Benjamín Scharifker: “Hemos perdido mucho talento en Venezuela”

Denuncia el control de los campus por parte del régimen de Maduro

Venezuela

Es uno de los investigadores y químicos de prestigio, con varias patentes a su nombre, en Venezuela, país en el que vive desde los cuatro años. Benjamín Scharif­ker (Buenos Aires, 1953) es reconocido como uno de los científicos más productivos del país. Buena parte de su carrera profesional la ha desarrollado dentro de la gestión de la educación superior: primero, en 1980, como profesor del departamento de química de la Universidad Simón Bolívar, campus en el que ocupó diversas posiciones, desde jefe de departamento a rector. En paralelo, ejerció como científico principal y director adjunto del Centro de Investigaciones del Hidrógeno de la Universidad de Texas A&M, además de profesor visitante de las Universidades de Southampton y Bristol. Actualmente, es rector de la Universidad Metropolitana (Unimet), una institución privada laica con sede en Caracas.

Esta semana se encuentra de visita en España, donde ha organizado una jornada sobre emprendimiento en Madrid, en la que han participado, entre otros, Lorenzo Mendoza, presidente de Empresas Polar, y Andoni Goicoechea, fundador de Goiko Grill.

¿Cómo está afectando la crisis política que se vive en Venezuela a la educación?

Las fuertes tensiones que está viviendo la sociedad venezolana afectan también a las universidades. Ahora mismo, tenemos una sentencia del Tribunal Superior de Justicia que obliga a las universidades a celebrar elecciones en seis meses, y nos obliga a que en ellas participen los profesores, los estudiantes, los egresados que vivan en la ciudad en la que se encuentra el centro, los empleados y los obreros, cuando hasta ahora la elección del rector solo dependía de los profesores y estudiantes. Esto representa una amenaza porque supone una intervención por parte del régimen y va en contra del principio de autonomía en la gestión que deben tener las universidades. Quieren controlar la universidad, una institución ya dañada con este régimen. Hay una disminución de estudiantes. Por ejemplo, la Universidad Central y la Simón Bolívar tienen la mitad de estudiantes, y las privadas también lo sufrimos, pero no de manera tan importante como las públicas, que no tienen recursos y viven una emigración masiva de profesores y de estudiantes. Cerca del 20% de la población ha emigrado porque no hay oportunidades laborales, y eso ha afectado a la educación. Y muchos han abandonado sus estudios.

¿Se puede hablar de una generación perdida en términos de formación?

Sin duda. Porque hemos perdido mucho talento y al nuevo tenemos dificultades para formarlo. En cuanto las condiciones políticas cambien podremos recuperarlo. Ahora todo es cuestión de supervivencia. La población no discute de transformación digital ni medioambiental, sino de sobrevivir, y todo esto por el drama político. La gente no recibe agua, sufre recortes de electricidad, no hay transporte.

¿Esta fractura social se ha trasladado a las aulas?

Sí. La Universidad Simón Bolívar se encuentra a las afueras de Caracas y se ha quedado sin servicio de transporte público porque el Gobierno restringió los recursos y eso afecta de manera crítica a los estudiantes. Y han sido los egresados los que han contribuido a poner a funcionar la cuarta parte de la flota de autobuses. El régimen no tiene legitimidad, colapsa el funcionamiento de todo.

Había muchas esperanzas puestas en Guaidó, ¿hay visos de recuperación?

Ahora mismo estamos estancados, hay ciertos progresos, pero son lentos. Hace un año no se conocía la magnitud de los abusos cometidos en materia de derechos humanos. Se sabe que hay más de 18.000 ejecuciones cometidas por las fuerzas públicas para amedrentar a la población que protesta por falta de servicios. Guaidó tomó la presidencia provisional, pero no hemos logrado superar la situación. Es muy difícil saber cuándo habrá una transición política.

¿Ser un país rico en petróleo es una bendición o una maldición? ¿Puede impedir desarrollar otros sectores productivos?

El petróleo es una bendición, pero no podemos confiarlo todo a ser un país monoproductor, no puede ser la fuerza central. Lo que está ocurriendo es que los regímenes, tanto de izquierdas como de derechas, que están surgiendo están poniendo sobre la mesa las relaciones de la sociedad con sus Gobiernos. Debemos llegar a un modelo de sociedad y de economía con una menor dependencia del Estado, de manera que tengamos una población culta, pero eso no está pasando ahora en Venezuela. En las dos últimas décadas estamos viviendo un dominio del Estado en la provisión de los servicios, y lo que tenemos es que fortalecer las capacidades productivas. Tenemos una producción de petróleo muy baja, hemos pasado, desde hace nueve años, de 3 millones de barriles al año a 700.000. Es necesario que la nueva Venezuela se construya con talento, aunque la mitad de los egresados se hayan ido.

¿Usted por qué no se ha marchado?

Porque el tiempo es finito, vivimos una vez y hay que aprovecharlo para realizar nuestra vocación. Antes era muy crítico con los que se iban, ahora los entiendo porque aquí no hay futuro laboral. Esperemos que regresen.

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