarse más. “En un primer momento te convence”, dice Johan Lilliestam, catedrático de Política Energética en la Universidad de Potsdam. Pero, advierte, “dudo de que podamos persuadir a todo el mundo de la conveniencia de reducir en dos grados la temperatura de la calefacción durante los próximos tres años”.

Menos calefacción, más paz. Contribuir todos a reducir el consumo de carburantes rusos. Alemania rechaza por ahora categóricamente el embargo total porque teme las fatales consecuencias para su economía. No obstante, pagará un precio elevado por su dependencia energética. Berlín no sabe si le llegará gas ruso el próximo invierno y se está preparando para la escasez energética. Putin no ha cerrado la llave del gas porque necesita el dinero. Pero la incertidumbre pesa. El 40% del gas consumido procede de Rusia. Tampoco está claro qué consecuencias tendrá la guerra para el cambio energético que pretendía el nuevo Gobierno del socialdemócrata Olaf Scholz. Aunque se pueda conseguir sustituir en parte el gas ruso mediante instalaciones solares, bombas de calor y material aislante, no será suficiente.

El ex jefe de ala Inteligencia británica MI6 responsable de Rusia, Christopher Steele, opina en una entrevista al Süddeutsche Zeitung que habría que barajar la posibilidad de dejar de importar energía de Rusia. “Estamos en una situación como en 1945 o en 2001. De cómo acabe esto dependerá cómo viviremos los próximos 30 años.”

Pero el Gobierno alemán sabe que el precio por renunciar voluntariamente al gas ruso sería elevadísimo. Monika Schnitzer, miembro del consejo económico de sabios que asesora al Gobierno alemán, avisa de que las consecuencias, como inflación y cierre masivo de empresas, serían muy graves. Y, además, se prolongarían durante mucho tiempo porque adaptarse a nuevos proveedores y construir las nuevas infraestructuras llevaría años. No obstante, el consejo propone acabar con la dependencia rusa e incrementar la garantía energética para la economía. Y en cuanto a limitar la velocidad, Schnitzer está a favor porque “ahorra energía y protege el clima por reducir el consumo”.

Robert Habeck, el segundo canciller en el Gobierno de Scholz, explica estos días la amarga realidad que espera a Alemania y a Europa. El primer ministro verde de Economía de la historia del país ha declarado en televisión que Alemania se va a empobrecer. Y lo ha contado a una población que espera bienestar del Ministerio de Economía. La crisis no resultará gratuita. Tampoco para él. El pacifista justifica ahora que la entrega de armas a Ucrania sea correcta, aunque reconoce que tiene la certeza de que sea “bueno”.

“Más ministro que verde”, así calificaba Süddeutsche Zeitung la política práctica del ecologista Habeck, quien entró en el Gobierno por la protección climática y ahora pide gas a los emires árabes. Es la economía de guerra en Europa y la febril búsqueda de alternativas al gas ruso. Habeck busca nuevos proveedores de gas y petróleo. Después de Qatar, los Emiratos Árabes Unidos fueron la segunda parada de su viaje por países árabes. Al ministro le interesa el hidrógeno verde, 100% sostenible, que se produce por electrólisis a partir de energías renovables y que sustituirá al carbón como fuente de energía en la industria alemana. Hidrógeno en forma líquida y llevado desde los Emiratos a Alemania. Una solución que técnicamente todavía no está resuelta. Habeck acordó también con el emir de Qatar, Tamin bin Hamad Al Thani, una asociación energética a largo plazo. Qatar tiene las mayores reservas de gas natural del mundo, después de Rusia e Irán. También cuenta con la infraestructura para licuarlo para su transporte. Suministra alrededor del 30% de su gas licuado a la UE, pero no a Alemania, porque esta carece de las terminales de GNL necesarias. Hasta ahora, Berlín había apostado por el gas barato procedente de Rusia. Ahora va a construir dos terminales en Wilhelmshaven y en Brunsbüttel. Y sus críticas al emirato autocrático por su política de derechos humanos y sus malas condiciones laborales han pasado a segundo plano.

Para Habeck el gas es una tecnología puente hasta conseguir la neutralidad climática en 2045. Hasta hace cinco semanas los verdes rechazaban la construcción de terminales GNL en Alemania. Habeck había prometido protección climática, la modernización de la economía y un nuevo estilo político. Ahora negocia con los emires, construye estaciones GNL para el gas americano, y si fuera necesario mantendrá las centrales eléctricas de carbón.

La guerra cambia al Gobierno alemán. Su dependencia energética imposibilita el embargo. Además, tampoco está claro que menos gas en el sistema energético europeo lleve a una mayor protección climática. La razón, dice Lilliestam, es que todavía no están listos los sistemas que deberían intervenir en caso de que fueran insuficientes las fuentes solares y eólicas de las que ahora se dispone. “Necesitamos el gas durante esta etapa de transición de unos diez años.” Probablemente Alemania apostará por el carbón si faltara gas. La Agencia Federal de Energía decidirá quién y en qué orden deberá prescindir del gas si hubiera escasez. Prioridad tienen los hogares y hospitales. El presidente de la patronal química VCI, Christian Kullmann, ha advertido que sin gas se paralizará el sector en pocos días. Y muchas plantas del consorcio Evonik, del que Kullmann es su presidente, cerrarían a las tres horas.

¿Menos calefacción, más paz? ¿En qué medida pueden los consumidores contribuir a reducir el consumo de carburantes rusos? Lilliestam advierte que al final la población se adaptará y se acostumbrará a los precios elevados de la energía. Y abrigarse y reducir

Lidia Conde es Analista de economía alemana