La negociación Londres-Canberra expone el laberinto post-Brexit

Reino Unido debe buscar un acuerdo comercial rápido con Australia, seguido de uno asiático más general

Scott Morrison y Boris Johnson, primeros ministros de Australia y Reino Unido, en 2019.
Scott Morrison y Boris Johnson, primeros ministros de Australia y Reino Unido, en 2019. reuters

Las conversaciones comerciales de Gran Bretaña con Australia están poniendo de manifiesto algunas de las difíciles contrapartidas a las que se enfrenta el país tras abandonar la Unión Europea. La reducción de los aranceles con su antigua colonia solo aportaría un poco más de crecimiento, costaría puestos de trabajo agrícolas en el Reino Unido y establecería un desafiante punto de referencia para las negociaciones con otros países.

Un acuerdo comercial sería un retoque más que una revolución. El Reino Unido y Australia ya comercian mucho a pesar de la ausencia de un acuerdo bilateral. Gran Bretaña envía sobre todo coches, medicamentos y ropa, e importa metales y alcohol. Las exportaciones británicas a Australia fueron de algo más de 12.000 millones de libras (14.000 millones de euros) en 2019, casi tres veces más que en el año 2000.

Sin embargo, bajar más los aranceles podría traer beneficios. Australia podría exportar más carne barata a los consumidores británicos. A cambio, Canberra podría levantar las barreras a los servicios financieros del Reino Unido. Pero los beneficios son insignificantes: el Gobierno británico calcula que reducir los aranceles a cero y recortar las barreras no arancelarias a la mitad solo aumentaría el PIB británico en un 0,02%. La verdadera ventaja es política: Londres demostraría que puede cerrar acuerdos comerciales rápidamente ahora que ha abandonado la Unión Europea.

El inconveniente es que hay algunos perdedores muy claros. Las explotaciones agrícolas australianas, más grandes y eficientes, reducirían la oferta de las británicas, lo que supondría una pérdida neta de empleos agrícolas en el Reino Unido. Ello afectaría a las zonas rurales, que el Gobierno se ha comprometido a apoyar, así como a Irlanda del Norte.

El primer ministro Boris Johnson probablemente podría gestionar esos costes. Su Gobierno puede escalonar las reducciones de aranceles, apoyar otros tipos de agricultura o pagar para reciclar a los trabajadores agrícolas. El problema es que Johnson se ha mostrado hasta ahora reacio a reconocer las contrapartidas del Brexit. Está obligado a decepcionar a algunos partidarios.

La cuestión más importante es cómo afecta un acuerdo con Australia a los posibles convenios comerciales con países más grandes. Podría ayudar a Gran Bretaña a unirse al bloque comercial asiático CPTPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), impulsando la pretensión de Johnson de ser un paladín del libre comercio mundial. Pero países como Estados Unidos y Brasil exigirían condiciones similares, con un mayor impacto en los puestos de trabajo del Reino Unido.

Sin embargo, Johnson no tiene muchas opciones. Tiene que demostrar que puede negociar nuevos tratados comerciales. Su mayor esperanza puede ser llegar a un pacto rápido con Australia, seguido de un acuerdo asiático más general, incluso si eso significa renunciar a los conciertos con Estados Unidos.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías