EEUU: ¿Quién habló de estanflación?

La Fed ha despejado finalmente los temores, pero en realidad no ha existido un verdadero riesgo en la economía del país

Cuando los mandatarios de los principales bancos centrales del mundo se reunieron este pasado verano en Jackson Hole para debatir acerca de la política monetaria global, nada hacía presagiar que tendrían que cambiar la hoja de ruta establecida casi a marchas forzadas. Si bien es cierto que, ya por aquel entonces, la Reserva Federal anunció una retirada paulatina de estímulos (pocos días después haría lo propio el Banco Central Europeo) ante una incipiente y amenazadora inflación interanual del 5,3%, esta se mantuvo firme en su decisión de no alterar los tipos de interés hasta 2023. Finalmente, tras semanas de rumores sobre un adelanto en el aumento del precio del dinero, los presagios se convirtieron en realidad.

La inflación interanual de noviembre en EE UU escaló hasta el 6,8%, el nivel más alto desde 1982. Como consecuencia, la Fed ha anunciado tres subidas de los tipos de interés para 2022 y otras tres para el año 2023 en aras de contener la actual espiral de precios y devolverlos al objetivo del 2% a largo plazo. Esta política de incrementos continuados obedece a una estrategia diseñada para evitar variaciones bruscas en los mercados y para acomodar los estímulos de manera gradual a las circunstancias de cada momento. También es por este motivo por el que la Reserva Federal prolongará la compra de deuda hasta el próximo mes de marzo (si bien inicialmente estaba previsto que lo hiciera hasta junio).

De hecho, los mercados han comenzado a descontar el primer aumento de tipos precisamente para marzo de 2023, ya que la propia Fed ha afirmado que este no se producirá hasta dar por finiquitada su política expansiva en las operaciones de mercado abierto. Así, Estados Unidos asimila su política monetaria a la ya llevada a cabo por Reino Unido, cuyo banco central ha ejecutado una escueta pero significativa subida de tipos del 0,15%. Sin embargo, no es previsible que aquellos bloques en los que el ciclo económico se halla más retrasado se apunten a esta tendencia hasta bien entrado 2023. Este es el caso de la Unión Europea o de Japón, aunque, en un principio, el aumento de tipos en estas economías estaba previsto para 2024.

Ante este nuevo escenario, la Fed se ha encargado de borrar prácticamente todo destello de duda acerca de la temida estanflación (coincidencia en el tiempo de estancamiento económico y alta inflación), cuyo fantasma ha estado planeando, según algunas voces, sobre la economía norteamericana (y también sobre las de algunos de los países más desarrollados del mundo) en los últimos meses. En realidad, nunca ha existido verdadero riesgo de que la primera potencia económica del mundo fuera susceptible de padecer dicho problema. De hecho, dadas las previsiones de crecimiento robusto para el año que viene del 4,4% y con unas cifras de paro cercanas al pleno empleo (4,2%), la aplicación de una política monetaria restrictiva casi pulveriza cualquier mínimo riesgo de un plumazo.

Aun así, hay que admitir que, si bien la actual tasa de inflación puede seguir considerándose transitoria, es previsible que vaya a permanecer más tiempo del previsto en un principio. Diversos factores, como el precio de las materias primas o el de la energía, están contribuyendo a ello sobremanera, pero, probablemente, las dificultades logísticas a nivel mundial sean el que destaca por encima del resto. Así, comprender con exactitud qué tipo de inflación estamos experimentando resultará clave a la hora de evaluar el riesgo real de un incremento simultáneo de los precios y el desempleo.

Según Paul Krugman, el actual período inflacionista se asemeja bastante al que tuvo lugar en 1946-1948, cuando las restricciones llevadas a cabo durante la II Segunda Guerra Mundial provocaron una demanda embalsada que salió a la luz coincidiendo en el tiempo con un sistema productivo que aún no había sido adaptado a los tiempos de paz y que, por lo tanto, generaba escasez. Aquel período, que llegó a acusar un pico de inflación de hasta del 20%, duró dos años, pero se lo puede considerar transitorio en perspectiva histórica. En la actualidad, los cuellos de botella logísticos se están produciendo no tanto por un aumento de la demanda derivado de las altas tasas de ahorro acumuladas durante el confinamiento (aunque también), sino más bien por un cambio en el patrón de consumo: la pandemia ha provocado que se demanden menos servicios y más bienes físicos, desencadenando serios contratiempos en la provisión de mercancías que, a su vez, se traducen en un aumento de precios.

De todas formas, esto no significa que la probabilidad de estanflación, aunque mínima, sea exactamente cero y, de hecho, hemos de considerar la incertidumbre causada por la nueva variante de coronavirus. El propio Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, ha admitido que no es posible un nuevo paquete de estímulos como el que se ha venido efectuando hasta ahora. En este sentido, en el caso de que fuesen necesarios nuevos confinamientos o ceses de actividad en determinados sectores críticos que nos condujeran a una nueva recesión, las posibilidades de estanflación podrían intensificarse de manera relevante. Sin embargo, incluso en ese caso, la propia recesión conllevaría un descenso de la demanda que reduciría la tensión inflacionista y, además, con la nueva política monetaria anunciada por la Fed todo indicaría que el problema más grave en esa situación sería el desempleo y no un excesivo crecimiento de los precios.

Por supuesto, la ciencia económica, en su calidad de ciencia social, no es exacta y debemos estar abiertos siempre a nuevos escenarios que nos hagan replantearnos el análisis. Sin ir más lejos, es lo que le ha ocurrido a la misma Fed al tener que modificar la hoja de ruta prevista para los próximos años. No obstante, a día de hoy, el riesgo de estanflación es mínimo y la prioridad de las autoridades económicas debería seguir dirigida, tanto en Estados Unidos como en otros países desarrollados, a la consolidación de la recuperación y al fortalecimiento del tejido productivo.

José Manuel Muñoz Puigcerver es Profesor de Economía Internacional en la Universidad Nebrija