La guerra obliga a repensar la inversión sostenible

La industria de defensa se considera clave para la seguridad colectiva y no se podrá excluir sin más de las carteras

La guerra obliga a repensar la inversión sostenible

Cuando las bombas caen parece banal hablar de inversión sostenible. La invasión de Ucrania por parte del ejército ruso ha sacudido el orden internacional y ha provocado una crisis humanitaria en Europa como no se 70 años. Pero esta guerra también está llevando a la industria de gestión de activos a replantearse algunos de los principios que regían su reciente apuesta por unos criterios de inversión que tuvieran en cuenta no solo cuestiones financieras, sino también medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés).

En los últimos cinco años, el interés por este tipo de inversiones sostenibles se ha disparado. En 2021, los fondos que aplican criterios ESG atrajeron dos tercios de todo el dinero nuevo que entró en fondos de Bolsa Europea. Además, las estadísticas han demostrado que este tipo de inversiones no supone renunciar a rentabilidad.

Con la guerra de Ucrania, algunos de los avances en esta materia están empezando a replantearse. Por ejemplo, ¿tiene sentido que los fondos de inversión responsable excluyan a las empresas de armamento cuando casi todos los países occidentales están enviando armas al ejército ucraniano? ¿Es razonable penalizar a compañías petroleras europeas en un momento en que Vladimir Putin está poniendo en jaque al Viejo Continente por su dependencia del gas y el petróleo ruso?

Pierre Abadie, director de sostenibilidad de Tikehau Capital –una gestora francesa que administra activos por valor de 26.000 millones de euros–, explica que la pandemia mundial y la invasión rusa de Ucrania han mostrado “el límite de la globalización y la necesidad de una economía más resiliente”. A su juicio, estos dos acontecimientos van a hacer que la inversión ESG y de impacto cobren mayor protagonismo para reconstruir la economía mundial. Pero no será la inversión sostenible tal y como la conocíamos, sino una inversión ESG “mucho más integrada”.

Hasta ahora, la parte medioambiental ha sido la que tenía más protagonismo. Pero la guerra y la pandemia van a hacer que se prioricen los aspectos sociales y de buen gobierno corporativo. Bank of America, entidad financiera con uno de los equipos de análisis más potentes, lo tiene claro. “Las cuestiones sociales como las crisis de refugiados, la cohesión social, el colapso de los sistemas públicos de protección, los fallos de ciberseguridad o los derechos humanos van a entrar con fuerza en la agenda de los inversores sostenibles”, apunta en un informe divulgado hace dos semanas.

Además, las sanciones hacia empresas rusas también obligan a los gestores de fondos ESG a reconfigurar su oferta. “No es solamente una cuestión moral, sino que hoy por hoy es casi imposible invertir en acciones y bonos rusos, por lo que tendrá que salir de los índices y de muchos fondos”, según confirma Dimitris Melas, director de investigación de MSCI, una de los principales proveedores de índices bursátiles.

Mientras, la Unión Europea ya está considerando combinar los aspectos ambientales de la ESG con los sociales, que en muchos ámbitos son inseparables. “Si queremos que haya una transición ecológica hacia una economía descarbonizada, debemos conseguir que esta sea justa, para lo que es imprescindible tener en cuenta factores sociales”, explican desde Bank of America.

Esta mayor integración de criterios y esta mayor predominancia de los aspectos sociales se traducirán en más interés por parte de los inversores en compañías dedicadas a la gestión de agua y de residuos, al transporte público, a la producción de alimentos o a la construcción de viviendas. La inversión sostenible ya no va a ser solo una cuestión de parques eólicos y solares.

“Para mantener la estabilidad social de nuestra economía, con la fuerte dependencia europea de los combustibles fósiles de Rusia, la ‘S’ de ESG debe garantizar la seguridad energética, alimentaria, digital, la ciberseguridad y un ejército funcional”, razona Pierre Abadie, de Tikehau Capital.

Industria armamentística

La guerra de Ucrania también ha puesto de manifiesto que la inversión ESG no puede cerrar los ojos a las amenazas a la seguridad nacional. El año pasado, la Unión Europea llegó a debatir la posibilidad de considerar a toda la industria de la defensa como socialmente perjudicial. Eoin Murray, director de inversiones de la gestora británica Federetad Hermes, explica que finalmente “se ha optado por reservar la etiqueta de perjudicial a aquellas actividades que contravengan los convenios internacionales sobre producción, uso y despliegue de armas”.

Es decir, que los fondos que quieran llevar la etiqueta de sostenibles no tienen por qué excluir sin más al sector de defensa, hasta ahora supuestamente desterrada de la inversión sostenible. Sin embargo, un tercio de los vehículos ESG que se comercializan en Europa ya tienen en cartera alguna empresa de armamento, compañías que no solo fabrican armas sino productos menos mortíferos como radares o equipos de ciberseguridad.

Desde Bank of America consideran que compañías como la sueca Saab, la alemana Hensoldt o la francesa Thales acabarán revalorizándose gracias al aumento de la facturación que tendrán tras el compromiso de varios países europeos de duplicar su presupuesto anual en defensa.


Soberanía energética

En cuanto a los criterios medioambientales, la guerra también va a cambiar algunas concepciones. Por ejemplo, ¿tiene sentido cerrar centrales nucleares cuando Rusia amenaza con cortar el suministro de gas? ¿El rechazo a los combutibles fósiles no debe matizarse mientras se avanza en una menor dependencia energética de Moscú?

Chris Iggo director de inversiones de Axa Investment Mangers considera que no hay que revisar a la baja los objetivos de descarbonización de la economía, pero sí recalibrarlos. “Si Europa quiere lograr una mayor seguridad energética va a necesitar una inversión acelerada en alternativas a la dependencia del gas y el petróleo rusos. Eso significa más inversión en energías renovables, pero también puede significar más inversión en energía nuclear e instalaciones para importar fuentes de energía como el gas licuado de otras partes del mundo,”.

Larry Fink, el presidente de BlackRock (la mayor gestora de fondos del mundo), comparte esta visión dual. Es posible que a corto plazo Occidente necesite aumentar sus reservas de petróleo o fijar moratorias más extensas respecto al consumo de carbón “lo que frenará inevitablemente el avance hacia un mundo de emisiones cero a corto plazo”, pero a medio y largo plazo “la crisis energética provocada por la guerra de Ucrania acelerará la transición energética”.

Los responsables políticos europeos ya comenzaron a promover con fuerza la inversión en energías renovables cuando se diseñaron los fondos de recuperación tras la crisis del coronavirus. Ahora esos objetivos son más prioritarios porque se añade el componente de la seguridad energética. “Alemania va a acelerar el uso de las energías renovables y alcanzar el 100% de energía limpia en 2035, 15 años antes de su objetivo anterior. Más que nunca, los países que no tienen sus propias fuentes de energía tendrán que financiarlas y desarrollarlas, lo que para muchos significará invertir en energía eólica y solar”, apunta Fink en una carta dirigida a los accionistas de las grandes compañías cotizadas.

La aceleración en la adopción de energías limpias va a hacer que compañías como Orsted, EDPR, RWE, Engie, Enel o Iberdrola, que han apostado mucho por las renovables, se vayan a ver beneficiadas, según los estrategas de Bank of America. En paralelo, compañías especializadas en el transporte de gas natural, como Enagás, o los fabricantes de reactores nucleares de pequeño tamaño (como la británica Rolls Royce), también se pueden ver impulsadas por esta necesidad de contemporizar la transición energética.

“La clave en los próximos años va a ser el cambio de foco de la transición energética sin más, a la independencia energética”, sintetizan los analistas de Bank of America. A partir de ahora, la inversión sostenible va a dejar atrás las visiones más verdes y puramente ambientalistas, para tener un enfoque más genérico y global que tenga en cuenta la seguridad nacional y los problemas sociales.

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