Los rescates corporativos deben ser rápidos, grandes y amplios

Serán indiscriminados, pero no tiene sentido plantearse el riesgo moral en un apagón global

Puente de Londres, el 18 de marzo.
Puente de Londres, el 18 de marzo. AFP

Los rescates corporativos deben ser rápidos, grandes y amplios. Desde las aerolíneas hasta los fabricantes de coches y los restaurantes, los negocios de todo el mundo están pidiendo apoyo estatal para hacer frente al golpe inducido por el coronavirus. Los Gobiernos están esforzándose por ayudar. La mejor manera de hacerlo es ofrecer rápidamente préstamos baratos a cualquier empresa que los quiera.

El primer objetivo de cualquier red de seguridad es que sea lo más amplia posible. Los Gobiernos tienen mucha experiencia en el apoyo a industrias específicas: véanse los bancos en 2008, o las aerolíneas tras el 11S. La conmoción del coronavirus es diferente, porque afecta a casi todas las empresas. Quitando los productos enlatados, la mayoría de las empresas tendrán dificultades cuando los Gobiernos prohíban los viajes, cierren las tiendas y los cines y digan a la gente que se quede en casa. Idear programas para las industrias favorecidas, como el paquete de 50.000 millones de dólares propuesto por Donald Trump para las aerolíneas del país, corre el riesgo de olvidar lo principal. Todo el mundo necesita ayuda.

El segundo objetivo es que la ayuda debe llegar rápidamente. Los restaurantes y los minoristas ya están cerrando sus puertas y despidiendo personal. La británica Burberry dijo el jueves que prevé que las ventas en sus tiendas hayan bajado hasta un 80% en las últimas semanas. Ninguna empresa puede sobrevivir a la casi completa desaparición de sus ingresos por mucho tiempo. La prioridad es mantener a flote el mayor número posible de ellas. Eso permitirá que la actividad se recupere rápidamente cuando la crisis sanitaria se sosiegue.

La mejor manera de apoyar es a través de préstamos baratos garantizados por el Gobierno. Eso se debe a que el sistema bancario ya está establecido para desembolsar crédito. Darle al Estado acciones a cambio de dinero en efectivo a menudo requeriría que las empresas buscaran la aprobación de los accionistas, lo que retrasaría el proceso. Gran Bretaña, Alemania, Francia y otros países han comprometido cientos de miles de millones en garantías crediticias, aunque muchos todavía están trabajando en los detalles. Sin embargo, los esquemas deben ser sencillos.

Las empresas previamente viables podrían solicitar un préstamo equivalente a, por ejemplo, seis meses de gastos de explotación, a bajos tipos. La mecánica variaría de un país a otro. Alemania ya se ha comprometido a proporcionar cantidades ilimitadas de crédito a las empresas como parte de un “escudo protector” canalizado a través del banco estatal de inversiones KfW. Gran Bretaña podría reactivar el plan de Financiación para Préstamos que lanzó en 2012. La Fed podría respaldar los préstamos bancarios, como propone el exmiembro de su consejo de gobierno Kevin Warsh.

Los préstamos deberían venir con condiciones, aunque no demasiado onerosas, o las empresas se arriesgarán a caer en lugar de tomarlos. En primer lugar, deberían tener un rango superior a la deuda existente. Eso podría causar algunas objeciones de otros prestamistas, pero aseguraría que si la empresa cae -y a muchos les costará sobrevivir incluso con la ayuda del Gobierno- los contribuyentes sean los primeros en la cola para ser reembolsados.

Segundo, el dinero debe ir a la empresa. Se debe impedir que los prestatarios recompren acciones o participen en fusiones o adquisiciones hasta que hayan reembolsado el préstamo. Los dividendos podrían seguir pagándose -la cancelación de los pagos pondría aún más presión sobre los fondos de pensiones y las compañías de seguros que poseen las acciones- pero no crecerían. Idealmente, los préstamos también vendrían con restricciones en los bonus de los altos ejecutivos. El jueves, Trump dijo que no se oponía a las restricciones en este sentido.

Finalmente, los reembolsos deberían ser flexibles. Las empresas serán comprensiblemente reacias a asumir más deuda cuando el panorama es tan incierto. Por tanto, no deberían tener que pagar nada hasta que el virus haya remitido y los negocios vuelvan a la normalidad. Para aquellos con problemas para pagar la deuda, los Gobiernos podrían acabar valorando cancelar los préstamos, o cambiarlos por acciones de la compañía.

Estos rescates radicales plantearán varias preocupaciones legítimas. La primera es que protegen a los accionistas en vez de a los trabajadores. Pero si las empresas confían en que seguirán funcionando dentro de unos meses, es más probable que se aferren a sus empleados. Los Gobiernos necesitarán programas aparte para ayudar a los trabajadores con dificultades, en particular a los autónomos. Los rescates corporativos no ayudarán a esas personas directamente, y ese no debería ser el objetivo.

Otro inconveniente es que el rescate es indiscriminado. Las empresas imprudentes que antes pedían mucho dinero prestado, o gastaban mucho en recompra de acciones, se salvarían junto con otras más responsables. Sin embargo, eso es inevitable. En un apagón de toda la economía, no tiene sentido tratar de decidir qué empresas merecen sobrevivir. Los temores de riesgo moral también pueden desestimarse en gran medida. Ninguna empresa opera con la expectativa de un rescate desencadenado por una pandemia mundial que ocurre una vez cada siglo.

El virus presenta muchos desafíos a los Gobiernos. Sus mayores prioridades son proteger la salud pública y ayudar a las personas vulnerables y a las que no pueden trabajar. Pero mantener las empresas a flote es vital para asegurar una rápida recuperación. Por eso los rescates deben ser grandes y amplios. Pero, sobre todo, deben ser rápidos. Eso también significa que sean simples, incluso si requiere tolerar imperfecciones.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías