¿Para qué invertir en aburridos fondos teniendo ‘bitcoins’?

Si decide aventurarse con las criptomonedas, su dinero podría volar, pero también deshacerse en pedazos, incluso tras una meteórica rentabilidad

Algunos inversores con elevado patrimonio empiezan a preguntar sobre inversión en criptomonedas. Y eso que ese segmento suele enfocarse en la preservación de su capital y no tanto en multiplicar rápidamente el valor de su cartera.

Mientras, seguro que muchos jóvenes han invertido ya en bitcoins, o similar. Nada que objetar, incluso es bueno hacer este tipo de cosas a esa edad, ya que se tiene poco patrimonio que arriesgar, y si no se apalancan, el riesgo es limitado y se puede aprender una barbaridad.

A principio de los 90, con poco más de 20 años, empecé a trabajar como becaria, compaginando trabajar con estudiar. Nada fuera de lo normal. Algunos días me levantaba cantando “es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar”. Mi trabajo, en general, siempre me ha gustado, la lata era más bien por lo de “te tienes que levantar”. El sueldo de becaria tampoco es que me compensara mucho el madrugón.

Así que armada con un montón de conocimiento teórico sobre opciones, me puse a hacer mis primeras inversiones con dinero real y con buena fortuna inicial, lo que fue casi peor, pues cada ganancia me generaba una especie de adicción que me llevaba a hacer una nueva operación.

Las ganancias iniciales, que iban creciendo, me infundían confianza en mí pericia como trader de opciones. La fe en mis decisiones aumentaba en mayor proporción a las ganancias. Y así llegué a jugármela, con el mayor apalancamiento que me dejaron, a través de un pequeño broker que ya no existe, en lo que yo creía una operación segura. Lástima que Kahneman no ganó el Nobel de economía hasta el 2002 y yo no había leído sobre el exceso de confianza y la sobrestimación de la seguridad. Allá por mediados de los 90, ya solo cantaba la parte del estribillo de la cancioncita de Luis Aguilé: “aparte de esto, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor”.

Como se pueden imaginar esta inversión no acabó bien, pero visto en perspectiva sí me sirvió. Pasé la vergüenza de pedir a mis padres el dinero que perdí y no tenía (me resultó especialmente doloroso decepcionar a unos padres que me creían muy lista porque sacaba buenas notas). Me hicieron devolverles hasta el último duro, que tuve que ahorrar de mi precario salario durante meses.

Lo bueno es que conseguí trabajo en MEFF, el mercado de derivados español, lo que no deja de ser irónico. Y, aunque se me habían quitado las ganas, el contrato impedía invertir en derivados, tanto mejor. Cualquier sensación de vergüenza que me quedara, desapareció a finales de esa década. Los premios Nobel que desarrollaron la fórmula para valorar opciones, y que yo tanto había estudiado, quebraron el famoso hedge fund: Long Term Capital Management. Y ellos eran ya muy ricos, así que claramente no fue por dinero, les pudo un exceso enorme de confianza.

Merece la pena ver el video de Warren Buffet (lástima la calidad, lo tienen que remasterizar), donde le explica a los alumnos de una universidad que no logran entender como un grupo de profesionales que acumulaban muchísimos años de experiencia especializada en mercados financieros, y que probablemente tenían la mayor suma de coeficiente intelectual del sector, fueron capaces de arriesgar gran parte de su dinero, el de sus clientes y poner en riesgo el sistema financiero americano, que les tuvo que rescatar, porque apostaron super apalancados contra un evento concreto que, según ellos, “no podía pasar”.

Cuando leí sobre el caso de Scholes y Merton, pensé: “no debieron pifiarla mucho de jóvenes”, o no les debió doler (igual sus padres no les obligaron todos los meses a reducir de forma significativa un sueldecito para pagar el error). O serán como los casos de inteligencia fracasada que cuenta mi paisano José Antonio Marina en su teoría y práctica de la estupidez.

Yo no conozco a estos señores y no sé cómo se han sentido después. Seguramente no lo perdieron todo, tendrían otros activos. Muchos pensarán que lo que les quedó es más de lo que acumulamos otros, pudiera ser también. Pero sí que conozco a algún inversor, no muchos afortunadamente, que perdieron una parte significativa de su patrimonio, y aunque lo que les quedó seguía siendo mucho, no lo llevaron muy bien. Kahneman lo muestra con un ejemplo como este: Pepe tenía cinco millones y pierde uno, Juan tenía uno y gana otro. ¿quién tiene más dinero? ¿quién cree que es más feliz?

Si usted tiene mucho dinero debería pensar qué prefiere, estrategia tortuga, liebre o cohete espacial. Si le atraen las rentabilidades y se va concentrando en valores o sectores que están yendo muy bien, puede ser una liebre ahora y quedarse atrás después. Si prefiere aventurarse con las criptomonedas, todavía sin regular, su dinero podría volar, pero también deshacerse en pedazos, incluso tras una meteórica rentabilidad. No hay nada malo en divertirse, pero no hace falta jugar con mucho. Un poco de adrenalina está bien, demasiado causa estrés, hipertensión, insomnio e incluso problemas cardiacos.

Si por el contrario le inquieta un eventual impacto en su cartera de la reciente especulación en algunos valores, evítelos y tenga una adecuada diversificación. Especuladores ha habido siempre, locuras colectivas temporales también, hasta con bulbos de tulipanes. Pero los mercados regulados siguen funcionando razonablemente bien a medio y largo plazo para facilitar el desarrollo de las empresas que crecen en cada momento.

 Marta Díaz Bajo es Directora de análisis de fondos de Atl Capital