La salida a Bolsa de Bankia: caso cerrado

El fallo absolutorio de la Audiencia Nacional clausura una etapa de la historia económica reciente que probablemente debió cerrarse bastante antes

En su taller para guiones cinematográficos recogido en la obra Cómo se escribe un cuento, García Márquez se refiere a la importancia de la precisión del lenguaje para describir los hechos de forma fidedigna o, simplemente, con sentido. Los hechos pueden generar emociones, pero las descripciones que las motivan tienen que ser objetivas para no desvirtuarlas. Señalaba Gabo, en un pasaje del libro, que no es correcto decir “ella le besó en el quicio de la puerta” porque el quicio es el marco donde está ajustada. “Ella no lo besa en el quicio: lo besa en el vano de la puerta”, recordaba.

Si la literatura exige precisión, la descripción de hechos ante una causa judicial es aún más importante. La de la salida a Bolsa de Bankia ha sido una de las más señaladas y largas de los últimos años. Vaya por delante que tuve la oportunidad de actuar en el juicio como perito de parte de la entidad bancaria, con una encomienda específica: describir si las condiciones macroeconómicas antes y después de la salida a Bolsa fueron previsibles.

Fundamentalmente, esto equivale a identificar si la crisis de deuda soberana en la que se vio inmersa España y su magnitud fueron anticipadas por instituto o organismo alguno de referencia. La respuesta, debidamente documentada, es que no. Fue uno de los mazazos más inesperados, de considerable calibre. Más aún, ha habido que corregir en varias ocasiones (a posteriori) el dato sobre PIB de 2011 y 2012 –en España y otros muchos países– en lo que ha sido uno de los mayores errores de proyección económica de los últimos setenta años. El impacto fue brutal, para España, para su deuda (hubo difícil acceso a los mercados financieros durante meses) y para las acciones de Bankia. Ayer se cerró un capítulo de la historia económica reciente de nuestro país que, probablemente, debió quedar cerrado bastante antes. Curiosamente, coincide con el capítulo que está abriendo la entidad ahora con su fusión con Caixabank.

El resto de la causa lo centraban cuestiones contables e institucionales evaluables, asimismo, con un alto grado de objetividad. Podríamos usar adjetivos, incluso términos inapropiados o incorrectos, pero el quicio seguiría siendo el quicio y el vano, el vano. Señala la sentencia varias cuestiones con peso específico. Entre otras, que la operación siguió, con todas las garantías jurídicas y supervisoras, los pasos exigidos para la salida al mercado. En particular, que tanto la decisión de salir a Bolsa como la determinación de hacerlo con la estructura de doble banco (Bankia y BFA) pasaron por los filtros de aprobación de los supervisores correspondientes, a diferentes niveles –Banco de España, Comisión Nacional del Mercado de Valores, Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria y Autoridad Bancaria Europea– sin objeciones.

En cuanto a otro de los elementos que más se discutió, el folleto informativo para la venta de las acciones, se señala que la información financiera incluida en el mismo era “más que suficiente para que los inversores mayoristas y minoristas se formasen un criterio razonado sobre el valor de la compañía que se estaba ofertando”. Esto puede determinarse objetivamente porque el folleto cumplía uno a uno los requisitos exigidos. Entre otros, los riesgos conforme a las condiciones previsibles del mercado. Sin embargo, ni en este ni en ningún otro caso sería posible advertir sobre riesgos imprevisibles. Una de las cuestiones más controvertidas en este tipo de causas –y sobre las que la práctica jurídica establece más precauciones y cuidado– es evitar los sesgos retrospectivos. A toro pasado, es fácil decir que todo era previsible, pero eso solo es demostrable si alguien, de forma efectiva, señaló ese conocimiento con anterioridad a los hechos y no después. Por eso, tal vez una de las cuestiones más retorcidas obre la crisis financiera en España es que surgen innumerables gurús cuando la tormenta ha pasado, pero no antes. Claro que los economistas siempre hablamos de los riesgos menos probables, de las incertidumbres y del peso que pueden tener. Pero ¿cuántos podrían haber dicho hace un año que hoy viviríamos con la boca cubierta por mascarillas? A pesar de ello, cualquier lector puede comprobar que ahora salen muchos con aquello de “ya te dije que esto ocurriría” o “si es que tenía que pasar”. En el caso de la salida a Bolsa de Bankia, se incluyeron hasta 36 posibles riesgos distintos en el folleto. Desgraciadamente, la segunda recesión de principios de década y la peor tensión soberana del país en su historia reciente no eran anticipables. Se discutieron innumerables precisiones sobre registros contables, pero las cuentas se demostraron fieles y ajustadas. En algunas de las cuestiones específicas que se debatieron a este respecto, constó también la refrenda específica del Banco de España.

Algo que podría ser llamativo en relación con esta causa es que se acabaron debatiendo no ya las condiciones de salida a Bolsa de Bankia, sino la propia formación de la entidad como suma de varias cajas de ahorros. De nuevo, insiste la sentencia, se trató de un proceso “supervisado” e “impulsado” por las autoridades económicas y monetarias.

En este cierre de capítulo parece oportuna también una reflexión más humana y de conjunto. Esta era una causa referida a la oferta pública de acciones, no de otras cuestiones. Muchas personas fueron imputadas y, sin embargo, la sentencia acaba concluyendo llamativamente “la ausencia de actos concretos atribuidos a los acusados”, que han quedado finalmente absueltos.

 Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y Director de Estudios Financieros de Funcas