La crisis del virus puede ser un ensayo general para el clima

Falta aceptar que es posible que los políticos tengan que interferir más en la vida de la gente en la cuestión ambiental

Voluntarios con trajes protectores desinfectando una estación de tren en Changsha (China), el 4 de febrero.
Voluntarios con trajes protectores desinfectando una estación de tren en Changsha (China), el 4 de febrero.

Un pánico salvaje se apodera del planeta justo cuando los precios del petróleo se derrumban. Sustitúyase el coronavirus por el colapso de las hipotecas subprime, y 2020 empieza a sonar como 2008. Hace doce años, la urgente necesidad de rescatar a los bancos tras la crisis financiera hizo que la exigencia de reducir las emisiones de carbono perdiera puestos en las listas de tareas pendientes de los responsables políticos. Con la pandemia se corre el riesgo de que sufra otro grave retraso.

La cuarentena de muchos países occidentales ya está planteando dudas sobre si la próxima cumbre de la ONU sobre el clima, prevista para noviembre, puede seguir adelante. Es preocupante. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, las emisiones congruentes con mantener el calentamiento global en 1,5 grados se habrán agotado para 2030. Los Estados deben establecer ya objetivos más estrictos.

La caída del crudo se interpone en el camino. Como en 2008, el precio del barril ha caído más de la mitad este año, con la complicidad de Arabia Saudí, que ha iniciado una guerra de precios. Un crudo más barato incentiva a los consumidores a usar más y hace que la energía renovable sea menos atractiva. EE UU podría incluso proporcionar apoyo estatal a la industria del petróleo shale.

La reducción de los costes de la energía debería facilitar, en teoría, la imposición de impuestos al carbono. Como argumentó el FMI en 2015, es más factible introducir gradualmente un gravamen cuando los precios del petróleo caen, porque es menos probable que los consumidores lo noten. Desafortunadamente, la crisis sanitaria significa que los Gobiernos se centran en bajar impuestos, no en crear otros nuevos. La semana pasada, Reino Unido suprimió el aumento previsto de los impuestos sobre el combustible y anunció grandes inversiones en carreteras.

Dicho esto, las crisis de demanda reducen las emisiones globales. La humanidad produjo 31,5 gigatoneladas de dióxido de carbono en la profundidad de la depresión posterior a la crisis, en 2009, 0,5 gigatoneladas menos que el año anterior, según las estimaciones del Proyecto Mundial del Carbono. La pandemia, que ha llevado a las aerolíneas a cancelar miles de vuelos, podría tener un efecto similar.

En términos más generales, el pánico puede cambiar la forma de ver a los Gobiernos. Los inversores ya tratan las preocupaciones medioambientales como algo normal: el gigante gestor de activos BlackRock explicó el miércoles cómo seguirá manteniendo la presión sobre los consejeros de las empresas en torno al clima y otras cuestiones de sostenibilidad, a pesar del pánico por el virus. Los fabricantes de automóviles, mientras, están invirtiendo miles de millones en vehículos eléctricos.

Lo que falta es aceptar que es posible que los políticos tengan que interferir más en la vida de los ciudadanos para prevenir el cambio climático. El pie de guerra en que se han colocado la mayoría de las naciones desarrolladas para luchar contra el Covid-19 puede, con el tiempo, ampliar el papel del Estado, al igual que tras la Segunda Guerra Mundial. Si es así, la crisis actual puede ser un ensayo general para la gestión del cambio climático, en lugar de una obstrucción desastrosa.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías