Los cinco jinetes de la deflación cabalgan de nuevo

Los bancos centrales prolongarán la expansión cuantitativa y los tipos planos, porque la inflación tardará en activarse y no ayudará a reducir la ingente montaña de deuda

Todo indica que las circunstancias económicas globales impondrán otra década de tendencias deflacionistas intensas; todo indica que habrá otra década de política monetaria expansiva, de inyección cuantitativa sin límite, de manga ancha de los balances de los bancos centrales; todo indica, en fin, que la medicina natural para reducir el endeudamiento relativo de todos los agentes económicos, la inflación, no contribuirá a la cura.

Los temores desatados por el Covid-19 de entrar en una espiral de elevación de precios por las exigencias extraordinarias de seguridad en los centros de trabajo y en los medios de transporte durarán poco. Unos cuantos meses de incomodidad y de rigor, y todo volverá a su cauce en cuanto haya una solución eficaz contra la pandemia, que será más pronto que tarde, porque hay mucho dinero en juego y los laboratorios compiten por disponer de la fórmula mágica, sea en forma de vacuna o de tratamiento. En estos meses los índices de precios marcan subidas moderadas en los bienes y servicios más ligados al Covid, pero nada del otro mundo; nada parece que puedan ser mecha seca para ningún incendio.

Sin embargo, la reacción lógica de la economía para superar la profunda recesión en la que han caído las grandes economías intensificará las tendencias deflacionistas de los últimos lustros, y aunque la recuperación de los niveles previos a la catástrofe no se prevén tan prolongados, se extenderá posiblemente por toda la década. Solo existe un riesgo cierto de intensificar el proteccionismo, un fenómeno que andaba ya por casa desde que se inició la guerra comercial de Estados Unidos con China y que en Europa se ha explicitado en el Brexit, que bien podría neutralizar mínimamente la globalización, y de paso el abaratamiento de los bienes y productos comercializables en el planeta. Pero será también pasajero, porque el movimiento pendular de la historia devolverá a su sitio las cosas, por la sencilla razón de que genera más crecimiento e igualdad la globalización que su contrario.

La inflación no es ningún aliado de la economía. Pero tiene sus adictos entre los ahorradores y los endeudados, puesto que aunque reduce la riqueza, proporciona un efecto placebo sobre la remuneración de los ahorros, y desde luego erosiona nominalmente el endeudamiento relativo de hogares, empresas y Estados, que pueden llegar a considerarla el mejor amigo del hombre. En pequeñas dosis puede ser reconfortante, pero si entra en una espiral creciente se convierte en una metástasis que volatiliza la riqueza y puede degenerar en fenómenos sociales de alto voltaje destructivo, como ocurrió hace ahora un siglo en Alemania, con consecuencias muy peligrosas.

Pero su reverso, la deflación, es más peligrosa todavía, porque paraliza el sistema productivo, enrolándolo en una espiral autodestructiva de reducción de precios, de beneficios, de costes, de rentas y de empleo. Si una inundación es mala, una sequía permanente es perversa. Por ello los bancos centrales en todo el mundo tienen encomendado el objetivo de mantener la estabilidad de los precios, con incrementos próximos al 2%, pero que no lo superen salvo por episodios puntuales. Dado que la inflación es un fenómeno de origen monetario, mueven los hilos de su caja de herramientas monetarias para generar unas veces inflación y para combatirla, otras.

El problema es que la eficacia de tales herramientas se ha consumido con el tiempo y la economía responde muy lentamente a los estímulos, si bien mantiene un elevado grado de sensibilidad a las restricciones. Seis o siete años ha costado a Estados Unidos generar un grado de inflación que merezca tal nombre tras la crisis de 2008-2009, mientras que en Europa no se ha logrado aún desde entonces, y Japón, en lo que es ya un peligroso paradigma, lleva treinta años en un combate nulo contra la deflación.

Y cuando había señales de avance de los precios en Estados Unidos, donde la tasa de paro había desaparecido tras el más largo periodo de crecimiento de su historia reciente, golpea el tsunami sanitario, cierra la economía y obliga a volver a los estímulos para generar crecimiento y, a ser posible, mendigar algo de inflación. De hecho, ya en los trimestres previos a la pandemia Estados Unidos había tenido que revisar su política de tipos de interés porque las subidas de los últimos años había marchitado de nuevo la inflación y el crecimiento.

Y con esas herramientas desgastadas tendrán que luchar ahora contra la nueva oleada de desinflación (caídas temporales de precios) y deflación (caídas permanentes), porque los cinco jinetes de este fenómeno cabalgan de nuevo. Cabalgará la globalización comercial por muchas zancadillas que le pongan Trump y sus iguales, y seguirán exportando deflación por el mundo mientras gigantes emergentes quieran y puedan seguir ganando cuotas de mercado en el comercio mundial, como hacen China e India desde que descubrieron que la tierra es plana, y lo seguirán haciendo muchos años por la inmensa capacidad de consumo y de producción de su inmensa reserva demográfica. Cabalgará la revolución financiera y tecnológica que abarata hasta límites insospechados los procesos productivos, y lo hará hasta que culmine una digitalización de la economía que está en las primeras páginas de su génesis.

Cabalgará la transición energética, que enterrará definitivamente las fuentes fósiles caras y contaminantes, cada vez con menos peso en los imputs productivos, para dejar paso a una generación limpia cada vez más barata. Cabalgará la extensión de los servicios a lomos de la economía colaborativa y a las riendas de internet y de una sociedad plenamente digital. Y cabalgará el vertiginoso envejecimiento de la población de las economías maduras, que limita la demanda por un avance instintivo del ahorro para el retiro y que afloja la presión sobre los precios, a lo que contribuyen también el abaratamiento permanente de los costes de financiación de la inversión y la nula remuneración del ahorro tradicional.

En el mercado local habrá resistencias adicionales en los precios, fundamentalmente por la presión que de nuevo una profunda crisis ejerce sobre los costes laborales, como se demostró en los últimos años cuando el ejército de reserva buscaba empleo, los convenios de empresa se ajustaban a la realidad y el tradicional discurso sindical de salarios crecientes en toda circunstancia pasó a mejor vida. La provisión de bienes y servicios, en un escenario de demanda muy pobre, competirá también por recuperar las cuotas de mercado ahora perdidas y utilizará la palanca infalible del precio para ello, y el efecto inflacionista tradicional de gasto público keynesiano estará neutralizado por la incapacidad presupuestaria de gastar más de la cuenta.

Resumiendo: malos tiempos para el ahorro y la reducción indolora de las deudas, buenos tiempos para la inversión con el precio del dinero próximo a cero.

José Antonio Vega es director adjunto de Cinco Días