Entre la necesidad de la restricción monetaria y el riesgo de parar la actividad

El BCE debe empezar a advertir a los agentes económicos de que puede estar próxima a agotarse la anestesia inyectada en los últimos años

El consejo de gobierno del Banco Central Europeo decidió el jueves la combinación de una cosa y su contraria para hacer frente a la vertiginosa presión de la inflación en Europa y al riesgo de permitir nuevos brotes de fragmentación financiera en la zona euro y de cierto parón en la recuperación de la economía, no del todo completada. Decidió dar por concluida la compra de deuda activada en la primavera de 2020 para combatir la pandemia de Covid en marzo próximo como marcaba el calendario, pero incrementará los flujos del programa vigente desde 2015 durante todo el año 2022, además de descartar subidas en el precio del dinero. Una combinación arriesgada de decisiones en un contexto en el que a un crecimiento nada espectacular de la economía se suma el temor a una extensión descontrolada de la pandemia con las nuevas variantes, y en el que se admite que la inflación superará el 3% en el año venidero, nada menos que el doble de lo que se estimaba hace poco más de un mes. En definitiva, el BCE está atrapado entre la necesidad de practicar algún tipo de restricción monetaria, sin descartar las subidas de tipos de interés ya iniciadas con cierta intensidad en otros lares, y el riesgo de hacerlo con la mala fortuna de que provoque una atenuación del ritmo de avance de la economía, amén de provocar repuntes en las primas de riesgo de los países del sur de Europa (como ya ocurrió puntualmente el jueves) y un encarecimiento de una financiación ya demasiado elevada.

Al anuncio del miércoles por parte de la Reserva Federal de elevar hasta tres veces los tipos de interés del dólar en 2022, se unió el que el jueves practicaron los bancos centrales de Noruega e Inglaterra, con sendas alzas del precio del dinero. Lógicamente, el ciclo en la zona euro lleva cierto retraso, además de hacerlo con la asimetría propia de una zona monetaria no del todo óptima, y puede ser aconsejable una dosis adicional de paciencia. Pero igual que en el pasado hubo que afrontar las consecuencias de una actuación defensiva demasiado apresurada, podíamos estar ahora ante el riesgo de hacerlo con demasiada parsimonia. Restringir los flujos monetarios y subir los tipos antes de tiempo puede frenar la actividad y restar capacidad a las herramientas fiscales de determinados países; pero hacerlo demasiado tarde puede cebar una espiral inflacionista que deteriore la renta de familias y empresas y que cueste mucho más domeñar en el futuro.

El BCE debe, pues, medir mucho sus decisiones tras contar con un diagnóstico de la situación muy atinado, y empezar a advertir a los agentes económicos, de norte a sur y de este a oeste, de que puede estar próxima a agotarse la anestesia inyectada a la economía en los últimos años para afrontar la realidad con sacrificios compartidos.