La inversión sostenible marca la pauta

El sector financiero deberá distinguir entre quienes entienden realmente de ello y quienes solo presumen

Hace años que se critica el papel de la industria de servicios financieros en su relación con la naturaleza. Se ha reprochado a este sector, y a su financiación de otros más señalados aún, como el de las industrias extractivas o los cultivos económicos, la búsqueda de beneficio allá donde pareciera incompatible con la preservación original de la naturaleza. Hoy es el propio inversor quien, cada vez más responsable con su entorno, marca el paso.

A lo largo de su evolución, el ser humano ha tenido que defenderse de la naturaleza, cobijándose del frío, alimentándose y evitando ser alimento de otros depredadores. La ventaja que nos sitúa en la cúspide ha sido nuestra capacidad de adaptación al medio, o más bien de modificar el medio a nuestra imagen cuanto ha sido posible, ayudados de herramientas o tecnología. Esto es el progreso: el mundo está hecho más a nuestra medida que antes, “imponemos nuestra libertad”, como decía Fernando Savater. Sin embargo, es difícil encontrar a alguien que quiera regresar del progreso y, aún más difícil, alguien que no quiera entrar en él.

La prosperidad de nuestra sociedad actual y la mejora del bienestar en el planeta necesitan de ciertas actividades, como la agricultura intensiva, el empleo de la biomasa o los recursos minerales, pero tienen sus contrapartidas.

Aunque en la primera década de siglo se haya logrado un cierto desacoplamiento en datos relativos al empleo de recursos-PIB, continúa aumentando a nivel absoluto. En las últimas cinco décadas, con el doble de población mundial y un PIB multiplicado por cuatro, el uso intensivo de los recursos naturales ha crecido desde los 27.100 millones de toneladas de materiales extraídos en 1970, hasta los 92.100 millones de 2017.

Pese a que la extracción y procesado de estos recursos naturales es responsable (según el Global Resources Outlook 2019) del 50% de las emisiones de gases efecto invernadero, y del 90% de la pérdida de biodiversidad y el estrés hídrico de nuestro planeta, estas actividades siguen resultando imprescindibles (la agricultura es el principal causante de esta pérdida).

Pero algo ha empezado a cambiar en los últimos años en la orientación del capital. La presencia de inversores con consciencia ambiental es creciente, buscando dónde invertir conforme a sus valores y manera de pensar, algo que sabe bien la industria financiera. La pérdida de biodiversidad es una de las principales amenazas ecológicas mundiales que afectarán a la sociedad en las próximas décadas, y esto nos preocupa, además de por la irreversible amenaza sobre la biodiversidad contra la que luchamos activamente, porque el criterio ambiental afecta también al beneficio económico; esto es, influye en la materialidad de la inversión.

Una solución pasa por que más inversores busquen el cambio a un modelo donde productores de soja, cacao o aceite de palma, y fabricantes de esos alimentos den valor al impacto de su actividad y sus cadenas de suministro. Los adelantos en tecnología satelital, por ejemplo, permiten conocer el avance real de la desforestación dando herramientas de negociación al inversor responsable para sentarse a hablar con las productoras.

En este sentido, excluimos de la cartera a empresas con menos de un 20% de tierra cultivada certificada por la RSPO (Roundtable on Sustainable Palm Oil), incluyendo directamente a aquellas con más del 80% certificado; para el resto de las empresas se trata de promover una mejora de modelo a través de un compromiso activo (engagement), convirtiéndolas en inversiones más atractivas, y siempre con el objetivo de alcanzar el 100% de certificación RSPO. Así, se promueve la elaboración de planes para lograr la desforestación nula en 2023.

Un inversor responsable no es aquel que únicamente retira sus inversiones de la minería o de cultivos como el aceite de palma sin diferenciar cómo ha sido producido, sino que, además, con su capital logra que estas industrias clave incluyan en su estrategia global la sostenibilidad, persiguiendo el mínimo impacto ambiental, y sin golpear socialmente a las economías, habitualmente instaladas en países emergentes.

La Tierra es finita y no disponemos de un planeta B de momento. Desde Malthus nos preocupa la limitación de los recursos y, aunque actualmente la vemos resuelta mediante saltos tecnológicos, resulta más compleja la atención ambiental y su equilibrio con los pilares económico y social.

El modelo que permite el desarrollo socioeconómico de todos conocido parte de una sostenibilidad flexible en su concepto que permite la sustitución parcial entre capital económico, social y natural. Así legitima la extensión en el campo de las actividades mercantiles (descontaminar después de haber contaminado), y contempla la compensación como un daño ambiental que pueda ser resuelto con la mejora de otro.

En definitiva, esta es la manera comúnmente aceptada a raíz del concepto de desarrollo sostenible. La principal dificultad será lograr el equilibrio de nuestra actividad con la naturaleza, y para ello el inversor y el sector financiero deberán distinguir entre quienes entienden realmente de sostenibilidad, y quienes solo presumen de ello.

Ana Claver Gaviña / Luis de la Torre son Country Head Robeco Iberia y Chile / Consultor de sostenibilidad de Robeco