Una guerra en la que perderán empresas, inversores y consumidores

Las relaciones comerciales entre ambos lados del Atlántico están ahora mismo quebradas

El temor por las consecuencias que puede tener la guerra de aranceles desatada por la Administración Trump contra sus principales socios comerciales se extiende como una mancha de aceite. A las advertencias políticas y los informes de previsiones macroeconómicas, que advierten sobre el daño que puede provocar esta ola de proteccionismo sobre el crecimiento mundial, se suma también la alarma de los gestores de fondos globales, que ven en la guerra comercial el mayor riesgo que existe actualmente para el mercado. Seis de cada diez gestores, según la última encuesta realizada por Bank of America-Merril Lynch, coinciden al señalar este factor como la principal amenaza ahora mismo, un nivel de consenso que no se había vuelto a suscitar desde la gran crisis de deuda soberana de 2012, cuya virulencia llegó hasta el punto de amenazar la superviviencia de la moneda única. Como consecuencia lógica de ese temor, casi un 30% de los gestores apuesta por vender las acciones europeas en caso de que la escalada de tensión se desborde. Y solo un esperanzado 12% apuesta por que los resultados de estas compañías el año que viene sean los propios de un año de nieves.

El pesimismo de los inversores, que ha caído al nivel de diciembre de 2016, en plena vorágine post referendum del brexit, tiene una razón de ser, que se ve reforzada semana a semana por la violenta secuencia de ataques y contraataques entre Washington y sus socios. Pese a que todo apunta a que la cercanía de las elecciones de mitad de mandato en EE UU, que se celebrarán en noviembre, podría enfriar la batalla, las relaciones comerciales entre ambos lados del Atlántico están ahora mismo quebradas. Recomponerlas no es imposible, aunque sí difícil en un clima de alta tensión, también diplomática, cuyo último episodio destacado ha sido la calificación de la UE como “enemiga” por parte de Trump. Ni Washington ni Bruselas pueden permitirse una guerra sin cuartel que acabará dañando gravemente a todos y cada una de los partes, empezando por las empresas y sus resultados, siguiendo por los mercados y los inversores y terminando en los bolsillos de los consumidores.

 

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