El Covid destapa la fragilidad de los sistemas de prevención de riesgos

Hay que desarrollar un modelo transnacional con participación pública y privada

El Covid destapa la fragilidad de los sistemas de prevención de riesgos

La pandemia por el Covid-19 nos está dejando muchas lecciones aprendidas. A todos. En todo el planeta. En todos los ámbitos. Una de las más importantes es la necesidad de que la ciencia del riesgo eleve su categoría y sea considerada realmente como la ciencia que es. A todos los niveles, pero especialmente en universidades, Gobiernos, asociaciones especializadas y estamentos responsables de la formación y divulgación de cuestiones de interés para la ciudadanía.

Los riesgos son cada vez más frecuentes y globales: pandemias y epidemias, cambio climático, hambrunas, flujos migratorios, seguridad internacional, ciberdelincuencia, proliferación de armas de destrucción masiva, protección de infraestructuras críticas… La lista es larga, y crecerá. La seguridad total no existe, y ningún modelo predictivo acierta siempre y para todo. La consultoría del riesgo existe para que empresas e instituciones puedan ser más resilientes ante los posibles peligros y convertir la incertidumbre en oportunidad de crecimiento. Y la mejor manera de proporcionar estrategias para cuantificar, mitigar y transferir riesgos, así como planteamientos innovadores para, mostrando cómo asumir esos riesgos, generar resultados positivos, es contar con la ciencia del riesgo como aliada.

Basada en un modelado de datos, aporta parámetros que permiten reaccionar antes y mejor ante un problema. Mediante robustos sistemas basados en algoritmos y complejos modelos y representaciones matemáticas, la ciencia del riesgo permite avanzar en la predicción y prevención del riesgo y, en la medida de lo posible, instaurar de forma ágil las medidas y la planificación necesarias para gestionar las posibles crisis que, no nos engañemos, siempre surgirán.

Se utiliza desde hace años en multitud de ámbitos, desde (y, sobre todo) el asegurador hasta el análisis financiero, el estudio de los mercados, el cálculo de las pensiones, las predicciones sobre el cambio climático, la investigación científica o la medicina, pasando por casi todas las áreas imaginables de actividad. Crece en exactitud y radio de acción de la mano de los continuos y significativos avances en analítica de datos e inteligencia artificial. Y debería ganar cada vez más peso en los modelos de prevención de crisis a escala nacional e internacional, ámbitos en los que aún puede estar infrautilizada.

Es un deber de todas las entidades públicas y privadas, y un derecho de los ciudadanos, disponer de un conocimiento lo más exhaustivo posible de los riesgos de todo tipo a que nos podemos enfrentar como sociedad a escala global. En este contexto, podría ayudar la creación de un plan nacional de gestión de crisis y de continuidad de servicios públicos y de negocio que, basado, en datos cuantitativos, contrastados y extraídos en base a la aplicación de la ciencia del riesgo, siente las bases de la gestión preventiva y correctiva de esos riesgos.

Para conseguirlo, sería interesante avanzar en una legislación que contemple la obligatoriedad de disponer de este plan nacional y dotarlo de los medios económicos necesarios mediante inversiones públicas que lleguen tanto al propio ámbito público como a la empresa privada, quedando garantizada la tan necesaria interrelación existente entre ambos entornos.

Aunque el debate sobre este aspecto no es nuevo y ya hay ciertas aproximaciones, queda mucho por hacer. La crisis del Covid-19 debería marcar el punto de inflexión definitivo para ponerse manos a la obra y continuar en la línea que ya abriera la legislación europea en materia de infraestructuras críticas con la Ley de Protección de Infraestructuras Críticas (Ley PIC 8/2011), complementada por el Real Decreto 704/2011. En España, ya contamos con el Informe Anual de Seguridad elaborado por el Departamento de Seguridad Nacional del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, un manual teórico de gran interés y calidad que puede ser el primer paso hacia lograr una auténtica planificación ejecutiva.

En este sentido, sería de gran ayuda crear un mapa de riesgos a escala nacional, con sus respectivos planes de respuesta debidamente probados, que, incluido dentro de los Presupuestos Generales del Estado, pueda crear un marco de diagnóstico y ejecución. Una pieza clave sería también la designación de un organismo coordinador dentro del ámbito de la seguridad nacional, dependiente del Gobierno, dotado de todas las competencias necesarias con participación pública y privada.

De cara a una posible internacionalización, algo que sería de enorme importancia para avanzar a escala global, debería tomarse en consideración que el modelo se ampliara a los países de la Unión Europea, así como contar también con la integración del mismo en organizaciones clave como la OTAN, la ONU y la OMS. El objetivo sería, en definitiva, abrir el modelo a la colaboración transnacional de cara a conseguir una verdadera coordinación global ante los riesgos y compartir lecciones aprendidas, en especial las soluciones puestas en marcha que hayan funcionado de forma práctica.

Un modelo global que, como antes comentábamos, con las competencias necesarias y la participación tanto pública como privada, permitiera coordinar y aprovechar todo el trabajo que realizan los diferentes Estados en esta materia y, por supuesto, compartir todo lo relevante, muy en especial las soluciones puestas en marcha que han funcionado de forma práctica y aquellas que, de otro lado, no lo hubieran hecho en absoluto.

Los grandes retos globales, si hablamos de riesgos, no pueden ser resueltos por un país. Exigen soluciones también globales. El Covid-19 ha evidenciado la fragilidad de la mayor parte de los sistemas de prevención de riesgos de todo el mundo. Es el momento de dar pasos adelante.

Alberto Gallego es CEO de Willis Towers Watson Iberia