La revisión de Glasgow del mercado del carbono se queda a medias

Sigue habiendo lagunas contables, y empresas como Microsoft o Shelll tendrán que hacer de policías

Central de carbón Duvha, de la empresa Eskom, en Emalahleni (Sudáfrica).
Central de carbón Duvha, de la empresa Eskom, en Emalahleni (Sudáfrica). reuters

La COP26 ha dado un empujón tangible a los mercados de carbono. La cumbre de Glasgow de la semana pasada dio cuerpo a las normas de un sector que, según el exgobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, podría crecer hasta los 100.000 millones de dólares al año si se revisa la confusa contabilidad de los llamados créditos de carbono. Es un paso adelante, pero el sector privado tendrá que hacer de policía.

Los créditos de carbono permiten a un gran emisor, como una aerolínea, comprar el carbono absorbido por, por ejemplo, un nuevo bosque en Colombia. Así se equilibra el dióxido de carbono emitido por sus aviones. La mayor parte de los 270.000 millones de dólares anuales del mercado del carbono proceden de planes obligatorios de los Gobiernos, como el vasto Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la UE, que obliga a sectores como el de la energía a comprar permisos.

Carney se centra en el mercado voluntario, mucho más pequeño, con un valor de unos 1.000 millones de dólares anuales. Su esperanza es que el aumento de la demanda de las empresas que necesitan erradicar las emisiones para 2050 estimule la oferta de proyectos de compensación en los países en desarrollo. Para que funcione, el sistema necesita una contabilidad adecuada y planes que realmente retiren el CO2 de la atmósfera.

El Pacto Climático de Glasgow crea un sheriff. Exige que los países sincronicen los créditos con los objetivos de descarbonización que firmaron en París en 2015. Por lo tanto, un país que venda una compensación de carbono y otro Estado o empresa que la compre no pueden incluir a la vez la reducción para abrillantar sus aureolas de cero neto. Parece obvio evitar esta doble contabilidad, pero antes no era obligatorio. Otra mejora consiste en incentivar a los compradores para que reduzcan, en lugar de compensar, sus emisiones de carbono, recortando en un 2% las emisiones permitidas de los créditos vendidos.

Sin embargo, los cowboys podrían seguir floreciendo, gracias a las lagunas que todavía permiten una doble contabilidad. Y el hecho de que algunos proyectos antiguos sigan siendo aptos puede hacer que perduren créditos de menor calidad. Ambas cosas podrían socavar un mercado que cuenta con innumerables regímenes nacionales, con normas establecidas y vigiladas por diferentes organismos sin ánimo de lucro como el American Carbon Registry. Valorar un crédito de carbono es difícil: un plan para salvar árboles puede significar que se corten más en otro lugar, o que se planten arbustos que chupen más agua.

Un nuevo organismo de supervisión de la ONU consagrado en Glasgow puede ayudar. Pero la verdadera responsabilidad recae en las grandes empresas que compran créditos, como Microsoft y Royal Dutch Shell, para que se nieguen a financiar programas defectuosos. Los paladines independientes del buen gobierno, como la Iniciativa Voluntaria de Integridad de los Mercados de Carbono, también pueden mantener los estándares de las afirmaciones que hacen las empresas. Si las firmas occidentales no quieren ser acusadas de greenwashing (ecoblanqueo) deben asegurarse de que el mercado sea sólido.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías